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Y tú ¿cómo lo sabes? Por qué confiar en los expertos

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Que los expertos no son mucho más fiables que algunos procedimientos mecánicos de solución de problemas, o incluso que el afamado chimpancé tirando dardos, la bruja Lola o el Pulpo Paul, no es un hallazgo nuevo. El compañero Lluis Orriols nos dejó hace unos días una buena reflexión sobre la fialibilidad de los expertos y otros primates superiores, a propósito de la investigación de Tretlock sobre la falibilidad de los expertos políticos. Lluís asociaba sus resultados con nuestras cuitas presentes, esas para las que los especialistas parecen poner su faro cada uno donde les parece, que se diría que no se sabe cómo no nos la hemos dado si no fuera porque, en fin, ya es tarde para eso. Los datos acumulados por Tetlock (que, al menos yo, he conocido gracias a Lluís) envían un mensaje que, si no es insólito, sí llega especialmente alto y claro. Aunque unos más que otros, los juicios expertos se estrellan contra los datos. En este caso, el dardo va dirigido a los llamados, en el mundo de lengua inglesa, pundits de la política (incluyendo economistas, sociólogos, politólogos, historiadores, periodistas, gente que no se sabe de dónde viene y enterados en general). ¿Cómo de grave es este asunto? El problema tiene muchas caras, yo quiero sugerir algo relacionado con el proteccionismo, las barreras de acceso al conocimiento y la jerarquía social, que me parece que no se subraya siempre.

Aunque la reacción no siempre está articulada, a los académicos les suele parecer que, a menudo, lo que ofrecen los expertos de la política es el consejo como forma de literatura, o incluso como arte escénico. Se diría que lo que venden no es “crédito” sino placeres relacionados con la conversación, con la compañía -real o virtual- y con la ansiedad de inteligencia. Los juicios expertos nos facilitan la satisfacción de detestar a los contrarios con renovadas razones, el gusto de asentir ante la reacción compartida, puede que desde la tripa, el placer de repetir la ocurrencia que (ya en ese instante) nos parece obvia y profunda, la vanidad de entender cosas que pensamos que otros no entienden… Y predecir, porque predecir es intrínsecamente dichoso. Sobre todo, al menos en mi mundo cultural, cuando se trata de “la va a cagar”, expresión que me parece que condensa bien el rencoroso sarcasmo del país.

Ante esto, los profesionales del ramo muchas veces nos vemos a nosotros mismos pidiendo paso, defendiendo que es posible hacerlo mejor, que aquí opina cualquiera, y encima se forra. En la Universidad hay quien se amarga mucho por eso (y por muchas otras cosas, pero también por eso). De hecho, el libro de Tetlock ¿no es sino un gigantesco ejercicio académico, de un profesor, para mostrar que se puede ser un experto mejor? No voy a negar que yo también me irrito si alguien dictamina impunemente, y con solemnidad de quien se las sabe todas, sobre cosas que creo conocer, o simplemente sobre cosas que me parecen discutibles. Pero no es el oficio lo que debe marcar la diferencia; si acaso, el método: la transparencia del razonamiento, la consideración de alternativas, la apertura a la crítica, la verificabilidad de los datos...

Los juicios expertos de los médicos son superados, al menos en algunos casos comprobados, por procedimientos estadísticos de diagnóstico (y, a veces, por sus asistentes, en teoría no cualificados); los que se ganan la vida aconsejando cómo elegir carrera son incapaces de predecir cómo les va de hecho a distintas personas en distintas carreras; los consejeros matrimoniales no resisten ningún test riguroso; y así  es todo. De los análisis olfativos de encuestas electorales tendría que dedicar un artículo completo. Y es una pena meter a Krugman y sus euroaugurios aquí, como nos invita a hacer Lluis Orriols en primer lugar, pero es lo que hay. Con una salvedad importante, para los que le están agarrando ese rencor a los economistas (aunque después de todo Krugman, precisamente él, se suele librar): no es evidente que Krugman escriba como economista, no conozco a ningún economista (o, para el caso, a ningún filólogo clásico ni a ningún ingeniero de caminos) que sea capaz de llegar a una conclusión sólida y relevante sobre su campo de estudio cada día, ni cada mes. No es que deje de ser economista, entiende la economía varios cientos de veces mejor que yo, pero cuando escribe sus columnas se supone que está opinando. Porque de la mala economía solo nos puede librar la buena economía, no la santa indignación (ni la cultura general), y así es como sucede normalmente, mientras que de las opiniones erróneas podemos intentar aprender a librarnos solos.

