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Assange contra Snowden: parecidos y diferencias

Dos personajes, dos filtraciones, dos relaciones con la prensa; dos imágenes completamente diferentes. Y sin embargo no están tan lejos como pudiera parecer.

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Julian Assange, Snowden, Stallman CC: Free Software Fundation

Julian Assange sostiene un retrato de Edward Snowden. Foto: Free Software Fundation

Ambos se han hecho famosos en el mundo entero por sus revelaciones de secretos sobre el funcionamiento interno del gobierno estadounidense. Ambos han colaborado con periódicos de fama y proyección mundial para hacer pública información antes desconocida. Ambos han sido objeto de libros, películas y de innumerables artículos de periódicos de todo el mundo, incluyendo The New York Times y The Guardian. Pero a uno de ellos, el extécnico de la NSA Edward Snowden, los dos diarios lo consideran un whistleblower (miembro que destapa abusos de una organización) y solicitan que le amnistíe y se le permita regresar a EEUU.

Mientras, el tratamiento en las mismas páginas de Julian Assange, fundador de WikiLeaks, no puede ser más diferente. No es habitual que The New York Times cuente que una fuente huele mal y es arrogante en un reportaje firmado por su director, o que publique en portada un perfil muy poco favorecedor que tacha su estilo de "dictatorial, excéntrico y caprichoso", ni que The Guardian publique en un libro que "se disfrazó de viejecita". ¿Cuáles son los parecidos y diferencias entre dos personajes que generan un tratamiento periodístico tan desigual?

La primera gran diferencia es la posición en la que se encuentran: mientras Edward Snowden es una fuente primaria que ha obtenido por sí mismo la información que disemina, Julian Assange es un mero distribuidor; la fuente original es otra persona. Se da por supuesto que esa persona es Chelsea (antes Bradley) Manning, la soldado condenada por la justicia estadounidense a 35 años de cárcel por filtrar información, aunque WikiLeaks nunca lo haya confirmado. De este modo Assange personalmente y WikiLeaks como organización se consideran cubiertos por las leyes que protegen a la prensa, mientras que Snowden se arriesga a ser considerado personalmente responsable de espionaje. Aunque para muchos comentaristas estadounidenses ambos deberían ser encarcelados ( o peor), la diferencia es importante.

También es cierto que hasta el momento Snowden ha evitado cuidadosamente los enfrentamientos, malentendidos y choques culturales que enturbiaron desde el principio las relaciones entre Julian Assange y los diarios con los que colaboró, especialmente The Guardian y The New York Times. El diario neoyorquino, que entró en contacto con Wikileaks y Assange por insistencia del británico, mantuvo desde el principio un tono de confrontación que llegó al enfrentamiento abierto a raíz del perfil del hacker australiano publicado en portada (un día después de iniciar la publicación de los cables de Irak) y cuando éste descubrió que The New York Times y The Guardian intentaban romper el embargo pactado obteniendo los mismos datos por otra vía (miembros disidentes de WikiLeaks).

Con el diario británico las relaciones sufrieron cuando el periodista David Leigh publicó en un libro la contraseña que abría un fichero con los cables originales completos (con nombres de informantes) que había sido ampliamente diseminado en Internet. El gobierno estadounidense y los enemigos de WikiLeaks acusaron a la organización de poner en riesgo vidas con esta filtración, que fue producto de malentendidos y torpezas, no deliberada. Afortunadamente no se conoce que hubiese daños personales.

Tal vez por eso Snowden escogió periodistas y no periódicos para su propia filtración, gente cuyo trabajo demostraba un cierto grado de compromiso con la lucha contra el exceso de vigilancia por parte del gobierno de los EE UU. Periodistas como Glenn Greenwald, que suele publicar en The Guardian y ahora trabaja en el lanzamiento de un nuevo medio; la documentalista Laura Poitras, que publica en la revista alemana Der Spiegel, y Barton Gellman, de The Washington Post. Significativamente, no consta que haya tenido contacto con The New York Times. Lo cual puede deberse a otra anomalía en lo que se refiere a todo este asunto: Assange ha estado ayudando a Edward Snowden casi desde el principio. Desde su exilio interior en la embajada de Ecuador en Londres y a través de su colaboradora, la periodista británica Sarah Harrison, Assange ha colaborado con Snowden, especialmente en su traslado desde Hong Kong a Moscú y en los intentos por conseguirle un país de asilo y por arrancar de Vladimir Putin al menos un refugio temporal en Rusia. Claramente Snowden controla su propia filtración, pero Assange está detrás.

Por último, pero no por ello menos importante, hay una gran diferencia entre los materiales que han publicado ambos hombres. Si bien es cierto que parte de lo publicado por WikiLeaks sobre la guerra de Irak puede considerarse como periodismo de denuncia, ya que hace públicos crímenes de guerra, la mayor parte de la megafiltración conocida como Cablegate tiene más que ver con la transparencia gubernamental que con sacar a la luz comportamientos delictivos.

Los telegramas diplomáticos que WikiLeaks destapó muestran las interioridades de un Gobierno cuasiimperial en marcha, con sus peculiaridades y truculencias, pero sin grandes crímenes. Puede defenderse que la publicación de este material satisface poco más que el ansia de cotilleo de las altas esferas internacionales, y contribuye sobre todo a avergonzar a la diplomacia EEUU, pero sin desenterrar ninguna prueba de cargo.

Las filtraciones de Snowden, sin embargo, son harina de otro costal. Incluso sus detractores reconocen que buena parte de lo publicado son pruebas de comportamientos abusivos, si no directamente ilegales, por parte de las organizaciones de inteligencia estadounidenses. La documentación demuestra un extenso y profundo compromiso con la recolección de todo tipo de materiales, dentro y fuera de los Estados Unidos, con o sin cobertura judicial o legal; engaños, sabotajes, violación de normas internas, abusos de confianza... Toda una gigantesca conspiración por parte de agencias de espionaje para convertirse en la Oreja Universal y para eludir cualquier control que pueda intentar limitar sus actividades. Y todo ello sin que haya una justificación medio razonable de la utilidad de semejante y desmedido abuso de la privacidad a escala planetaria.

Lo que queda por saber es si podría haber existido un Snowden sin la notoriedad mundial previa de un Assange, y sin la promesa de difusión imposible de impedir que supone Internet. Intentos de psicoanálisis amateur aparte, está claro que ambos hombres provienen del mismo sustrato y tienen en mente guerras similares; ambos piensan que la acumulación masiva e incontrolada de información por parte de los gobiernos es un riesgo para la esencia misma del sistema democrático. Este riesgo debe ser extirpado, con independencia de los peligros y dificultades a las que esta acción exponga a quien la lleve a cabo.

Ambos están dispuestos a jugarse su propia piel por lo que creen, y han puesto en marcha una discusión más que necesaria sobre los límites del poder del Estado y de la privacidad de los individuos que tendrá consecuencias. Y por ello ambos merecen como mínimo reconocimiento.

Foto: Free Software Fundation

Corregido el 7/1/2014 aclarando la definición de whistleblower y reemplazando los pronombres que se referían a Chelsea Manning

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