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Vox toma Sevilla, 'corazón del socialismo': "Frente a la Andalucía de Blas Infante; la de Isabel la Católica y Fernando III"

El líder de la extrema derecha, Santiago Abascal, logra desbordar el aforo del Palacio de Congresos de la capital andaluza, de 3.500 butacas, en un día lluvioso y a cuatro días de las generales

La dirección nacional de Vox niega la acreditación de prensa a eldiario.es, pero permite al redactor acceder "como público" 

“Vaya panda de fachas que nos hemos juntado esta tarde en Sevilla, a pesar de las alertas meteorológicas y antifascistas”, dice Reyes Romero Vilches, número uno de Vox al Congreso por Sevilla

Abascal: "La reconquista ha empezado por el sur" tras el chispazo" de las autonómicas en las que se "echó" al PSOE

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Santiago Abascal está en Sevilla, “corazón del socialismo español” en palabras de Pedro Sánchez. El presidente de Vox está en el mismo auditorio del Palacio de Congresos en el que hace 21 días Barack Obama hablaba contra el ascenso del populismo, el fascismo y el machismo. Había números clausus para ver al ex presidente de los Estados Unidos, y también los hay para ver al líder de la ultraderecha española. El aforo está completo, 3.500 butacas, muchos fuera, en la calle, en una Sevilla lluviosa y desapacible. 

Dicen los partidos tradicionales que los mítines de campaña ortodoxos ya no sirven, ya no llenan, ya no funcionan, pero aquí está Vox, con una capacidad de movilización que no tienen ni socialistas ni populares. Ni siquiera Podemos, al eco del 15M, demostró el vigor que proyecta esta formación política. Aquí, en Sevilla, “corazón del socialismo español”, donde Vox logró un 0,2% de votos en las últimas elecciones generales (2.176 papeletas [PACMA obtuvo 13.383]. En 2015 tenían 3.000 afiliados en toda España, hoy tienen 2.000 sólo en Sevilla, alrededor de 50.000 en todo el país, según datos de la organización.

Este redactor ha accedido al mitin colándose. En el stand de acreditaciones para la prensa, un joven ha preguntado el medio de comunicación al que pertenece cada periodista, y luego amablemente ha informado de que eldiario.es no puede entrar. “Órdenes de Madrid: eldiario.es se queda fuera”. Luego me han invitado a entrar “como público” y me han ayudado a ponerme primero en una cola larguísima de personas que no tenía final.

Dentro el ambiente es festivo, de celebración, de fiesta nacional. Unos grandes altavoces ponen en bucle a Manolo Escobar y su Que viva España, ondean banderas rojigualdas, paraguas rojigualdas abiertos -aquí no hay supersticiosos-, banderas verdes de Vox. Suena Nino Bravo y su Libre. Suenan pasodobles a tope y el himno de la Legión, que pone al auditorio en pie, aunque la mayoría no parece conocer la letra. Pero cuando llega la estrofa del “soy el novio de la muerte”, ésta suena de forma atronadora. Un periodista japonés, Nikon al cuello, pregunta de qué va la canción y si tiene algo que ver con Franco: "The boyfriend of Death...", le explica un compañero de oficio. No hay una cara triste en la platea, todos contentos. Hay un speaker que jalea al público mientras esperan al líder. “¡Faltan cuatro días para la reconquista!”, grita. El público se arranca por palmas de rumba, es un público muy de Sevilla, pero también hay gente de Cádiz, de Huelva, de Córdoba…

Sobre el escenario, una gran pantalla proyecta imágenes. Sale Pedro Sánchez con Quim Torra, la multitud abuchea. Sale un ciudadano negro hablando bien de Vox, la gente aplaude con fuerza. Atención, suena una fanfarria, una sintonía heroica, alegre, música Braveheart, música Gladiator in crescendo... anuncia la entrada del líder. La gente se pone en pie de un brinco. “¡Lo veo, lo veo, lo veo!”. Cientos de brazos en alto, móvil en mano, para captar la imagen de Santiago Abascal. Gritos: “¡Presidente, presidente!”.

Camisa blanca, apretada al torso, arremangado, el líder sube al escenario de Obama. Su discurso tiene un hilo conductor claro, un relato bien ordenado en torno a una idea que victimiza a la "España oprimida y condenada por la dictadura de los progres". "Estábamos condenados...estábamos condenados...", repite, intercalando las ideas fuerzas de Vox: "condenados a condenar a nuestros abuelos según el bando" de la Guerra Civil, condenados a tragar con el aborto, con el feminismo, "con una versión del 11M", "con los pactos con ETA, con Puigdemont", con la derechita cobarde, con la veleta naranja, con el acoso a los cazadores, condenados a no poder defenderse si alguien entra en tu casa a robar. Esto último pone en pie al auditorio. Látigo contra los medios de comunicación, contra los partidos políticos, contra la Junta Electoral. "Sánchez ilegítimo, Sánchez traidor"; [Casado] "Acomplejado, pellizcos de monja"; [Rivera] "Cobarde, oportunista". De Iglesias, "la tumba del podemismo se llama Galapagar". ¡Hijo de puta!, grita uno en el público. "¡Vox fue excluido del debate televisivo!". Abucheos, aplausos.

