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El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cuenta con 23 institutos/centros de investigación, propios o mixtos, en Andalucía. En este espacio de divulgación, las opiniones de los autores expresadas en este blog son de exclusiva responsabilidad de los mismos.

La sociedad del futuro o el futuro de la sociedad

Un profesional sanitario realiza su trabajo con enfermos de la COVID -19 en la UCI del hospital del Mar de Barcelona

Jorge Ruiz / Jorge Ruiz

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Cada vez parece más claro que el coronavirus y sus consecuencias van a suponer un cambio social radical, un cambio de época dicen algunos, un cambio de paradigma los más finos. Una de las consecuencias más directas es el deterioro de la sociabilidad que, a largo plazo, tendrá importantes consecuencias también sobre la solidaridad y la confianza social. En un artículo que escribí a los pocos días de declararse el estado de emergencia y el confinamiento obligatorio en España abordo esta importante y emergente cuestión (*). El deterioro del espacio social debido a su vaciamiento y a la distancia social prescrita, la ruptura de rituales sociales básicos, o la desconfianza mutua generalizada son algunas de estas consecuencias negativas para la vida social.

Otra consecuencia parece ser el aumento del autoritarismo en sus diversas formas, sus diversos niveles y sus diversas manifestaciones. El poder excepcional concedido a los gobiernos para “luchar” contra la pandemia, la restricción de las libertadas asumida sin apenas rechistar por las sociedades (confinamiento, geolocalización, formas incipientes y sutiles de censura gubernamental…), o las medidas punitivas a los discrepantes o heterodoxos son algunas de las estas consecuencias autoritarias que se comienzan a manifestar y que se perfilan como perdurables en el futuro.

Hay una tercera consecuencia que es quizás menos clara o más difusa pero no por ello menos grave y preocupante. Me refiero a la vulnerabilidad personal y la fragilidad estructural que va a caracterizar a nuestras sociedades en el futuro. Sin duda esta experiencia de vulnerabilidad personal está relacionada directamente con la sumisión al poder, ya que nos sitúa en una posición de indefensión ineludible y de necesidad de salvación. Desde que fuera formulado a mediados de los años 80 por Ulrich Beck, el concepto de sociedad del riesgo hace referencia a una sociedad presidida por la incertidumbre: la seguridad pasaba a ser relativa, pero el riesgo era controlable, gestionable, hasta cierto punto predecible. Desde hace décadas nuestras sociedades experimentan un aumento paulatino de la inseguridad y el riesgo. El 11S o el crack económico del 2008 nos comenzaba a situar en otro escenario mucho más desasosegante. No se trataba ya de un riesgo gestionable, predecible hasta cierto punto, sino de acontecimientos que desbordan el sistema, que lo ponen contra las cuerdas. No es sólo que aumente nuestra sensación de inseguridad generalizada y con ella la desconfianza recíproca. Además, es que se cuestiona de raíz nuestra capacidad de control. Ya no se trata de riesgos controlables sino de acontecimientos intempestivos e impredecibles ante los que nos encontramos indefensos.

Formas autoritarias

En una situación como esta, la sociedad se debilita y el poder tiende a ocupar sus espacios bajo formas autoritarias con la promesa de salvarnos. La pandemia del coronavirus supone, en este sentido, una vuelta de tuerca más en esta tendencia peligrosa a la disolución social y al poder descontrolado. Y parece ser un ahondamiento especialmente grave y peligroso. Y lo es porque es especialmente incontestable y especialmente ineludible.

La sumisión absoluta, la supresión de toda posibilidad de discrepancia o disidencia en pos de la recuperación de la seguridad perdida, vienen en este caso de la mano de la medicina y de la ciencia en un sentido más amplio. Sería una forma del poder pastoral que definió Michel Foucault, primero ejercida por la Iglesia en solitario, después en colaboración con el Estado y ahora por el Estado en colaboración con la medicina y otras ciencias. Una forma de poder pastoral de nuevo cuño, potenciada, sofisticada y adaptada a las circunstancias actuales. Un poder que nos exige obediencia absoluta, rebaño, para salvarnos, que nos impone penitencias por nuestros “pecados” y que nos castiga si nos rebelamos con la expulsión del rebaño como heterodoxos. Para salvarnos debemos ser obedientes, pero no como una medida transitoria, sino como un mecanismo permanente: una vez salvados la obediencia debida y la disciplina se quedará instalada en nuestra sociedad como un precepto imperceptible bajo la forma de la amenaza difusa de una “recaída” o de un nuevo peligro impredecible e indescifrable. En definitiva, una forma de poder pastoral especialmente efectiva y especialmente inquietante.

