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El alcalde de Vitoria es fuerte con los débiles

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El alcalde de Vitoria, el popular Javier Maroto, es un político de la era 'pop'. Popular y populista. Conocido por aparentar ser un verso libre dentro de la disciplina popular, el hombre que ha recuperado las riendas del Ayuntamiento de la capital vasca para el Partido Popular mantiene una imagen pública que no se corresponde con sus hechos. Ha alzado la voz contra las críticas de su partido a la legalización de Bildu o criticado la postura de los populares contra el matrimonio homosexual y con estas actuaciones se ha ganado una imagen de 'progre' entre los conservadores. Pero, en la distancia corta, muestra otra cara. Por ejemplo, en una de las estériles polémicas municipales por los gastos de la conmemoración del 200 aniversario de la Batalla de Vitoria, señaló que los ediles 'abertzales' sabrían conseguir la pólvora más barata que el Ayuntamiento, en referencia al 'pasado' de algunos de los ediles que meses antes llamo demócratas.

Pero sí hay algo que caracteriza al alcalde del Partido Popular -que recientemente ha buzoneado un folleto en el que el logotipo de su partido no aparece ni en la portada ni la contraportada y hay que buscarlo en el interior- es la contundencia que demuestra en alguna de las medidas que toma contra los más desfavorecidos. Todavía chirrían las declaraciones en las que acusaba a los perceptores del bono de alimentación de gastar el dinero en "zapatillas de Prada" y el silencio cuando EH Bildu denunció las facturas que habían justificado los gestores de la plaza de toros de la capital alavesa. No contento, y como aparece en la página de internet de los populares, solicitó que los perceptores de ayudas sociales quitasen la nieve de las calles en caso de temporal, medida que ha decaído, pero no la de endurecer los requisitos para recibir la Renta de Garantía de Ingresos -la que reciben las personas sin ningún otro recurso-, donde curiosamente recibió el apoyo de la entonces consejera del PSE Gemma Zabaleta. La nieve, es una tradición local incomprensible, suele estar en el eje de la política municipal ya que le costó una buena bronca al anterior alcalde y la primera reprobación de una concejala al actual Gobierno de Maroto por ocultar la impresionante cantidad que se había gastado en limpiar los copos de la calle (fuera de Vitoria sonará a chiste) para evitar el mismo problema que tantos quebraderos supuso a Lazcoz.

La última medida que refuerza la sensación de que Maroto es populista y se crece con los débiles es la propuesta de nueva ordenanza de locutorios. Para el alcalde del Partido Popular, en Vitoria hay demasiados y su interior se convierte "en lugares de ocio o reunión". Por ello, amenaza con multas de hasta 3.000 euros a quienes incumplan el nuevo texto normativo y prohíbe que se abran dos establecimientos de este tipo en un radio de 600 metros en una ciudad que de punta a punta tiene aproximádamente seis kilómetros. La mayoría de locutorios están regentados por inmigrantes. A ningún otro comercio se le exigen medidas de este tipo. Una deriva peligrosa y que roza la xenofobia.

Da la sensación de que los lunes a primera hora de reúne con sus asesores para analizar qué puede dar más votos esa semana y que planifican su estrategia en esa línea y no en la que la ciudad precisa. Si hay ruido en la calle porque el Athletic de Bilbao ha dicho tal o cual sobre el Alavés, se enfunda la capa albiazul y ataca la melena de los leones; si la televisión pública, la que su partido cuestiona por su coste, no gasta en retransmitir los partidos de baloncesto del Baskonia, se enrosca la boina localista y arremete contra la dictadura del Nervión. Si hay que ser 'antifracking', aunque su ministro Soria lo apoye, se pone el primero en la pancarta. Ahora bien, a pesar de pedir su cierre no acudió a la manifestación contra Garoña, para "darle el protagonismo a la ciudadanía". Y no se le ha oído defender los proyectos de Vitoria cuando los recortes llegan, en esta ocasión, de la orilla del Manzanares desde la que Rajoy chasquea las tijeras.

Da la sensación de que los lunes a primera hora de reúne con sus asesores para analizar qué puede dar más votos esa semana y que planifican su estrategia en esa línea y no en la que la ciudad precisa.


Maroto llegó a la Alcaldía tras protagonizar una oposición sin cuartel al anterior regidor. Dolido por la derrota de su antecesor, el actual portavoz en el Congreso Alfonso Alonso, Maroto negó cualquier acuerdo con el socialista Patxi Lazcoz y se esforzó en levantar a los líderes vecinales en su contra -ahora les acusa de malgastar las subvenciones en telefonía móvil-; en ridiculizar sus proyectos y en anular cualquier rastro de la gestión anterior una vez que alcanzó el mejor despacho del Consistorio -y que reformó nada más ocupar-. Es verdad que Lazcoz cometió errores de bulto. No vio la crisis hasta que la tenía encima, ni asumió que su gran proyecto, el BAI Center, era una obra desproporcionada. Y Maroto, un político listo, aprendió de los fallos de su contrincante y de la experiencia adquirida con Alonso. De la suma de ambas escuelas se ha forjado un político camaleónico, que tiene pánico a las polémicas vecinales y que basa su gestión en el titular inmediato y las medidas populistas -con los inmigrantes demasiadas veces como protagonistas- que desvían la atención de los problemas reales.

Pero Maroto, en su falta de visión a largo plazo y con la búsqueda del rédito inmediato, ha cometido otro error. Pasado el ecuador de su legislatura de él se remarcan el cambio de ubicación de la estación de autobuses -un proyecto eterno que en Vitoria lleva 20 años sin resolverse y que, con las obras contratadas y sin que extrañamente los adjudicatarios ni los arquitectos que cayeron en el primer concurso recurriesen, decidió modificar de ubicación y llevarlo a otra parcela-; la reforma de la avenida de Gasteiz, una vía central de la ciudad y que ha servido para varias burlas por su elevado coste (seis millones para una única calle) y por anunciar la presencia de peces y ardillas entre la fauna del nuevo vial; y sus polémicas con los receptores de las ayudas sociales, con los impulsores de una mezquita, con los líderes vecinales y, ahora, con los gestores de los locutorios, en su mayoría también inmigrantes. Demasiadas páginas de Torquemada para un líder que en las fotos aparece con el traje remangado y la americana oculta.

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