Una recomendación que Orriols recoge de Tretlock es la de distinguir entre Erizos y Zorros: “El zorro sabe muchas cosas, el erizo una muy grande”. (En realidad, la distinción nos llega de Isaiah Berlin, quien la empleaba para clasificar autores: Platón frente a Aristóteles, Montaigne frente a Proust… Como documenta la Wikipedia, proviene de Arquíloco y la transmite Erasmo. Pero aquí la tenemos).  Me parece que, aplicada a los enterados de la política y la economía, los términos se proponen para diferenciar a quienes, aprendido su manejo, solucionan todo con el martillo, de quienes tienen una caja de herramientas con formas y numeraciones diversas.

Si fuera así, que fácil sería. Yo prefiero insistir, ya lo he sugerido,  en cuánto puedo saber de su método. Eso sí, las opiniones son opiniones y deben pagarse a precios privados, dependiendo de la audiencia. En España se puede llegar a tertuliano tanto siendo listísima como de una imbecilidad asombrosa, por méritos profesionales como por villanías, o simplemente por la cara. Me parece bien, es lo que hay, habla bien del país. En un país más deferente con la jerarquía hay que ser alguien para opinar, aquí no. Por otro lado, sin embargo, quien pida nuestra confianza más allá de la opinión, debería mostrar cómo llega a sus conclusiones. Dicho de otra forma, ni erizos ni zorros, salvo que no haya más remedio, yo procuraría elegir a quienes no sustentan sus juicios, precisamente, en su experiencia.

Solo puede ser parcialmente casual que a los expertos públicos se les llame pundits en inglés, que es el término clásico en la India para los eruditos de casta superior, a veces con competencia religiosa, de confort personal añadido al consejo legal. Defender la experiencia es defender la jerarquía, el conocimiento no transmisible, basado en circunstancias irrepetibles, la cooptación en el gremio de quienes pueden sacar una renta de sus juicios… Y lo compramos, no hay duda, incluso si viene adobado de inefable intuición.

Si alguien puede vender algo, lo que se dice venderlo, apelando a su propia intuición, creo que solo pueden pasar dos cosas, o que la gente lee demasiado poca literatura (lo que podría satisfacer nuestro apetito de irracionalidad, de modo que pidamos matemáticas para los asuntos prácticos), o que en el fondo somos jerárquicos y creemos en los seres superiores.

Pero sin llegar al extremo de la intuición, el problema del valor de la experiencia individual creo que es el siguiente. De hecho está correlacionada con la capacidad de entender y solucionar problemas, aunque a veces débilmente, y es difícil de fingir, por lo que puede servir como señal honesta de esa capacidad. Y nosotros necesitamos señales porque no podemos, en general, distinguir a quien sabe de quien no sabe.  Distinguir zorros que parecen sabérselas todas de testarudos erizos puede ser una forma superior de señalización (el erizo no puede evitar serlo) pero no es suficiente. El juicio experto es un problema de confianza. Lo mejor es que nos convenzan teniendo razón, pero si no podemos averiguarlo, lo segundo mejor es saber qué hacen para tener razón. Lo que demostró el famoso Nate Silver en las últimas elecciones americanas es que las matemáticas, aunque son difíciles, no están cerradas a nadie, y pueden batir con claridad a quienes dicen basarse en su larguísima experiencia.  Con las personas, como con las instituciones, el “déjeme usted a mí que yo sé lo que hago”, es mejor en dosis reducidas.  No necesitamos una ley de transparencia para los expertos, aunque tendría su punto, pero sí mejores prácticas como consumidores.

Una sociedad igualitaria y competitiva puede tener payasos dando opiniones, pero no debería cegarse ante los atavíos exteriores de los bramanes, ni los pelucones de los abogados, ni las togas de los profesores, ni las batas de los médicos, ni la sagezza que algunos dicen poseer como don, o como el resultado de una vida diferente a las nuestras, en general, más larga e interesante. Hay que confiar, pero sobre todo de quienes no les moleste que le pregunten ¿y tú, cómo lo sabes?

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