Fascistas que dan lecciones a palos
Agosto aún no ha acabado y, quienes hemos disfrutado de vacaciones, aún tenemos en la piel el bienestar de la playa, la montaña, las risas y charlas, con amistades y familia. Volvemos a las ciudades, al trabajo, en coches, trenes, autobuses… con el propósito de alargar la paz mental del descanso y la reconexión con el ritmo del veraneo. Que dure la sensación de pecho amplio, expandido, del corazón latiendo lento, calmado, sin las prisas ni la irritación que durante el curso nos acaban arrastrando.
El mundo ha seguido girando, claro, mientras nos extasiábamos con el eclipse total de sol y el parcial de luna. Desastres naturales o guerras no han “cerrado por vacaciones” y, por más desconexión que se haya conquistado, como derecho legítimo, como necesidad terapéutica, por salud, mental y hasta física, nos han aguijoneado las noticias de incendios como el devastador, y no tan en el foco como otros, de Niebla (Huelva), los terremotos, sin víctimas en Granada y mortífero en Colombia, la letal riada entre Nepal y Tibet…
Y junto a ello el sufrimiento posterior al cruce, el 30 de julio, de 70.000 inmigrantes de Marruecos a Ceuta, con tantas vidas ahogadas, tanta hambre, sed, abandono, desesperanza y desamparo de menores y adultos, marroquíes y subsaharianos, sin la asistencia necesaria. También de vecinas y vecinos ceutíes, que intentan actuar de la mejor manera pero precisan, exigen y merecen una actuación más decidida, eficaz y equitativa de las administraciones públicas.
Mente fría, nervios de acero
Voy a decir algo políticamente incorrecto; impopular seguro: siento de verdad, sinceramente, que ni el verano, ni agosto, al menos, hayan dado tregua a nuestros políticos y gobernantes para que ellos también descansen. Lo siento humanamente, pero también porque el sobresalto continuo aboca a la pérdida de nervios y perspectiva. Todo apunta a que el curso será exigente y conviene, para que gestionen y defiendan lo mejor posible el interés de la mayoría, que mantengan los nervios de acero y la mente fría.
Pero, aún con gran parte de los funcionarios veraneando, quienes nos representan y lideran tienen la obligación de resolver, con la organización y turnos que mejor entiendan, los problemas que surgen. Como la situación de las 5.000 personas llegadas a Ceuta, como inmigrantes y solicitantes de asilo, que siguen allí y la de los 84.000 ceutíes que, un mes después, continúan con su vida cotidiana alterada y son campo abonado para que arraigue el rechazo al extranjero de los propagadores de odio.
Que sea complejo gestionar la situación de los miles de inmigrantes que siguen en Ceuta no quita para que el gobierno central y los autonómicos reaccionen ya para normalizar la vida en la ciudad y frenar la violencia racista.
No hay que esperar a que se líe. Ya se ha liado. Pese a las ejemplares y emocionantes manifestaciones de final de julio en que ceutíes cristianos, musulmanes, hindúes y judíos plantaron cara y pararon los pies al racismo facha al grito de “¡Esto es Ceuta, no es Torre Pacheco!”, estos días ya se han producido en la ciudad autónoma estampidas violentas contra inmigrantes, periodistas -como mi querido compañero Juanjo Cuéllar, a quien mando un abrazo solidario-, contra defensores de derechos humanos y gente musulmana.
Urge ponerles freno, con la acción decidida de las fuerzas de seguridad y la justicia. Pero también repartir ya a los recién llegados entre todas las autonomías. Con el doble objetivo de darles la buena atención que merecen y de lograr que Ceuta, con el espacio y los recursos tan limitados, recobre su dimensión.
Ley frente a matones sueltos
Este curso de nuevo -otro año más desde hace una década-, la ultraderecha global va a seguir intentando tumbar nuestra convivencia democrática, con el ariete del odio al extranjero, al inmigrante trabajador y sureño. Ese que éramos nosotros, los españoles, en un pasado que, como he vuelto a ver este agosto, en el interesantísimo Archivo de Indianos-Museo de la Emigración de Colombres (Asturias), jamás debemos olvidar.
Por desgracia, tenemos, ya estos días, a amedrentadores “apatrullando las calles”, en Valencia sin ir más lejos, en brigadas autodenóminadas “Ángeles de la noche”, de tíos grandes y malencarados, que blanden porras y claman contra personas en el paseo marítimo por verles pintas de marroquí, de musulmán, de “otro” al que, según se oye en vídeos de redes sociales, “hay que enseñarles modales”.
¿Enseñarles a palos? ¿A hostias? ¿Por vía violenta? ¿Con qué autoridad actúan estas cuadrillas? ¿Con qué estatutos, normas, objetivos? Si no les gusta mi pinta, o la tuya, o la de nuestros hijos, por izquierdosos, por melenas, alternatas, ¿también podrán impunemente “enseñarnos modales” con las porras en nuestras caras? ¿Es legal? ¿Y al contrario, lo sería organizarnos en patrullas de izquierdistas a confrontar con ellos?
Brigadas de amedrentadores patrullan, hoy día, paseos como el de Valencia, blandiendo porras contra quienes, por su aspecto, les parecen inmigrantes. Igual que podrían hacerlo contra la gente con pinta de izquierdista. Acciones violentas y prejuiciosas de los que la Policía y la Fiscalía deben protegernos ya a la mayoría pacífica.
¿A dónde nos llevaría esa escalada que el fascismo intenta provocar de amenazas verbales y violencias físicas de intensidad creciente? Desde luego no a ese propósito de vida serena que tanto bien nos hace, que nuestros cuerpos nos susurran, insistentes y sabios, que necesitamos. Una convivencia sana, entre diferentes, que nos conviene como individuos, también a nuestras familias y países, e incluso como especie y para la sostenibilidad global.
El respeto, la educación, el diálogo, la templanza… Avances de una evolución humana, que justo el fascismo pisotea, mancilla, busca destruir para imponer el dominio salvaje. Que actúen sobre los violentos la ley y la justicia. El Ministerio del Interior, como reclama Podemos, y la Fiscalía, que aún lo sopesa. No permitamos a los ultra agresivos perjudicarnos tanto a la mayoría pacífica.
0