"Gracias a los andaluces por ser los adelantados de la reconquista", dice Santiago Abascal, y la gente responde con orgullo. El líder de Vox lleva ya media hora hablando y se viene arriba: "¡Frente a la Andalucía islamizada y de Blas Infante, defendemos la Andalucía de Isabel la Católica, la de Fernando III y las Cortes de Cádiz!". Un joven le responde entusiasmado desde la platea: "¡Viva Andalucía libre!". Nadie le devuelve el ¡Viva! Dice Abascal que los andaluces no tienen por qué arrodillarse en las iglesias, "por mucho que las quieran llamar mezquitas".

El público y los teloneros de Abascal

¿Cómo es el público? Hay muchos más hombres que mujeres, con diferencia. Hay mayoría de jóvenes, adolescentes, amigas que han venido juntas, parejas, familias con sus niños pequeños de la mano, abuelos y abuelas. Camisas de cuadros, jerseys, vestidos, rebecas, chaquetas, vaqueros… No hay nada raro, gente normal, feliz y contenta. También hay algunos hombres aparentemente tensos, con el ceño fruncido, con cara de cabreo. Es el que de repente grita: “¡Muerte al comunismo!”, pero nadie le sigue. Es otro que grita: “¡Viva la muerte!”, pero nadie le sigue.

Por lo demás, gente normal, heterogénea, gente feliz, nada raro. A excepción, quizá, de que todos se pongan en pie a aplaudir cuando Abascal habla del derecho a tener armas en casa para defendernos de los ladrones si vienen a robarnos. Esto que desata el fervor común de casi 4.000 personas no casa mucho con las estadísticas de criminalidad en Sevilla. En fin, también a los mítines de Pedro Sánchez y Pablo Casado asisten los ya convencidos, y también aplauden por cosas muy raras. Al socialista, los vecinos de Dos Hermanas le vitorearon cuando criticaba el procés catalán y a Puigdemont, que ni siquiera pronuncian igual allí que aquí. Por eso esto puede pasar por normal, porque los seguidores de Vox también aplauden enérgicos cuando Abascal promete acabar con un problema que, según datos oficiales, no existe. Normal todo. Espera: Una chica joven con una camiseta de los Rolling Stones. ¿De dónde vienes? “Portugal. Soy periodista”. Cubriendo el mitin, periodistas de Japón, de Alemania, de Dinamarca, de Francia y Reino Unido.

¿Cómo son los teloneros de Abascal? Firmes, contundentes, con un discurso aprendido o leído, algunos exhortan al entusiasmo, otros tienen un lenguaje belicista durísimo. “La guerra sólo termina cuando nuestro presidente cruce la puerta de la Moncloa (…) Defendamos la unidad de España hasta sus últimas consecuencias”, grita Tomás Fernández Ríos, número uno de Vox por Huelva. El aspirante a diputado no necesita micrófono para que se le oiga, porque se rompe el pecho en cada grito. Ahora comparte con el público “la arenga que usamos en la organización”. “Lo que me decía mi abuelo: ¡paso corto, vista larga y mucha mala leche!”.

Sube al escenario Reyes Romero Vilches, número uno de Vox al Congreso por Sevilla, con chaqueta roja, y cambia el tono duro de su compañero. Lo primero que dice es esto: “Vaya panda de fachas que nos hemos juntado esta tarde en Sevilla, a pesar de las alertas meteorológicas y antifascistas”. Risas, aplausos. Desde la undécima fila de butacas, no se percibe si lo dice irónicamente o literalmente.

De telonero estrella, Agustín Rosety, ex general de la brigada de la infantería de la Marina en la reserva. “La patria está en peligro”, grita. La gente se pone en pie, desatada, eufórica, y aplaude a rabiar en cuanto recuerda sus “40 años en la Infantería de Marina”. “¡Adelante mi almirante!”, se oye al fondo del auditorio. “¡Puigdemont a prisión!”, grita el público a coro. Rosety tiene tirón en el escenario, sabe alternar soflamas contra “la izquierda progre en casas de lujo”, con ironía fina: “Hemos estado con los pescadores de Barbate y no nos han preguntado por el heteropatriarcado capitalista”, dice.

Rosety hace por ridiculizar las preocupaciones de la izquierda, como “las mascotas y el nombre de las calles”, dice, denostando las reivindicaciones animalistas y la Ley de Memoria Histórica. Y carga contra los inmigrantes “cuyo único mérito es haber entrado ilegalmente en nuestro país”. El ex general habla de la Guardia Civil, de los soldados, del presupuesto de Defensa “hasta alcanzar una capacidad que permita garantizar la seguridad del país”. “¡Gibraltar español, Gibraltar español!”, grita el público, ondeando banderas con el logo de la Guardia Civil.

Hora y media dura el acto, casi un capítulo final de Juego de Tronos, y también aquí la gente parece haberse quedado con ganas de más. Todo termina con el himno de España que suena, a tope, dos veces seguidas. Próximo capítulo el domingo en las urnas.

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