La sociedad líquida que teorizó Zygmunt Bauman parece que ha sido muy efímera: una sociedad en la que la disolución de las seguridades sociales venía acompañada y compensada por el aumento de las oportunidades y las movilidades. Esta sociedad líquida se muestra ahora extremadamente frágil. Más que líquida y adaptable, la sociedad futura parece de cristal, quebradiza, sometida a la constante amenaza de una rotura más o menos incontrolable.

La medicina disciplinaria

La medicina y la ciencia como mecanismo de restitución de las seguridades perdidas se muestran en este contexto como la única solución posible, la única salvación, la única salida incontestable a nuestros problemas.  Sólo la ciencia médica nos puede aliviar, con tratamientos, y nos puede salvar, con vacunas, cuidados y respiradores. Fuera de la medicina y la epidemiología sólo hay muerte y condena. La adopción de un lenguaje bélico para referirse a las soluciones médicas, la batalla contra el virus, es sintomática: en la guerra toda disidencia es considerada traición y penada duramente en consecuencia.

La medicina ya disciplinaba antes de la pandemia de manera imperceptible nuestros hábitos más íntimos desde nuestra alimentación a nuestra sexualidad. El miedo a la muerte y la promesa de salvación como mecanismos sofisticados de activación de la obediencia complaciente. Con el coronavirus y su gestión se ha visto la capacidad de la medicina para disciplinar también los ámbitos públicos: se nos hace renunciar a los espacios comunes y a casi cualquier forma de sociabilidad, se impone una ausencia de actividad que acatamos pese a las carencias materiales que nos supone, se proyecta en el futuro disciplinas estrictas de sociabilidad bajo la amenaza constante o permanente del contagio. La medicina prometía salvarnos de la muerte física, individual, pero paradójicamente para ello nos exige una renuncia colectiva, social. Para salvarnos de la muerte física nos prescribe la casi renuncia transitoria a la vida social, y una vida social limitada permanente. Prometía hacernos invulnerables físicamente, pero nos ha hecho mucho más vulnerables socialmente.

Nos enfrentamos a un enemigo invisible, indetectable y omnipresente. Por un lado, es un enemigo microscópico; por otro lado, los contagios por asintomáticos nos obligan a una alerta continua, a enfrentar una amenaza constante. No hay manera de localizar el peligro y por lo tanto no hay manera de defenderse de él más que con un aislamiento total. Sin duda esta amenaza radical será transitoria, pero en cambio una amenaza difusa se instala en la sociedad. No es que puntualmente se nos pida un sacrificio para superar una dificultad: esta pandemia instala en la sociedad un resorte de poder automático y absoluto para disciplinar las sociedades, hacernos renunciar a nuestros derechos y condenar sin paliativos a cualquier tipo de disidencia. Una sociedad de cristal que nos impone de manera imperceptible una disciplina autocontenida para no romper los frágiles y profilácticamente distantes lazos en las que se sustenta. Y esto es tan peligroso como el propio coronavirus, si no mucho más.

Imaginación sociológica

Las consecuencias de la pandemia de coronavirus son muy duras en cuanto a las muertes que está provocando y que previsiblemente seguirá provocando en un futuro cercano. Pero a ello hay que unir las consecuencias económicas (ruina y crisis de dimensiones difícilmente previsibles) y las consecuencias sociopolíticas (aumento del autoritarismo y la disciplina de una sociedad cada vez más frágil y vulnerable). Unas consecuencias que amenazan con ser más profundas y permanentes que las ya de por sí terribles de una grave epidemia.

Cuando los epidemiólogos utilizan modelos matemáticos y no sociológicos está claro en qué tipo de sociedad están pensando y qué tipo de sociedad proyectan. Si queremos enfrentar los graves problemas y los preocupantes peligros que la pandemia del coronavirus plantea a nuestras sociedades, debemos contar también con la dimensión creativa de lo que hace ya más de 50 años C.W. Mills definió como imaginación sociológica.

(*) “Home confinement and social space deterioration. Quasi-ethnographic notes from Córdoba”. En prensa

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Publicado el
16 de abril de 2020 - 21:00 h

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