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Enterrados en nuestra propia basura

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Una sociedad como la nuestra, basada en el consumismo, genera una cantidad ingente de residuos. Nuestra cultura del usar y tirar para volver a comprar es lo que impulsa la economía y la publicidad y la obsolescencia programada son las premisas que nos animan a comportarnos de una forma tan poco racional y tan dañina hacia nuestro entorno. Cuando más aumentamos el consumo, mayor número de basura generamos, una consecuencia indeseada, pero que debemos gestionar de manera efectiva.

Es esa gestión efectiva la que hoy en día está en entredicho. Hemos visto por televisión como, tras unos pocos días de huelga de los trabajadores de limpieza, Madrid parecía un vertedero. Pero en Euskadi también la gestión de residuos ha generado debates encendidos, sobre todo en Gipuzkoa con el tema de la incineradora de Zubieta y de la recogida 'puerta a puerta' que EH Bildu ha implantado en varios municipios y que ha sido rechazado por una parte de la ciudadanía.

Es lógico pensar que la adecuada gestión de los residuos es un problema que ha acompañado a la humanidad en su desarrollo desde que vivíamos en cuevas hasta las macrourbes de hoy y que el problema se incrementa a medida que crece el número de personas que conviven en una sociedad. La situación se agudiza desde el momento en que nos convertimos en una sociedad industrial, ya que generamos residuos que difícilmente el entorno puede absorber, con el agravante de que la población humana crece exponencialmente en este periodo.

Desde que se despertó la conciencia medioambiental en las sociedades desarrolladas, se ha potenciado la segregación y el reciclaje de una parte importante de los residuos urbanos. Sin embargo, mientras los ecologistas hablan de aplicar la regla de las tres erres (reciclar, reutilizar y reducir) en relación a los residuos, el modelo económico capitalista ha logrado asimilar el concepto de reciclaje para convertirlo en un negocio, que nos venden como sostenible, pero que ha logrado precisamente el efecto contrario al deseado: cada vez hay más residuos a reciclar, y de la reducción y la reutilización nunca más se supo.

Sin embargo, mientras los ecologistas hablan de aplicar la regla de las tres erres (reciclar, reutilizar y reducir) en relación a los residuos, el modelo económico capitalista ha logrado asimilar el concepto de reciclaje para convertirlo en un negocio


Los que ya tenemos unos años podemos percibir como ha crecido exponencialmente el número de envases y embalajes que debemos tirar a la basura cada vez que compramos un producto. Ahora, tanto los productos alimenticios como el resto de bienes de consumo, llegan a nuestras manos envueltos en capas de plástico, cartón y porexpán. Así es como crece el negocio de las empresas que se dedican al reciclaje, pervirtiendo de raíz el mensaje de la sostenibilidad. Pero el reciclaje no es un proceso mágico: además de consumir  energía, crea a su vez nuevos residuos que hemos de gestionar, con lo que el problema se reinicia una y otra vez.

Entonces, ¿qué hacemos con todos aquellos residuos que no podemos reciclar? Podemos pensar que quemarla es una buena solución, pero el remedio sería peor que la enfermedad. Quemar nuestra basura supone liberar a la atmósfera multitud de toxinas dañinas para la salud de las personas y de nuestro entorno. Ni siquiera obteniendo energía del proceso (una energía que también nos han intentado vender como limpia) quemar los residuos es una buena idea ya que los riesgos sanitarios asociados a la incineración de basura son muy grandes en zonas densamente pobladas.

La otra opción evidente es enterrarlos en vertederos. Hace poco escuche una frase curiosa: “los vertederos serán las minas del futuro”. Una vez que hayamos arrasado con los recursos de nuestro planeta en una absurda orgía consumista, a nuestros hijos no les quedará otra que rebuscar entre todos nuestros residuos de hoy para conseguir los recursos del mañana. La propia naturaleza ha ido configurando sus vertederos con toda la basura que hemos ido arrojando a ríos y mares. Tanto en el Atlántico como en el Pacifico se han formado grandes islas de basura (sobre todo plásticos) que ya alcanzan dimensiones espectaculares. Este plástico se va descomponiendo y es ingerido por peces que lo confunden con plancton. Estas partículas plásticas pasan así a la cadena alimentaria, y por tanto, acabarán por afectar también a los seres humanos.

También es cada vez más habitual exportar la basura, sobre todo la tecnológica, a países del Tercer mundo para que sea “gestionada” allí. Los metales pesados y sustancias toxicas presentes en estos aparatos acaban contaminando el entorno y matando a las personas que se dedican a separar los componentes de nuestro 'gadgets' desechados porque se pasaron de moda.

Entonces, ¿qué opción nos queda? ¿Qué hacemos con nuestra basura? De momento, lo que tendríamos que hacer es rescatar las dos erres olvidadas: reducir y reutilizar. Claro que eso casa mal con un modelo económico basado en el consumo voraz y desmedido, pero es necesario que seamos conscientes de las tremendas consecuencias que tienen nuestros  comportamientos sobre nuestro entorno: somos tantos millones de personas sobre el planeta, que este a duras penas puede soportar nuestros deshechos.

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