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Mandamos, sabemos y gritamos

Ellos querían ser príncipes, pero ellas no cumplieron la parte del contrato que firmaron.

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Una mujer fue asesinada en León la semana pasada por su expareja. Una de tantas. No sabemos su nombre, ni su profesión, no sabemos nada. Es "una mujer". Titular repetido una y otra vez. Una mujer. Sí sabemos, sin embargo, que su exmarido  tenía una orden de alejamiento de 250 metros de ella. También sabemos que la policía la estaba vigilando para su seguridad. No sirvió de nada. Una vez más, no sirvió de nada. Un 26,3% de las mujeres asesinadas en 2016 habían solicitado medidas de protección, sólo la mitad la habían conseguido, sin que eso cambiara absolutamente: un 13,2% las tenían en vigor cuando las mataron.

Una buena amiga de la misma localidad que esta mujer, me cuenta desesperada una conversación que ha oído en una farmacia de su localidad. Dos mujeres hablan sobre el asesinato. "Una dijo que era terrible y la otra asintió. Acto seguido, la misma que se horrorizaba, dice en voz baja: "también habría que ver cómo era ella, ¿eh? que las mujeres a veces somos..." 

Las mujeres, a veces, somos... 

Nos han convencido. Nos han engañado. Y nos están ganando esta guerra. La guerra más silenciosa del mundo, la guerra más larga y más invisible. Una guerra con dos bandos bien diferenciados, pero cuyos integrantes no son conscientes de engrosar sus listas. Los hombres no creen que los hombres maten a las mujeres por ser mujeres. Las mujeres no son conscientes que por ser mujer te pueden matar. No son conscientes, no lo verbalizan, pero con sus (y nuestros) actos, dejamos claro que lo sabemos. Por eso ellas tienen miedo de enfadar a los hombres, de ridiculizarlos sin querer, de enfadarlos. Por eso ellos no consienten ser tratados por ellas como por ellos.

Por eso, a veces, somos así... porque algunas veces tratamos a los hombres como si fueran iguales. Nos ponemos flamencas, alzamos nuestra voz, ocupamos nuestro espacio. Y eso se traduce en que "a veces, es que somos..." A veces somos tela marinera. Marisabidillas. Mandonas. Gritonas. Adjetivos que nunca se usan para ellos. Ellos nunca son marisabidillos, mandones o gritones. Ellos son hombres. Todas esas cosas son inherentes a su naturaleza y no hay nada que reprocharles.

Por eso, cuando una mujer habla de lo que sabe, se la ridiculiza con ese apellido: "marisabidilla". Por eso cuando una mujer toma las riendas de cualquier asunto, es una "mandona" y se la censura. Por eso también, cuando una mujer alza la voz es una "gritona", una "loca", quedando invalidada cualquier cosa que haya dicho (por mucha razón que pudiera llevar). 

Y por eso las mujeres "a veces, es que somos..." que es lo mismo que decir: "algunas veces nos lo merecemos". Hacemos cosas, decimos frases o adoptamos actitudes que les pertenece a ellos, y sólo a ellos. Y es normal que ellos acaben llegando a extremos que no querían ni deseaban. Pobres. Los empujamos a esas actitudes, a esos ninguneos y, en última instancia, a esos asesinatos. Porque así somos nosotras. Ojalá ellos no tuvieran que encontrarse a veces con mujeres que provocan situaciones desagradables. 

Y mira que nos lo llevan inculcando desde pequeñas, ¿eh? pero nada, que no hay manera, no aprendemos. ¿Acaso Bella no aguantó el maltrato y el encierro de Bestia hasta que se convirtió en un príncipe? ¿Acaso aquella becaria no soportó las agresiones y sombras de Grey hasta que éste también se curó y se convirtió en el hombre sensible y romántico que luego fue? ¿No hemos aprendido nada aún? ¿No nos han dejado claro que cuando somos sumisas y amamos "de verdad", ellos se convierten en la persona perfecta que queríamos? ¿Por qué algunas veces nos olvidamos de todo lo aprendido y nos empeñamos en ser nosotras mismas?

La mujer asesinada en León se había separado recientemente de su asesino. No siguió los pasos de ninguna de las princesas Disney ni aguantó por amor. Decidió que quería emprender una nueva vida sin él, sin amenazas, sin maltrato. Pero de la misma forma que nosotras adoptamos el rol de princesas desvalidas con el que nos bombardean, ellos asumen el rol de "el que casi se convierte en príncipe pero no le dejaron", y cuando decidimos dejar de ser esas princesas que aguantamos lo que nos echen, muchos de ellos sacan a la Bestia que es incapaz de controlar sus impulsos. Ellos querían ser príncipes, pero ellas no cumplieron la parte del contrato que firmaron.

Quizás abandonaron el papel de princesas porque entendieron que, por mucho que soportaran el cuento, el príncipe y las hadas nunca llegarían. O quizás es que ya todas hemos visto miles de veces cómo las mujeres que nunca se salieron de su papel acababan también asesinadas. O puede que, quizás, muchas decidan empezar de cero porque saben y pueden decir BASTA. Quizás es que vamos entendiendo que todo lo que nos habían contado sobre el amor y las relaciones era falso. Que no hay perdices al final, sino que debe haberlas desde el principio. 

Y ahí es cuando son la sociedad y las instituciones quienes se convierten en cómplices del agresor; abandonando a quienes deciden reemprender su vida. Porque cuando una mujer da el paso y dice BASTA, no se la cree en los cuarteles de la Guardia Civil. O los jueces no dictan órdenes de alejamiento. O los organismos competentes no crean herramientas para que las órdenes que sí se dan, se cumplan. O son culpadas incluso ya muertas, con una sola frase, porque no hace falta más: "las mujeres, a veces, es que somos..."

Este 25 de noviembre, una vez más, un año más, saldremos a la calle las demás, las que aún podemos, para decir BASTA. Para demostrar que sí, que las mujeres, a veces, es que somos así: mandamos, sabemos y gritamos. Y está bien ser así.

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