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De arozas y camaraos

La aparición de numerosas ferrerías en prácticamente todos los cursos de agua de Cantabria tenía una gran importancia, que podía incluso llegar a modificar toda la vida de un valle.

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Ferrería de Cades

Ferrería de Cades

Es algo, creo, connatural al ser humano. Pero vamos, que aquí ocurre con mayor frecuencia, en un porcentaje más alto, parece. Dependiendo, también, del origen de cada cual, que no es lo mismo si eres urbanita (ejem). Pero ustedes me entienden. Lo de hacer fuera las cosas que no haríamos en casa. No piensen mal, me refiero a ir a museos, tener vida cultural, visitar lugares diferentes. Todo eso. Aquí en Cantabria hay una cierta oferta al respecto. Pero pasamos de ella. Ya estudiaremos etnografía cuando vayamos el fin de semana al País Vasco. O cuando estemos en Madrid, joder, que hay que ver eso…el sitio ese donde tienen muchos cuadros…el que sale siempre en la tele…sí hombre, ya saben ustedes de cuál hablo.

Precisamente me hablaban el otro día de uno de esos espacios, uno que recuerda, además, cierta actividad económica de gran importancia en estas tierras desde, al menos, la Edad Media. Hablo de la Ferrería de Cades, que busca reproducir una antigua ferrería del siglo XVIII sobre el edificio original. Y que, parece, lo hace con bastante acierto y buen gusto, que son dos cosas que no siempre van de la mano.

Pero hablábamos de las ferrerías en general, y yo creo que merece la pena conocer un par de cosas sobre esa labor casi olvidada, para muchos incomprensible desde el punto de vista actual, pero que proporcionó riqueza en muchas partes de Cantabria durante siglos. Especialmente a aquellos pueblos que tenían acceso cercano y sencillo a vetas de mineral ferroso, claro.

Algo que no tenemos en cuenta hoy en día, que nos pasa desapercibido, es la importancia que tradicionalmente tuvieron los cursos de agua. Importancia económica, que provocaba torrentes de pleitos por su mala utilización. En otras palabras, si el vecinos decide abrirnos un molino de agua unos cientos de metros más arriba de donde nosotros tenemos el nuestro está claro que sufrimos un perjuicio económico, ¿no? Y eso habrá de cuantificarse. Primero se intentaba hacer con palabras, después a hostias, y más tarde, si se terciaba, recurríamos a la justicia. El orden es ese, y no otro.

En este contexto la aparición de numerosas ferrerías en prácticamente todos los cursos de agua de Cantabria tenía una gran importancia, que podía incluso llegar a modificar toda la vida de un valle, al ser una actividad mucho más lucrativa que las tradicionales en el medio rural. Tradicionales que, por otra parte, venían limitadas en la mayoría de las ocasiones al aspecto pecuario y, muy secundariamente, agrícola.

En aquel momento existían dos tipos de ferrerías. Las menores, que se ocupaban de producir todo tipo de piezas pequeñas, desde clavos hasta herramientas; y las ferrerías mayores, que eran las que generaban el metal en barras.

El funcionamiento era común a ambas, y dependía del acceso a una corriente fluvial más o menos estable. Así, el agua del río se represaba y se encauzaba a la antepara, donde existía un depósito (llamada camarao, existe el topónimo en recuerdo a este tipo de lugares en muchos sitios de Cantabria), desde donde se le daba salida a capricho con un desnivel de unos cinco metros. Esa caída mueve una rueda de palas que está sujeta a la cabeza de una gran viga llamada “árbol mayor”, en cuyo extremo opuesto existían unas levas de madera que levantaban el “árbol menor”. Éste, a su vez, sujetaba en su extremo un enorme martillo de hierro que caía sobre un yunque para moldear el metal. Llegaban a descargarse entre 100 y 125 golpes cada minuto…

Dentro de la ferrería los fundidores o hundidores se hacían cargo del horno, azuzándolo con enormes fuelles o barquines, que estaban insuflados también, en parte, por la fuerza hidráulica. En las ferrerías grandes existían dos barquines, que soplaban alternativamente para mantener el fuego siempre en su punto adecuado.

El personal que trabajaba en las ferrerías se contrataba por campañas, puesto que el caudal de nuestros ríos no es suficientemente estable como para poder trabajar todos los meses. Eso sí, su devenir rápido, a veces furioso, torrencial, los convertía en perfectos para cumplir esta labor. Estos trabajadores toman el nombre de aguaderas, siendo aguadas cada una de las campañas (normalmente de finales de invierno a mediados de verano) en las que desempeñaban su labor.

En realidad todo esto es lo general, lo que podemos saber hoy. Porque los detalles concretos que ayudaban a terminar cada pieza, a darle el golpe definitivo, el toque maestro, a cada encargo…esos se los ha llevado el tiempo. Permanecían anónimos, susurrados apenas entre maestros y aprendices, en un momento en el cual el conocimiento era poder, y el poder no se compartía. Igual hoy, con al sobreexposición informativa que nos presta internet nos pueda parecer extraño, pero era así. ¿Saben lo de los masones y todos esos secretos relacionados con la construcción de edificios? Pues algo parecido.

Esos encargados de cada ferrería eran los arozas. Los grandes maestros, los que controlaban todo. En establecimientos de gran tamaño lo habitual es que la propiedad fuera de una persona ajena al mismo, que llevaba por nombre ferrón. En Cantabria sucedía en muchas ocasiones que ferrones vizcaínos combinaban la propiedad de ferrerías en las Encartaciones, por ejemplo, y los valles más orientales de la región.

Las consecuencias de estas ferrerías eran variadas. No solo traían riqueza a propietarios (mucha), arozas (bastante) y aguaderas (escasa) sino que acarreaban una deforestación intensa en los concejos donde estuvieran enclavadas, por depender totalmente del carbón vegetal para el horno. Y no hace falta decir en qué ingentes cantidades se consumía madera en ese tipo de construcciones. Algo que cambió, a su manera, el perfil y el paisaje de muchos sitios para siempre.

Pero esa es, seguramente, otra historia. Ahora nos quedamos, solo, con la descripción de qué eran y cómo funcionaban esas ferrerías. Con la certeza de su importancia. Con la posibilidad de ver una, casi perfectamente restaurada, aun en activo hoy.

Ah, ya me acordé. Era el Museo del Prado.

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