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No arrojar basura a la mar

En Navidad se pone uno más blandito de lo normal y busca algo amable que contar, sobre todo en un año tan retorcido como este, quizá para simular que no ha pasado nada o que no es tan grave como parece.

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No arrojar basura al mar. | PAULA ARRANZ

No arrojar basura al mar. | PAULA ARRANZ

En Navidad se pone uno más blandito de lo normal y busca algo amable que contar, sobre todo en un año tan retorcido como este, quizá para simular que no ha pasado nada o que no es tan grave como parece: los refugiados sin refugio, el Brexit, Rajoy incorrupto, el pato Donald y su plutocracia…

Esto sucedió a principios de otoño, en el embarcadero del Paseo Marítimo, al atardecer, cuando medio centenar de personas esperábamos la última lancha para cruzar la bahía. Era sábado, había hecho un día preciso pero ahora hacía fresquito, rascaba un poco, y la mayoría enredábamos con los jerséis para no resfriarnos durante el trayecto. Una niña pequeña, que intentaba meterse la manga de una chaquetilla, le dejó un momento la pelota a su hermano, menor que ella, le costaba mantenerse en pie, y en vez de sujetarla el niño la cogió con las dos manos y de la misma la soltó. La pelota pegó un par de botes y se fue rodando por el muelle hasta caer al mar.

Automáticamente la niña echó a correr, tendría unos cuatro años. Allí no hay barandilla, así que varios adultos nos lanzamos tras ella, mientras la madre agarraba al niño, que intentaba seguir a su hermana. La cogimos por los pelos, literalmente: una señora la enganchó por la coleta y yo por el cuello de la chaquetilla. No se resistió. Una vez controlada, nos asomamos todos al borde. La pelota de tenis verde estaba allí abajo, tan tranquila, meciéndose en las olas, la mar un poco revuelta.

Fueron tres segundos, no más. En el primero ella se lamentó por la pelota, en el segundo miró nuestras caras y supo que no íbamos a hacer nada, y en el tercero soltó un chillido tan agudo que retrocedimos, sorprendidos. ¡Qué chorro de voz, qué barbaridad, qué poderío! Se pasó tanto de decibelios que nos echamos a reír. Ella se enfadó mucho, claro, y golpeó el suelo con el zapato y puso cara de sois todos unos idiotas y declaró: "Es mi pelota. Mía".

A continuación se puso a llorar con mucho sentimiento. No con lágrimas de niño caprichoso actual sino más hondo, como si su relación con la pelota fuera estrecha y significativa. Esa conexión peculiar que solo los críos y los perros tienen con su pelota. Su madre vino a consolarla: "No te preocupes, tienes muchas más, cuando lleguemos a casa…". Ella la interrumpió: "Sí, pero… es mi pelota preferida. La mejor". A la madre no le convenció ese argumento, quizá muy trillado: "Pues entonces haberla cuidado mejor". La niña miró a su hermano, estuvo a punto de decir que la culpa había sido de él, pero no quiso delatarlo y rompió a llorar de nuevo, ahora a voz en grito, como si estrenara pulmones.

El gesto noble de la niña nos llamó la atención a todos. La vida está demasiado mal para pasar por alto algo así, de modo que una chica mencionó un palo, otro dijo un gancho y yo mismo dije 'un bichero'. El hombre que estaba a mi lado sabía dónde había uno, allí mismo, al otro lado del Palacete. Él y yo fuimos juntos hasta donde estaba amarrada la zódiac de Salvamento Marítimo y les pedimos prestado su bichero. Desde allí se oía llorar a la niña, menudo futuro como soprano, pero les dijimos que era muy maja y que se lo merecía y se pusieron en marcha sin pensárselo dos veces.

Nosotros volvimos al embarcadero. Para entonces la niña ya había congregado a su alrededor a una pequeña multitud. Todos le decían cosas agradables a ver si dejaba de llorar, pero ella señalaba hacia el agua, inconsolable. Llegamos a su lado y le explicamos que todo estaba solucionado: "Hemos traído ayuda. Mira. Ahí llegan". Le señalamos la zódiac, que entraba en esos momentos en la dársena, y ella paró inmediatamente de llorar. Aquello era más grande que su pelota, había que verlo todo, y se limpió los ojos con las mangas de la chaquetilla, a dos manos.

Los de Salvamento Marítimo estuvieron muy profesionales y simpáticos. No usaron el bichero sino una pértiga con red, y podían haber cogido la pelota a la primera, pero hicieron un poco de teatro para la niña y la dejaron escapar varias veces antes de atraparla. Nosotros, por supuesto, de público entregado, jaleándoles: "¡Uuuuiiii", y cuando la cogieron les dimos un fuerte aplauso.

La pelota se la entregaron a un hombre en la parte baja de la rampa y luego pasó de mano en mano hasta llegar a las de la niña, como una ofrenda. Ella se la llevó al pecho y dijo gracias, muy bajito. Su madre le indicó que también a los hombres de la zódiac y entonces lo dijo más alto y más largo, sonriéndoles: "Muchas gracias". Estaba un poco avergonzada por la que acababa de montar.

La escena finalizó con la llegada de la lancha. Uno a uno fuimos embarcando, entre sonrisas y comentarios agradables. Todos coincidíamos en que eso, eso precisamente, es un servicio público. Había sido tan bonito que daban ganas de sacar conclusiones. No lo hicimos, al menos yo no lo hice, porque en la cabina de la lancha pone: "Prohibido arrojar basura a la mar".

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