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“Premiamos a los alumnos no tanto por sus buenas notas sino por el buen hacer”

El director de Egibide, Jorge Urrutia, fundación educativa que ha acordado un convenio con la ONG Alboan y con Cáritas, considera necesario "recuperar en la adolescencia los valores solidarios inculcados en la infancia".

“Nuestro objetivo no es adoctrinar, sino despertar el diamante en bruto que probablemente llevan dentro".

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Jorge Urrutia, director general de Egibide.

Jorge Urrutia, director general de Egibide.

La Fundación Egibide, integrada por los centros educativos de Nieves Cano, Mendizorrotza, Jesús Obrero, Arriaga y Molinuevo, ha firmado esta semana un acuerdo de colaboración con la ONG Alboan y Cáritas para desarrollar acciones conjuntas en beneficio de toda la sociedad y en especial a aquellos sectores en riesgo de exclusión social. El director general de la Fundación, Jorge Urrutia, considera que los primeros favorecidos por estos acuerdos son los 7.000 alumnos de sus centros, a quienes a través de estas experiencias se les ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la justicia y solidaridad social. Urrutia asegura que ellos premian a los alumnos "no tanto por sus buenas sino por su buen hacer”.

Pregunta. Uno de sus objetivos es formar a personas con visión crítica y valores sólidos que se impliquen en la trasformación de la cultura y las estructuras que generan injusticia, ¿Los jóvenes que llegan a sus centros están muy lejos de ser así?

Respuesta. Cada persona tiene su recorrido vital. Hay algunos chicos y chicas que llegan a nuestros centros con algunos valores ya trabajados por su entorno familiar y social  y otros que no tanto. Nuestro objetivo es lograr que, por lo menos, tengan una oportunidad de hacerse preguntas en esos temas. Y no pretendemos adoctrinar sino de despertar, probablemente, el diamante en bruto que llevan dentro.

P. La sensación generalizada es que actualmente, en la mayoría de los centros educativos, intentan trabajar desde edades muy tempranas la solidaridad hacia el prójimo. Luego al crecer ¿se pierden esos valores?

R. Quizás nos volcamos en inculcar estos valores cuando son más niños y luego se quedan como encapsulados en sus vidas. Creen que es algo perteneciente a esa etapa infantil. Me refiero, por ejemplo, a las prácticas, muy loables por cierto, de llevar el kilo de arroz al colegio o el paquete de lentejas. Son campañas propias de niños porque no le puedes pedir otra cosa a esa edad. Pero, muchas veces, estas actividades no tienen una continuidad. Tendríamos que adaptarlas a cada etapa. Tendríamos que explicar a los chavales que ese arroz que llevaban con diez años, ahora con 17, pueden conseguirlo a través de una colecta en la puerta de un supermercado. Y con 23 años pueden ayudar de otra manera, acompañando a personas mayores, por ejemplo. Y así consigues una evolución y no pierdes a esas personas en el camino. Y cuando se acerquen a los treinta se verán capaces de transformar también educando, enseñándoles a otras personas necesitadas a ganarse la vida por sí mismos y no ofreciendo sólo caridad.  Pero esto sólo se lograr inoculando el “virus” desde que son pequeños y alimentando ese espíritu solidario en cada etapa.

Está claro que todos necesitamos para vivir unos mínimos básicos pero cuanto más pida yo para mí, es porque otro tiene menos. Si eres consciente de esa realidad, obrarás diferente en la pelea diaria.


P. Los jóvenes están a la caza y captura de una primera oportunidad laboral. Es una lucha en la que impera la ley del más fuerte.  Esto choca frontalmente con la filosofía que promulgan ustedes. ¿Cómo se conjugan esas dos dimensiones?

