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Fracasar por todo lo alto: un análisis de la primera legislatura del 15M

Me gusta ver el 15M como la eclosión de un fuego subterráneo. Un parlamento callejero y capilarizado instituyendo asambleariamente multitud de prácticas políticas que se nos han quedado de serie, como una cicatriz

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Imagen cedida por Julio Albarrán @soulseekers

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Puede que esta idea de la legislatura no sea la más feliz de las metáforas. Y menos hoy, a poco menos de diez días para las elecciones municipales y autonómicas en casi todo el Estado. Recuerdo bien los resultados decepcionantes de las elecciones del 22M de 2011. Y las de noviembre del mismo año. Algunos afines, escrutinios en mano, se sumían entonces en la constatación de la imposibilidad, ("¿lo veis?"), declarando inútil lo que en una semana se había convertido en un fenómeno social y cultural: la ocupación de las plazas. Supongo que ahora andan más tranquilos. Hicimos, hicieron los deberes. Mientras otros, justamente por eso mismo ahora reniegan, como si la repetición con serios matices de la toma institucional fuera la decepcionante coda a lo que fue lo más bello por imprevisto, insaciable, radical: lo que lo quería todo, ("¿lo veis?").

Y las dos son verdades: por un lado, el 15M no fue capaz de parar las mayorías absolutas del PP y, por lo tanto, tuvo que asistir y crecer a la sombra de la aplicación militar del programa de la hostilidad neoliberal. Uno más de sus fracasos, diréis. Pero como decía Beckett, se trata de fracasar mejor. En ello seguimos. Y eso, en última instancia, significará ganar. Porque, por otro lado, también es verdad que el 15M ha sido capaz de habilitar el asalto institucional que hoy estamos viviendo, con más o menos pasión, con más o menos escepticismo, pero expectantes, qué demonios. Nunca, al menos para los más jóvenes del lugar, las jornadas electorales fueron tan relevantes para su propia vida. 

Sostener la pasión de lo instituyente es mucho más difícil que mantener la fiebre destituyente. A las calles nos echó y nos mantuvo unidos temporalmente la emoción del rechazo, pocas emociones convocan tanto a la unidad; con aquella consigna del "que no, que no, que no nos representan", negábamos hasta tres veces y antes del amanecer a los padres de la democracia. Pero, ¿negábamos a los representantes o al sistema representativo? Probablemente, entre estos dos polos hay una escala de grises que lo urgente ha desviado de la conversación. Y sí, si pudiéramos hablar tranquilamente de esto, concluiríamos probablemente que el 15M también ha fallado en la impugnación radical de la democracia. 

Pero a costa de fracasar mejor hemos aprendido, entre otras muchas cosas, que no somos, en realidad nunca lo fuimos, islas. We are no islands, decía el poema. Mentira. No man is an island, ese sí es el poema original. Si con algo tiene que ver el 15M es con la reescritura, el tachón, la creatividad, el ingenio: la resignificación. Más allá del tópico de que ese día empezamos a escribir un nuevo relato, creo que el juego con el lenguaje y la reapropiación de palabras ha generado un montón de realidades constituidas (de nuevo el verbo tabú) en común. Quitamos del centro de la política al hombre isla para poner un archipiélago en la periferia del centro. Nos convertimos en una comunidad de aprendizaje político. Infectamos con el deseo de política partes de la ciudad, de la casa y de la vida que hasta ahora habían permanecidas intactas. Y entonces ardieron. Ardimos.  

Me gusta ver el 15M como la eclosión de un fuego subterráneo. Un parlamento callejero y capilarizado instituyendo asambleariamente multitud de prácticas políticas que se nos han quedado de serie, como una cicatriz. No con el poder del fetiche nostálgico, quiero creer, sino como un recordatorio de que la memoria puede ser la más feroz de las centinelas de las inercias institucionales. Que haberlas, haylas.

El 15M: mucha gente junta preguntándose qué habían dicho todo este tiempo en su lugar y que querían decir ellas mismas a partir de ese momento. Haciendo cosas juntas. Aprendiendo a contarse desde otro lugar, a la sombra del desbordamiento que nos sacaba una y otra vez a la calle para mutar: acampadas, mareas, tomas del Congreso, escraches, partidos, colectivos, centros sociales, denuncias judiciales, metodologías, amistades, amores, documentales, radios autónomas, desobediencia, libros, discursos, cuerpos puestos entre la austeridad y la vida. El 15M como esa conversación a las tres de la madrugada que sabes dónde y cómo empezó pero nunca dónde acabará. Y es que quizá no se ha acabado, aunque se hayan empleado bien en sacarnos de la calle a base de leyes a medida y cazas de brujas para amordazarnos. El reflejo represivo del 15M también ha quedado como un fracaso ardiente. Pero no nuestro.

Para terminar, un deseo. Que dentro de cuatro años alguien vuelva a escribir sobre la segunda legislatura consecutiva del 15M. Larga vida a nuestra cicatriz.

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