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Sobre la posverdad

En los últimos tiempos, la corrección política le ha dado mala fama a esto de considerar idiotas a los que no piensan como uno

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EFE

Ando estos días un poco desconcertado. La culpa la tiene el Diccionario de Oxford, que ha elegido post-truth (posverdad, según Fundéu) como palabra del año. Así la definen: "que denota circunstancias en las cuales los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal".

El neologismo pretende ilustrar por qué, de un tiempo a esta parte, la gente vota tan rematadamente mal. Hasta ahora, los hablantes de español nos habíamos arreglado bien sin esa palabra porque teníamos "idiota". La riqueza semántica de este vocablo, "idiota", es tal que lo mismo sirve como voz cariñosa que como explicación de un fenómeno político. Si, por ejemplo, es usted de izquierdas, basta (o bastaba) con considerar idiotas a todos los votantes del PP. Vea:

—No me puedo creer que el PP siga ganando. ¿Qué le pasa a la gente, por qué le votan?

—Son idiotas, no hay otra explicación.

En los últimos años, sin embargo, la corrección política le ha dado mala fama a esto de considerar idiotas a los que no piensan como uno. Y ahora la culpa de que voten mal no es ya de ellos, pobres, sino del ambiente, del entorno, del Zeitgeist.

Sirvan de ejemplo los británicos que votaron a favor del Brexit. Hasta hace nada habrían sido unos meros idiotas, y con ese análisis nos habríamos conformado la mayoría. Ya no. Hoy son personas del todo respetables que han tenido la mala suerte de verse políticamente confundidas por los mensajes de la posverdad. Lo mismo le pasó a los colombianos que votaron en contra del proceso de paz. Y lo mismo le ha pasado a la mitad aproximada del pueblo estadounidense que ha llevado a Trump hasta la Casa Blanca. 

Esto de la posverdad nos llega tarde a los vascos, que, como es sabido, tan mal votamos durante décadas. Muchos se percataron de ello pero, al carecer de un sintagma preciso, tuvieron que echar mano de los recursos léxicos disponibles en su momento y, quizá lo recuerde, etiquetaron a la vasca de "sociedad enferma". Ahora, claro, sabemos que no lo era. Que, en realidad, los vascos que votaban mal eran personas sin demasiado juicio que se dejaron llevar de forma acrítica por "llamamientos a la emoción y a la creencia personal".

En eso Aznar fue un pionero porque, ni corto ni perezoso, cerró todos los diarios que esparcían confusión entre las buenas gentes y enchironó a sus responsables. Ese guante lo ha recogido ahora Zuckerberg, quien acaba de declarar "la guerra contra las noticias falsas". Rece porque afine mucho en la definición de "falsa" o nos quedaremos sin un solo medio de comunicación.

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