R. Haciendo que estos chicos vean los problemas reales que hay en la calle, que les pongan cara y a partir de ahí hagan su propia reflexión: soy un privilegiado pese a todo.  Y  de ese contacto aprenderán también que la felicidad consiste en algo que nada tiene que ver con lo material, con lo prescindible. Está claro que todos necesitamos para vivir unos mínimos básicos y laborales pero cuanto más pida yo para mí, es porque otro tiene menos. Si eres consciente de esa realidad, obrarás diferente en la pelea diaria.

P. ¿Qué acogida tienen estas prácticas entre los chicos?

R. Buena. Los más pequeños entran muy fácil, lo toman como un juego más. Luego hay una edad más difícil pero al que le has enganchado desde pequeño, es más fácil recuperarlo. Y el de veintitantos ya tiene capacidad de desarrollar tareas y se implica, le echa ganas. Pero cuando abandonan el periodo escolar y encuentran trabajo, que es bastante probable, porque siete de cada diez lo hacen, es más difícil que compaginen ambas cosas por muy buena intención que tengan. Deben estar plenamente concienciados para continuar con esas labores altruistas.

P. Ahora ¿a qué número de alumnos voluntarios movilizáis?

R. Ahora mismo, sin estar aún activos los convenios con Cáritas y la O.N.G. Alboan, a más de cien.

P. En la práctica. ¿Cómo se materializan estos convenios?

R. En el tema educativo hemos dado un salto adelante al introducir una línea trasversal en todas las etapas educativas para impartir contenidos de justicia y solidaridad que hasta ahora no estaban presentes en el curriculum. Otra vertiente de trabajo es la de la bolsa de voluntarios para Cáritas. Ahora mismo cuentan con 750 y están desbordados, necesita renovar esa mano de obra. Nuestros chicos colaboran con el  acompañamiento de mayores en sus casas, supervisión de salas de encuentro y otros espacios, por ejemplo o con los niños.

P. ¿Han detectado ustedes necesidades entre las familias de los alumnos?

R. Sí, estamos detectando un aumento de casos de familias con necesidades concretas, por ejemplo nos hemos encontrado con chavales que en un momento dado no pueden comprar un cuaderno. Estamos trabajando en recogida de fondos para abrir un depósito solidario entre los miembros de toda la comunidad educativa. Estará gestionado por una junta de personal compuesta por un padre, una persona de administración y educadores. No se trata de darles dinero sino facilitar su educación. Adquirir libros, material escolar, ropa deportiva o pagarles el comedor si las familias no pueden asumir estos gastos. Incluso los alumnos mayores se ofrecen para dar clases particulares a los hijos de estas familias que atraviesan un mal momento.

P. Los sistema de evaluación actuales que siguen premiando a aquellos alumnos con mejores notas. Son los que más facilidades tienen para acceder a otros centros, a la universidad y para hacerse con ayudas económicas, entre otras ventajas. Desde la comunidad educativa, volcada ahora en fomentar el voluntariado y el altruismo, se reconoce solo a los mejores. ¿No es una incoherencia?

R. En nuestro caso no. En Egibide no reconocemos sólo el esfuerzo o la excelencia académica, la buena nota. Lo que premiamos es el buen hacer. Y  predicamos con el ejemplo. Tratamos de ser inclusivos, ofrecemos una enseñanza gratuita con refuerzos por parte del profesorado fuera de los horarios lectivos, apoyos que son también gratuitos. Para aquellos que les cuesta entrar en la disciplina diaria del estudio, se ofrecen los tutores que cada día reservan una hora fuera de su jornada de trabajo para dedicarla a supervisar a los chavales con dificultades académicas en aulas de estudio del centro, porque en casa no estudian. Y a los alumnos se les otorga un premio de reconocimiento en la fiesta de graduación y despedida de curso. Y en las votaciones se realizan siguiendo otros criterios ajenos al académico.  Lo que se recompensa es que sea una persona que aúne estas cuatro cualidades: que sea consciente, competente pero también compasiva y comprometida, que tenga  un corazón tierno para captar esas realidades más duras y no pase de largo sobre ellas sin implicarse.

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