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Puaj, ¡palomas!

Palomas.

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Qué asco dan las palomas, esas ratas con alas, a las que hay que tolerar pero que por mí las echaba a todas. ¿Quiénes se creen que son? Paseándose por donde quieren, ni que tuvieran derecho a hacerlo, les estamos haciendo creer que lo tienen.

Entiéndeme, ensucian y traen enfermedades. Y no es que se estén quietas: lo mismo te las encuentras en un parque que en la playa, siempre ahí, siendo visibles. Si tratamos a las palomas como seres vivos, vendrán más, aunque no lo quieran llamar invasión. Para colmo hay quienes piensan que tienen derechos. ¡El colmo!

No es culpa de ellas que vengan con enfermedades. Vienen del Sur Global y todo el mundo sabe que lo único que traen de allí sólo es eso. Y recursos materiales, que sí son útiles, no como ellas, que ya son demasiadas y, si las veo en la calle, no sé cuál es española y cuál no. Malditas palomas. Ay, no me mires así, que ya no se puede decir nada. Ya sabes que España no tiene ningún problema con las palomas, ¿has visto las pasiones que despierta la Blanca Paloma en Almonte? ¿O cómo son una representación de nuestra tolerancia y apertura a tener “otras culturas” ?

Es que ya no se puede decir nada sobre las palomas, aunque la realidad es más cruda. Esto no va de palomas, ni de ser valientes para defender la supremacía blanca, sino de algo más inquietante casi: el quiebre de la empatía. No puedes empatizar con quien se es incapaz de mirar a los ojos, como ocurre con las palomas pues, si consideras que no es un ser vivo sintiente, todo mal que le ocurra es justificable. Por eso es necesario deshumanizarlos llamándoles invasores, o dejándoles más de 45 días en las calles con una comida al día. Ojalá sólo habláramos de palomas.

Es más, hay que ser más valiente como hizo Laura Garófano en El Español, tratando la noticia de la muerte de un niño diabético por hipoglucemia llamándolo “la muerte de un invasor”, no de una persona menor de edad. Seguro que nadie leyó ese titular y lo celebró. Seguro que no.

Una comida al día, si llega, porque defender la patria es negar una sola comida al día, con una sentada o acosando a trabajadoras y voluntarias de entidades en el terreno. Acoso no sólo por parte de manidos y engrandecidos grupos fascistas, sino por parte de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. ¿Ya han dado la orden de cazar? ¿O lo que querían era otra masacre como la de Melilla? 140 muertes en Ceuta no son suficientes.

La patria es invocada una vez más como arma, contra el otro que no encaja en la idea de España cristiana y blanca, como contra quien cuenta lo que está pasando. Porque lo que vemos en Ceuta no se queda en Ceuta, sino que se está replicando en la península, y se hará evidente ahora que las aulas vuelven a estar llenas de quienes serán consideradas sospechosos de ser invasores

Hay muchas maneras de desvivir a alguien o algo, pero la primera es negarle su condición de ser; es así como decimos que se opera bajo una necropolítica de frontera, que decide quién merece vivir, quién debe morir y a quién se abandona a la intemperie institucional. Frantz Fanon ya nos advirtió de que al colonizado se le reduce a la categoría de cosa para justificar la violencia estructural, naturalizando así que el cuerpo racializado sea gestionado como mero desecho.

Y hasta aquí no se llega de la nada. Ocurre cuando se insiste en sacar lo racial de la ecuación para excusarse en lo multicultural, disfrazándolo de una supuesta convivencia de religiones y etnias, a pesar de que los barrios más marginados tengan una composición racial más que evidente. Aunque lo que verdaderamente les de miedo es que los llamen guetos, no que operen como tales.

La patria es invocada una vez más como arma, contra el otro que no encaja en la idea de España cristiana y blanca, como contra quien cuenta lo que está pasando. Porque lo que vemos en Ceuta no se queda en Ceuta, sino que se está replicando en la península, y se hará evidente ahora que las aulas vuelven a estar llenas de quienes serán consideradas sospechosos de ser invasores.

En sociedades cada vez más instaladas en el bushismo (o conmigo o contra mí), brutalistas y con menos capacidad crítica, la respuesta del gobierno genera un punto de no retorno para el que no estamos preparados.

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