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Para leer al presidente Donald

Donald ha llegado al poder. Quizá no es exactamente un pato, pero es probable que sea mucho más peligroso que todas las historietas de Disney juntas, por muy tendenciosas o manipuladoras que puedan llegar a ser

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Donald Trump, presidente de Estados Unidos. EFE

En los años 70 Ariel Dorfman y Armand Mattelart publicaron un ensayo en el que analizaban desde una perspectiva marxista el mensaje que las historietas producidas por la factoría Disney transmitían al público infantil de América Latina. Aseguraban que no solo eran un reflejo de la clase dominante, sino también un instrumento para la difusión y el mantenimiento de su ideología. 'Para leer al Pato Donald', que en su momento tuvo un cierto éxito, finalizaba con un capítulo de conclusiones con un título inquietante: "¿El pato Donald al poder?".

Han pasado casi 50 años y sí, Donald ha llegado al poder. Quizá no es exactamente un pato, pero es probable que sea mucho más peligroso que todas las historietas de Disney juntas, por muy tendenciosas o manipuladoras que puedan llegar a ser. La única ventaja de la situación actual es que para entender a nuestro Donald no nos hacen falta intérpretes, ni marxistas ni de otro tipo. Si dice que va a construir un muro, lo construye. Si reniega del Obamacare, a las primeras de cambio se lo carga. Y si no le gustan los periodistas, los insulta: escoria, deshonestos, mentirosos...

"¿Que si apoyo el ahogamiento simulado? Te puedes apostar el culo a que sí". Esto dijo Donald, en su peculiar estilo dialéctico, durante la campaña... Y lo repitió hace unas horas: ¡Cómo no me va a gustar la tortura, con los buenos resultados que da! Así que pronto veremos el regreso de los métodos instaurados por George W. Bush tras el 11S y prohibidos por Obama. Volverán no solo los ahogamientos simulados, también las privaciones de sueño, el acoso con perros agresivos, los golpes, los gritos y las humillaciones más diversas.

Y es que Donald, el presidente, contrariamente a lo que suponían algunos, no va a rectificar sus promesas electorales. Va a ir cumpliéndolas una a una, por increíbles, disparatadas o imposibles que hace unos meses nos pudieran parecer. En esto, como en otras cosas, tenía razón Martin Baron, el director del Washington Post, que acaba de estar en España y que justo antes de las elecciones en EEUU me aseguraba en una charla en Medellín que si Trump ganaba (y él era de los que lo creía muy probable), iba a ejecutar con rapidez sus inquietantes compromisos.

Y así lo está haciendo, con el sonoro aplauso del dinero. El Dow Jones, el índice de referencia de Wall Street, no ha dejado de subir desde que se conocieron los resultados de las elecciones y hace unas horas superó los 20.000 puntos por primera vez en la historia. Con lo que se comprueba lo que ya sabíamos, al capital solo le importa el dinero. Un argumento más para que Donald, el presidente, se mantenga en sus trece y redoble sus ansias proteccionistas amenazando a las empresas estadounidenses con todo tipo de aranceles si siguen montando factorías en, por ejemplo, su vecino del sur, México.

Y recordando que está en disposición de expulsar en cualquier momento a los once millones de inmigrantes indocumentados que viven en Estados Unidos. Y gritando al cielo y a sus votantes que él va a ser "el mejor presidente del empleo que Dios haya creado".

Solo nos queda una esperanza. Si tiene éxito y fabrica tantos puestos de trabajo, muy pronto el muro con México se va a llenar de puertas para que los migrantes de ese país, de El Salvador, Honduras o Guatemala crucen al otro lado y hagan funcionar la economía. Sin ellos, el crecimiento que promete el presidente Donald va a ser imposible, como lo habría sido en España, en Francia o en Alemania. Son las contradicciones del capitalismo.

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