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Se busca: Socialdemocracia para el siglo XXI

Andrés Ortega

La socialdemocracia se busca en Europa. Está atravesando una crisis existencial. Sólo en diez países de los 28 de la Unión Europea lograron partidos socialdemócratas más de un 20% en las elecciones europeas. La socialdemocracia quiere salir del siglo XX para instalarse en el XXI. Para ello necesita, más allá de un relato, una visión, dentro de un marco moral. No lo tiene fácil. Para empezar porque, especialmente ahora en la Eurozona, no es posible la socialdemocracia en un solo país, como ha descubierto François Hollande en Francia. Para cambiar de política y no simplemente de políticos ahora hay que pasar, como poco, por Europa. Además los socialdemócratas se las siguen teniendo que ver con las políticas de austeridad, frente a las que no presentan verdaderas alternativas.

La Fundación Friedrich Ebert (del SPD alemán) organizó recientemente en Berlín un seminario para seguir desarrollando su concepto de la “buena sociedad”, que espera tener perfilado en 18 meses. Gira en torno a cuatro conceptos: justicia social, crecimiento económico, sostenibilidad ecológica y calidad de vida (incluida en esta la relación entre el tiempo de trabajo y el tiempo personal). No se trata de perfilar buenos deseos, sino objetivos políticos tangibles, y dentro de una estrategia social que resulte creíble desde un punto de vista económico, pues son conscientes de que, en general, frente a los conservadores, los socialdemócratas pierden en términos de imagen de competencia como gestores económicos. Se trata de buscar un marco general, aunque no haya un patrón homogéneo para los 28 países de la UE, ni siquiera para los 18 del euro. En este marco es esencial la reflexión sobre la “industria 4.0” o la de la “segunda era de las máquinas”, es decir sobre la automatización y el cambio que supone la creciente robotización en todos los ámbitos. Con nuevos tipos de servicios públicos adaptados a esta nueva situación. Y abordando el creciente el autoempleo precario.

Pero lo esencial es la lucha contra la creciente desigualdad. Y no sólo en sí, sino porque es la única manera de liberar las finanzas públicas de los costes de las transferencias sociales redistributivas para lograr recursos para inversiones públicas. La redistribución ha fracasado a la hora de frenar la desigualdad. De ahí que algunos, sobre todo desde el laborismo británico, hablen de predistribución, sobre todo, pero no solo, a través de la educación, o lo que yo mismo he llamado “pre-distribución permanente” a lo largo de una vida laboral cambiante para equipar a la gente con los instrumentos para ser resiliente frente a la incertidumbre, en lo que Stiglitz ha llamado la “nueva era de la vulnerabilidad”. Desde Noruega se piensa que la seguridad social debe ser un elemento para poder cambiar y adaptarse a las nuevas circunstancias, y no al revés. Es decir, un elemento no sólo moral, sino de competitividad. Ahora bien, si la desigualdad es lo importante, en esta Europa, la lucha contra la pobreza es lo urgente, para evitar las exclusiones.

Además hay que reequilibrar la “balanza del poder” entre empleadores y empleados, o entre capital y trabajo (que se ha desequilibrado en favor del primero). A este respecto, la aportación más original –discutible y discutida- fue la del profesor italiano Giacomo Corneo, de la Universidad Libre de Berlín, para generar fondos estatales de inversión, gestionados por independientes, para comprar en bolsa parte de las acciones de las grandes empresas y así recuperar para el capital público control sobre los mercados. Sería en principio rentable (una vez devueltas las deudas en que se hubiera incurrido pues Noruega y su gas y petróleo son una excepción) para financiar políticas públicas y restablecer un equilibrio público-privado. Sería una nueva forma de nacionalización, aunque no sería el Gobierno de turno el que controlara estos fondos sino sólo el uso de sus beneficios. Habrá que volver sobre esta idea que puede tener cierto recorrido aunque los tiempos no estén para aumentar la deuda pública, al menos en los países altamente endeudados. En todo caso, la idea causaría una enorme polémica y resistencia.

En el debate socialdemócrata se habla poco de Europa. “Europa para acompañar los cambios”, dice Andrea Nahles, ministra de Trabajo y Asuntos Sociales en el Gobierno alemán. Quizás un salario mínimo europeo, Y a medio plazo (5 años) algún instrumento redistributivo a escala europea. Lo urgente es una subida de salarios, pues la “criminalización de la inflación salarial”, como dijo un participante, es un problema para la izquierda. Se va abriendo paso la idea de un crecimiento impulsado por subidas salariales, a expensas de los beneficios del capital. Al menos en los países que pueden permitírselo. Como Alemania, donde está en parte en marcha.

Los socialdemócratas no saben bien cómo plantar cara a los diversos radicalismos y populismos de izquierdas y de derechas que les quitan votantes. Organizativamente también los socialdemócratas tienen mucho camino que recorrer, especialmente cuando estos partidos, en general, están perdiendo militantes. La gente quiere participar, o al menos algunos ciudadanos quieren ser parte de la conversación política, lo que supone mucho más que pedirles su opinión cada cuatro años en elecciones o primarias. Pero de eso se habla aún demasiado poco. La socialdemocracia está aún instalada en la búsqueda de respuestas que proponer, antes que preguntar y hacer participar a sus posibles votantes. Sobre todo cuando, hoy por hoy, como reconoció Nahles, los socialdemócratas “no tienen el dossier adecuado de temas que presentar al público”.

En todo caso, será bueno definir la “buena sociedad”, pues la actual y la que se ofrece para el futuro previsible, no entusiasma nada.

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