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España como bucle

El escenario al que nos han abocado los términos de la apuesta independentista en Cataluña y su confrontación con el nacionalismo español nos han devuelto definitivamente al bucle español.

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España Gurtel

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1.

Hace años que trabajo como profesor en la universidad pública de Nueva York. Mis estudiantes, por lo general, son buena gente. Chavales de familias con no muchos recursos, sobre todo afroamericanos y latinos hijos de emigrados, pero también blancos con un pie en lo que aquí se llama “basura blanca”, nombrando despectivamente una pobreza integral que atraviesa como un cuchillo la existencia. En una institución perversa que sirve, entre otras cosas, para convertir a los estudiantes en individuos endeudados, juntos damos vida a una ficción en la que ellos hacen que aprenden y yo finjo que enseño. Castrados por un espantoso sistema educativo público desde que entran en la escuela con cinco años, el vacío cultural con el que llegan a la universidad es tan profundo que la mayoría de ellos encuentra dificultades insalvables para entender el modo en que funcionan los conceptos, cómo problematizar la realidad o de qué forma opera una lógica relacional. Tal es el déficit con el que muchos de ellos aterrizan en mis clases que tengo la impresión de que el ataque neoliberal iniciado en Estados Unidos hace cuarenta años ha provocado ya un daño de carácter cognitivo. Tan neurasténicos y desposeídos de narrativa como el trap que descargan sus auriculares, casi todos mis estudiantes soportan la vida carentes por entero de la capacidad de pensarla.

Entre las materias que simulamos juntos dos veces por semana se cuenta algo llamado “Introducción a la cultura hispana”. Pleno de colonialidad, el nombre de la asignatura impone un marco de sentido del que propongo que nos fuguemos desde el primer día de clase. En nuestro viaje inverosímil hacia el origen de la formación de la ideología y la identidad hispanas, me topo cada semestre con el mismo problema: la mayoría de mis estudiantes no pueden pensar ni representar el tiempo histórico porque a duras penas son capaces de lidiar con una lógica diacrónica. La razón neoliberal fija la vida en el ahora, un lapso mínimo de tiempo cada vez más diminuto. Superado por completo por las circunstancias, despliego torpemente el peso de Occidente para dibujar en la pizarra una línea recta y cronológica desde el año 218 antes de Cristo hasta nuestros días. La mayoría de los chicos me observan con la distancia y la estupefacción repetida de casi todos los días, pero Ayleanna no. Ella, como otras pocas muchachas, toma notas y se come esa distancia con su deseo de conocer. Su rostro no se inmuta cuando tacho inesperadamente el esquema recién dibujado y les digo que no vale en el caso de España. “¿Por qué?”, les pregunto. Entonces Ayleanna se cuelga de una sonrisa cargada de calle y me dice: “Porque es un bucle, vuelve para atrás una y otra vez”. “¿Cómo es eso?”, le inquiero. Ella lo explica: “Por lo que he entendido estas semanas, el hispanismo fue inventado como ideología que liga lo español con la Hispania de los romanos, borrando los siglos de cultura árabe e islámica y convirtiéndolos en algo ajeno. Tu país vuelve una y otra vez a los Reyes Católicos. Es una jodida condena”. Ayleanna tiene unos veinte años. Es una mujer pobre y negra del Bronx. Entiende mejor España que la mayoría de los españoles.

2.

Los profesores de universidad vivimos generalmente presos de la tendencia a colocar un libro entre la realidad y nosotros. Un amigo docente en la Universidad Complutense de Madrid me contó que cuando su pareja y él supieron que ella estaba embarazada, corrió a la biblioteca a buscar bibliografía. Los libros son un límite cuando no se va más allá de sus páginas, pero nos abren veredas para pensar y comprender al modo de brújulas en medio de travesías y tormentas. Hay textos, por ejemplo, que contienen buenos mapas con los que orientarnos en la comprensión del nacionalismo español, así como del origen y la cualidad de algunos de los trazos identitarios del país que tenemos.

