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Andreotti, historia de la Italia más negra

El exprimer ministro italiano, fallecido este lunes, ha personificado, y no pocas veces protagonizado, la historia política italiana desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y particularmente su parte más oscura, la que da sentido al resto.

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Muere Giulio Andreotti, siete veces primer ministro de Italia

Muere Giulio Andreotti, siete veces primer ministro de Italia. / Efe

Giulio Andreotti fue un hombre decisivo en la estructura del poder transalpino desde que en 1946 fue nombrado subsecretario de la jefatura del Gobierno hasta que en 1992, cuando aspiraba a ser elegido presidente de la República, fue apartado de los círculos más altos del poder por aquella revolución que se conoció como Tangentópolis, que acabó con la Democracia Cristiana, el partido que él siempre manejó a su voluntad, apartando de su camino a los muchos rivales que pretendieron hacerle sombra.

La trayectoria política de Andreotti estuvo determinada por tres prioridades: su partido y los intereses de la OTAN y los del Vaticano. Cualquier componenda era para él posible si no superaba alguna de esas líneas rojas que a lo largo de los años se entrecruzaron con harta frecuencia.

Amparó que Italia fuera la pieza fundamental de la estrategia militar norteamericana en el Mediterráneo durante la larga guerra fría. Inspiró, protegió o alentó el intenso trabajo que los servicios secretos, italianos y occidentales, llevaron a cabo durante décadas en suelo italiano, empleando los métodos más brutales y protagonizando episodios terroríficos –en los que no pocas veces se alió con las bandas de ultraderecha- con el fin de evitar que un país fundamental en la geo-estrategia atlantista cayera en manos de la izquierda. Pero como rector de la política exterior italiana –fue ministro del ramo durante décadas, en varios periodos- también fue el precursor del cambio de actitud occidental hacia Yasser Arafat y su movimiento Al Fatah, que abrió una nueva página en el conflicto israelo-palestino.

Fue democristiano casi desde la fundación misma de ese partido, que tuvo lugar en la última década del fascismo y que, oponiéndose a este desde un primer momento, se ganó la patente de democracia que le permitió convertirse en la gran opción política, alternativa al Partido Comunista y, en general, a la izquierda, en los años de la reconstrucción política del país tras el final de la guerra. Aliándose con la Iglesia católica por abajo –en las parroquias del último pueblo de Italia- y por arriba –se le conoció como el “cardenal externo” y también como el “secretario de Estado vaticano permanente- convirtió a la DC en un partido-Estado, cuya organización interna se confundía con la estructura del poder real. Y que fue concebido para ocuparlo siempre.

Diseñó e hizo funcionar durante casi cinco décadas un sistema de poder casi perfecto, que no hacía ascos a pactos y repartos parciales de poder con socios que no cuestionaran la centralidad y el dominio de la Democracia Cristiana. Esa política, que se llamó de formas distintas a lo largo de los años, tenía un objetivo fundamental: el de impedir que el poderoso Partido Comunista de los años 60 y 70 encontrara aliados que le permitieran entrar en el gobierno. En 1978 fue Aldo Moro, uno de los máximos dirigentes democristianos quien empezó a trabajar seriamente por establecer un acuerdo entre la DC y el PCI. Pero a los pocos meses fue secuestrado y luego asesinado por las Brigadas Rojas. Y Giulio Andreotti fue quien más duramente se opuso a hacer la mínima concesión a los terroristas, que le habrían salvado la vida.

Bastante antes, el Partido Socialista no sólo había roto definitivamente con los comunistas y entrado en los gobiernos de coalición con la DC, sino que también había ido asumiendo los modos del poder democristiano. Entre ellos, y como ingrediente fundamental de su sistema, la corrupción sin límites. En los años 80, Andreotti y el líder socialista Bettino Craxi sellaron un pacto de hierro entre ambos partidos que dio paso a la degeneración absoluta del esquema del poder político vigente desde la posguerra, lo que se conoció como la Primera República. Que terminó con Tangentópolis, momento a partir del cual se inició la Segunda, que parece estar dando ahora sus últimas boqueadas.

Alejado del poder –“que deteriora a quien no lo tiene”, según una de sus más célebres frases-, aunque no de las instituciones, pues fue senador vitalicia hasta hoy mismo, Andreotti, que había sido presidente del gobierno en siete ocasiones, se tuvo que enfrentar a las consecuencias judiciales de sus actos pasados. No fue inculpado en ningún proceso por corrupción, pero fue sometido a varios juicios por complicidad, al máximo nivel, con la Mafia siciliana, y también por ser el responsable directo del asesinato del periodista Mino Pecorelli.

Fue condenado en varios de ellos, pero no pasó un solo día en la cárcel. Sus poderosos amigos, en Italia, el Vaticano o en las capitales del atlantismo, lo impidieron. A lo largo de los últimos años –aunque sordo y cada vez más encorvado, hasta hace muy poco fue plenamente lúcido- concedió numerosas entrevistas a la prensa: pero jamás hizo la mínima revelación en torno a los cientos o miles de asuntos oscuros que pasaron por sus manos.

Pero, además de ser un arquitecto del poder hábil y sin escrúpulos, Andreotti también fue un político que supo conectar con los sentimientos y aspiraciones de su público político, un hombre que conocía muy bien y nunca dejó de estar en contacto con la Italia de derechas, católica y conservadora, fuera del Norte o del Sur. Hace 21 años, desaparecida la Democracia Cristiana, esa Italia se pasó con armas y bagajes al berlusconismo. Porque también él invocó, y sigue haciéndolo, el peligro del comunismo, que ese mundo entiende como el peligro de un cambio, más allá de trasnochadas etiquetas. Y de igual manera que hizo oídos sordos las innumerables acusaciones, muchas de ellas con pruebas, que se lanzaron contra Andreotti, hoy perdona los excesos de Berlusconi. Porque, a fin de cuentas, es lo que más le conviene.

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