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Burros en Santorini: la esclavitud del siglo XXI

Burros refugiados en el santuario Wings of Heart

Aritz Toribio

Es bien sabido que cuando llega el verano el maltrato animal aflora aún más. Son muchos los animales que se abandonan por haber sido una cosa temporal con fecha de caducidad, y muchos otros los que empiezan a sufrir el trabajo en su lomo.

En esta ocasión, quiero hablar de una tradición que por brutal que parezca tiene el apoyo de todas las instituciones. Esta tradición se ha convertido en un símbolo para su tierra. Estoy hablando de los burros en la isla griega de Santorini.

La bella Santorini se encuentra en el sur de las Cícladas y está llena de ciudades que se alzan en lo más alto de sus enormes acantilados. Tierra de volcanes y de iglesias con cúpulas azules. Todo parece perfecto hasta que llegas a la isla en crucero.

Santorini es la joya de la corona griega, llena de preciosas calles, casas, iglesias y ciudades. Por sus calles flota el lujo por todos los costados, pero también flota el olor a excrementos de burro.

La capital de Santorini es la ciudad de Fira, situada a unos 206 metros sobre el nivel del mar. Los barcos llegan hasta el pequeño y antiguo puerto de la capital, y una vez que llegas obligado estás a subir a la ciudad.

Tres opciones tienen los turistas para subir a lo alto del acantilado y deleitarse con las vistas de la isla encantada. La primera opción es subir en un teleférico que tiene un valor de 6 euros, y tarda poco más de 30 segundos en subir. La segunda opción es subir andando la friolera de 588 escalones, y por último nos encontramos con el atractivo turístico de la isla y su imagen, que son los burros.

El bullicio de la gente y de los dueños de los burros empieza a desconcertar, por el puerto se escucha “donkey, donkey, donkey” y la gente comienza a preguntar. Si eres bueno regateando y no hay mucha gente te hacen precio para que comiences la andadura de ver sufrir a un animal.

Una vergüenza

El viaje comienza cuando se junta un grupo. Los burros están todos esperando la batalla de cada día. Da igual el peso que tengas y cómo sea el burro, porque ellos tienen que subir de alguna manera. Una vez comenzado el viaje, los animales empiezan a subir escalones con las personas montadas (alguna vez dos personas).

Desagradable es tanto la subida como la bajada al puerto, en la que te encuentras a los laterales de sus grandes escalones los excrementos de los animales que se han ido depositando durante toda la temporada estival.

Hay una lucha por el espacio vital, entre la gente que decide realizar su caminata a pie y los burros que suben y bajan, debiendo muchas veces apartar a los burros con tus propias manos para que no te lleven por delante, ya que obligan a subir y bajar.

Una desgracia, una vergüenza, una inhumanidad. No estamos hablando de animales que realizan determinados trabajos para el humano que tienen por dueño, sino que estamos presentes ante la explotación laboral animal del siglo XXI.

La culpa no sólo la tienen los explotadores. Una gran responsabilidad moral y ética recae sobre todas aquellas personas que utilizan a estos animales para transportarse en esas condiciones.

La educación es la clave de una sociedad justa en la que podamos convivir con respeto todos los seres vivos.

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