El profesor Álvarez Junco explica en su imprescindible Mater Dolorosa (Taurus, 2001) que el proceso de formación de la identidad “española” giró alrededor de los intereses de la monarquía y la iglesia católica. Mucho antes de la creación de la nación, lo “español” fue inventado como una suerte de patriotismo étnico. Como ocurre con todos los patriotismos, los sentimientos se enuncian como palanca, pero esconden una racionalidad instrumental bajo su retórica a la postre siempre espuria. En su España imaginada (Galaxia Gutemberg, 2015), el profesor Pérez Vejo cuenta cómo toda nación es básicamente un mito de origen que implica la fe compartida en un relato. Al contrario de lo que la verborrea nacionalista y patriotera esboza, el nacionalismo no es una emanación espontánea del espíritu de los pueblos, sino un sentido construido por arriba y difundido por la élites hasta hacerse inconsciente como imaginario colectivo por abajo. Tal y como explican Arsenio e Ignacio Escolar en La nación inventada (Península, 2010), la ficción de España se ha tejido con insalvables falsedades castellanas cargadas de relatos con hazañas inverosímiles y personajes chuecos. “También ellos inventan historias para domar las fieras oleadas de la opinión y acaban por creer lo que engendró su propia fantasía. Tus gobernantes son creadores de mitos, y mostrándolos al pueblo andan a ciegas sin saber lo que quieren ni adónde van”, escribió Benito Pérez Galdós en sus Episodios nacionales (Destino, 2005).

Tal y como relata Aria Nuño en el prólogo a España y los españoles (Lumen, 1979), de Juan Goytisolo, la “españolidad” es una entidad problemática abierta a discusión y disenso. Sin embargo, esa condición no la ha dotado históricamente de una inclinación a la autocrítica, sino que, en sentido inverso, la ha sujetado a una extrema rigidez en la constitución y definición de la identidad española. La construcción de lo español se liga a una operación de obsesiva tasación de aquello que acerca o aleja de un modelo impuesto como inmutable y esencialista. “El español se rige, en cuanto al conocimiento de su pasado y de sí mismo, por una historiografía fundada en nociones fabulosas. El español se considera casi como una emanación del suelo de la península ibérica, o por lo menos tan antiguo como los moradores de sus cavernas prehistóricas”, escribió en su Realidad histórica de España (Porrua, 1996) un vilipendiado Américo Castro. Por eso el españolismo nunca se presenta como un nacionalismo más. Naturalizado a partir de una suerte de matriz biologicista, se impone siempre como “lo que las cosas son”, operando en los términos de un sentido común sempiterno y de una identidad innata.

Al contrario de lo que definen los diccionarios, las identidades no pivotan sobre lo idéntico, sino que se constituyen a partir de la diferencia y del ejercicio de la exclusión. Stuart Hall lo cuenta de forma muy didáctica en Cuestiones de identidad cultural (Amorrortu, 2003). A diferencia, por ejemplo, del modelo identitario francés, relacionado con un marco histórico sometido a variaciones y ajustes, los españoles somos sobre todo objeto de una ideología, más que sujetos de una Historia. Cuando en el curso de la Segunda República el propósito cultural de alterar ese destino se dotó de expresión política y gobernó efímeramente nuestro país en 1936, el nacionalcatolicismo le hizo una guerra con cientos de miles de muertos. Muchos de ellos siguen enterrados en cunetas, cautivos, como lo estamos todos, en ese bucle llamado España.

"Desde el momento en que los Reyes Católicos impusieron el dogma nacionalcatólico en sus reinos y comenzaron la poda radical de los brotes que no se ajustaban a su estrecho y rígido fuste, la identidad cultural o ‘el ser’ de los españoles (…) ha ido constituyéndose no como sujeto de uno o varios discursos históricos, sino como objeto de una búsqueda de identidad más o menos angustiosa y perentoria, condenada al fracaso y la repetición”, escribe Aria Nuño. En esa repetición nos vemos atrapados una y otra vez. El monarca actual de España, por ejemplo, proclamó la vigencia interminable del bucle en su discurso sumarísimo a la nación española del 3 de octubre de este año. Cuando Felipe VI llegó precipitadamente al trono en 2014 eligió como modelo de rey a Carlos III, quien en 1783 se propusiera domar el ethos del pueblo gitano marcando con un hierro candente la espalda de aquellos que discutieran el canon oficial de lo español, al tiempo que condenaba a muerte a los que osaran rebelarse a la imposición de su código identitario.

