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Irán y EE.UU: Washington ya no juega solo en el tablero global

El acuerdo de Washington con Irán, un paso de la era multipolar

El nuevo escenario obligaría a EE.UU a plantearse si le compensa que sus políticas estén siempre ligadas, sin excepción, a los intereses de Israel

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El presidente de Irán, Hassan Rohaní (Efe)

El presidente de Irán, Hassan Rohaní (Efe)

En Oriente Medio las cosas se han complicado mucho desde el estallido de las revueltas árabes en 2011. La sencilla ecuación de antes ha derivado en alianzas más complejas y contradictorias. Arabia Saudí e Israel comparten más intereses aún, aplauden el golpe de Estado en Egipto del pasado mes de julio y ahora contemplan con horror las negociaciones entre Washington e Irán. No es baladí que sean precisamente ellos, junto con Egipto, los tradicionales aliados de Estados Unidos en la zona.

Lo ocurrido en torno a Siria ha marcado un punto de inflexión en este nuevo orden internacional. Rusia y China, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, vetaron las propuestas de intervención militar, y Moscú, aliado del gobierno de Damasco, logró condicionar el resultado en el tablero sirio. 



Estados Unidos fue consciente de que en ese momento una operación militar en Siria hubiera podido jugar en su contra, con Moscú e Irán como aliados de Bashar al Assad, con China oponiéndose a la intervención, con buena parte de la opinión pública estadounidense en contra de un ataque y con una enorme deuda económica en casa. Renunció por tanto a un ataque contra Siria, decepcionando así a Arabia Saudí, entre otros.

Las consecuencias de un ataque en Irán 



Estados Unidos ya no juega solo en el tablero global. Siendo conscientes de ello, diversos asesores y analistas clave en Washington, como el influyente Zbigniew Brzezinski, llevaban tiempo defendiendo la apuesta por las negociaciones con Teherán, más aún desde la llegada a la presidencia de Hassan Rohani, conocido por el pragmatismo que aplicó durante las negociaciones entre 2003 y 2005. 



Un ataque contra Irán podría desembocar en un conflicto a gran escala, con diversas potencias regionales e interacionales involucradas directa o indirectamente. Además, provocaría el cierre del estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, el principal ‘cuello de botella’ del comercio de petróleo, por donde pasa el 20% del crudo mundial, destinado principalmente a Europa, China, Japón, India o Corea del Sur. Esto conduciría a un aumento del precio del petróleo y a una mayor dependencia del crudo ruso en algunos países europeos.

Un pacto que mejora la relación USA-China

Por todo ello, la apuesta, de momento, es otra. Irán y Estados Unidos fueron aliados en el pasado, durante la época del Sha, y podrían volver a serlo, en un momento en el que Washington sabe que otras potencias acechan la región, con Rusia tratando de ampliar su influencia y China creciendo y extendiendo su órbita en la zona.



Las negociaciones entre el grupo 5+1 con Teherán no son más que un inicio. Pero ahuyentan la guerra -al menos por ahora- y pueden limar asperezas entre China y EE.UU, ya que el primero mantiene buenas relaciones comerciales con Irán, al que compra petróleo. Según datos de octubre de este año, las sanciones impuestas al país persa habían hecho caer las importaciones de petróleo de Irán en China hasta un 47%.

Con el acuerdo se reducen las sanciones a Irán y por tanto se abre el camino para que China pueda aumentar su cooperación energética con Teherán. 

Por lo demás, aunque el pacto no admite el derecho del país persa a tener armamento nuclear, sí le permite mantener uranio enriquecido al 5%. Esto de algún modo se traduce en que Irán no perdería toda su capacidad disuasoria. Hay que tener en cuenta que Teherán sí es firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear en una región donde solo Israel no ha suscrito el acuerdo, siendo precisamente Israel el país que sí tiene armamento nuclear.

Arabia Saudí e Israel



De momento, con este primer pacto, todos ganan. Se allana el camino para que durante los próximos seis meses se avance en las negociaciones. No será fácil. Los países que se oponen al acuerdo, con Israel y Arabia Saudí a la cabeza, intentarán crear obstáculos para el entendimiento, y es probable que no lo hagan solo en la región, sino en el propio Estados Unidos, a través del AIPAC (Comité de Asuntos Públicos EEUU-Israel) y otros lobbies sionistas con capacidad de presión en el Congreso y el Senado.

Ya hay informaciones que apuntan al trabajo conjunto entre los servicios secretos israelíes y saudíes. La BBC incluso publicó hace un par de semanas una exclusiva, desmentida posteriormente por Pakistán, en la que afirmaba que Arabia Saudí preparaba su propio programa nuclear a través de Pakistán para contrarrestar a Irán. 

El nuevo escenario multipolar, con otras potencias creciendo en Eurasia, obliga a Estados Unidos a poner el foco sobre Asia y a resolver la cuestión iraní. Es más: Este nuevo tablero obligaría a Washington a plantearse si le sigue compensando que sus políticas en la región estén vinculadas a Arabia Saudí, y siempre ligadas, estrechamente, sin excepción, a Israel.

Todo dependerá de las decisiones del presidente estadounidense de turno. Pero lo cierto es que los intereses de EEUU no van a confluir al cien por cien con los de Tel Aviv. Quizá por eso el influyente Brzezinski escribía hace unos días, en su propia cuenta de Twitter:



“Obama/Kerry=el mejor equipo político desde Bush I/Jim Baker. El Congreso [de EEUU] se está finalmente avergonzando de los esfuerzos de Netanyahu por dictar la política estadounidense”.

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