Me has visto las tetas y no te acuerdas
¿Te has dado cuenta? Ha sido algo sutil, año tras año, se sentían las playas no sólo llenas de turistas que se creen que tienen más derecho a estar ahí que la población local; sino menos pechos al descubierto, incluso pechos que no son pechos. Quizás era yo, o cosa de mi familia, pero recuerdo que los días de playa de mi infancia mis pechos no eran cubiertos hasta que la maldita pubertad llegó y con ella la incomodidad. No es que mi familia fuera de playas naturistas, sino que con cinco años no tenía nada que tapar, al fin y al cabo, sólo tenía un pezón que apenas se distinguía del de mi primo Jose.
Por eso, esos pechos infantiles que son cubiertos e incluso, para evitar a las niñas complejos (o adultificarlas), vienen con tops del bikini o del bañador con relleno. Esto ciertamente no es algo casual, ni desconectado a primera vista de por qué se ven cada vez más mujeres con la parte de arriba cubierta.
Y sí, cada una es libre de cubrir o no la parte del cuerpo que quiera, ¿pero qué libertad hay en la coacción? Al final, una no se descubre esa parte con tal de no acabar siendo grabada por una cámara de un móvil tunante, o una de las cada vez más sonadas gafas de inteligencia artificial.
Cada vez es más barato fiscalizar al otro desde la sombra. No hacen falta cámaras en cada esquina, ni sacar el móvil, ahora la cámara somos tú y yo. Sin embargo, cabe preguntarse para qué querría nadie ir a la playa a grabar a una chica solo porque el cuerpo de las mujeres esté sexualizado por ser mujeres, cuando ya de por sí hasta niños de 14 años están desnudando a sus compañeras de clase con IA generativa.
No es de extrañar entonces que nos encontremos en España con que el 73% de las mujeres usuarias de internet han sufrido alguna forma de violencia digital, y tan sólo en 2024 el servicio 017 (INCIBE) recibió más de 98.500 consultas sobre acoso, suplantación o difusión no consentida.
Por otro lado, Save The Children, en su informe “Redes que atrapan” (2025), ya señalaba cómo la inteligencia artificial se está incorporando a dinámicas ya existentes de violencia sexual digital que afectan a la infancia y a la adolescencia. En contraste, resulta llamativo que cerca del 70% de los y las jóvenes no señalara como un riesgo percibido durante su infancia la manipulación de fotos o vídeos mediante inteligencia artificial.
La violencia digital contra las mujeres no es ninguna novedad, ya en 1993 se hablaba de ella en la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer aprobada por la Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas 48/104, pero sin dimensionar qué herramientas la iban a ejecutar ni de qué forma. Aunque esta violencia es más digerible si las herramientas para participar de ella son vendidas con la voz y cara de Kylie Jenner como algo aspiracional.
Mientras no paran de decir que la IA es el progreso, esas mismas empresas que permiten esos contenidos y sesgan otros, instalan sus centros de datos donde replican la misma lógica de extraer y apropiarse del cuerpo de las mujeres sin consentimiento: las grandes corporaciones se sienten con el derecho de extraer los recursos (agua, energía, tranquilidad) de los territorios vulnerables.
La IA es un problema, eso ya lo sabemos, pero sólo está agudizando un fenómeno que existía (y persiste) en nuestro mundo de carne y hueso: la cultura de la violación
La IA es un problema, eso ya lo sabemos, pero sólo está agudizando un fenómeno que existía (y persiste) en nuestro mundo de carne y hueso: la cultura de la violación. Algo que se ve agudizado en el fetiche hacia los cuerpos racializados, por ejemplo, hace poco se ha podido observar en el caso del ‘streamer’ español Aruberuto Makoto, quien en Japón acosó sexualmente a una mujer japonesa borracha, aunque según él que dijera “¿Te la quieres follar? Esta es gratis” está sacado de contexto, y todo es una broma. Qué risas, ¿no?
La cuestión ya no es tener un “cuerpo de verano”, sea lo que sea eso, sino no poder decidir sobre el propio cuerpo. Taparnos la parte de arriba en la playa no es una cuestión de pudor generacional o moda, sino síntoma de una retirada forzada. En la sociedad de la sospecha, la espontaneidad y la naturalidad mueren porque nunca sabes quién te está mirando, aun cuando lo termines pagando con tu propia libertad.
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