El fondo de esa racionalidad, actualizada en la lógica del discurso del actual monarca, se ha convertido de nuevo en el sentido común fundamental para tantos, despertando una bestia que por un tiempo pareció muerta, pero que tan sólo estaba dormida. “No sé quiénes tendrían que producirnos más horror: si los del ‘caiga quien caiga’, los del ‘aquí va a haber que tomar una determinación’, o los del ‘esto lo arreglaba yo en veinticuatro horas’. ¡Dios, pero qué tenebrosamente españolas suenan estas frases! ¿Qué tradición de rencor inextinto, de maldad infligida o padecida, ha podido dejar en el alma de los españoles un poso tan siniestro? ¿Qué ha podido marcar a fuego semejante impronta, para cuyo espíritu no se me ocurre ahora ningún nombre más propio y expresivo que el de mentalidad sumarísima”, escribió Rafael Sánchez Ferlosio en su Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (Destino, 2008), enfatizando la evidencia de su desesperación al modo de un último suspiro recogido en una frase: “¡¡¡Odio España!!! Os juro, amigos, que no puedo más”.

3.

La nación es un invento moderno, como lo es el nacionalismo. El pensador y activista francés Claude Lefort explicó en los años ochenta del pasado siglo que la modernidad occidental se ha caracterizado por una inexpugnable paradoja general: la distancia entre lo que su ideología enuncia, cuya raíz se encuentra siempre en los ideales de La Ilustración, y la realidad práctica de lo que la autoridad política del Estado moderno ha impuesto a través de sus acciones efectivas. La gestión de esta dramática contradicción se ha basado tradicionalmente en una forma de reproducción del poder en la que el discurso ideológico no solamente aparece naturalizado, sino que se presenta como una suerte de “verdad objetiva” que existe fuera del propio discurso. Apelar a nociones abstractas que remiten a “verdades objetivas” al tiempo que se protagonizan situaciones y prácticas que contradicen evidentemente esas mismas nociones, constituye para Lefort una clave fundamental de la racionalidad propia de la modernidad.

El franquismo supuso una experiencia plenamente moderna. Apelaba a una axiomática que se vaciaba por completo de sentido en su contacto con la realidad: España no era una, mucho menos era libre y grande. Como giro relativo que no tocó la raíz, el régimen del 78 hundió igualmente sus cimientos en esa distancia entre la realidad y lo que la ideología enuncia como verdad. “Vivimos en democracia” fue el axioma con el que tras la muerte del dictador se le puso una transición al gato, como diría el sociólogo Jesús Ibáñez. Casi cuatro décadas más tarde, al 15M le bastaron tres palabras para desnudar de abajo arriba lo falaz de esa proposición fundacional: “Democracia real ya”. El momento de desencantamiento multitudinario en las plazas rompió con la paradoja de Lefort y, por un instante, deshizo el bucle al que llamamos España. El deseo colectivo era sencillo y profundo al mismo tiempo: que las palabras signifiquen verdaderamente lo que enuncian. Ese deseo encarnó una verdadera ruptura cultural al prescindir de lo identitario e invirtió la ecuación sistémica de lo político al decretar que deben ser los medios los que justifiquen los fines. Por unas semanas, las plazas anularon la mentalidad sumarísima de la que escribiera Rafael Sánchez Ferlosio y de ese modo, tal vez sin saberlo, inventaron una efímera república ética que ya no era España, pero que fue incapaz de dotarse de instituciones y de continuidad.

El escenario al que nos han abocado los términos de la apuesta independentista en Cataluña y su confrontación con el nacionalismo español nos han devuelto definitivamente a España. Ambos sujetos han restaurado el bucle al subrayar la paradoja moderna en sus estandartes: al tiempo que reivindicaban su derecho patrimonial sobre la democracia, la vaciaban enteramente de significado. El Estado a golpe de un régimen de excepción con el que ha apuntalado su negativa a que los catalanes puedan decidir democráticamente. El independentismo desde una unilateralidad que, dadas las circunstancias, no ha contado realmente con una mayoría social. La recuperación de la centralidad de una racionalidad identitaria, el reciclaje de una clase política corrupta y “austericida” o el rescate de la representación política y los partidos como vectores de sentido, se cuentan entre los ingredientes más significativos de la apuesta independentista. Un tren formalmente instituyente, pero cuya locomotora bebe decididamente de la gasolina de lo instituido. Un bucle. Pura paradoja de Lefort.

* Ángel Luis Lara es profesor de Estudios Culturales en la State University of New York.

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