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El sorprendente debut como novelista de Mayte Gómez Molina: “No puedo imaginar un mundo sin historias”

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Alejandro Luque

31 de marzo de 2026 06:00 h

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Todo empieza con algo tan sencillo como el primer premio en un concurso de dibujo en el cole. El galardón consiste en un maletín de rotuladores que va a convertirse en una obligación y una responsabilidad. Por eso, cuando la ganadora, Anna, crece y recibe la llamada de la galerista más importante del país, se abre un abismo bajo sus pies. Así arranca La boca llena de trigo (Anagrama), el sorprendente debut como novelista de Mayte Gómez Molina, conocida hasta ahora como poeta y artista multidisciplinar.

Granadina de 1993 y recriada en Madrid, Gómez Molina confiesa que “hay gente muy precoz escribiendo, pero yo no lo fui. Siempre quise escribir una novela, pero me daba mucho miedo y tampoco tenía el tiempo necesario… ni quizá el arrojo. No es que la poesía no necesite tiempo o espacio, pero es distinta. La llevas en el cuerpo como una canción, se va enhebrando poco a poco. Es como un encaje de bolillos que puedes retomar: lo dejas y sabes por dónde seguir. En cambio, la novela te exige más continuidad. Si tú no entras en ese mundo, el lector tampoco entra. Pero sí, era lo que más me había apetecido siempre. He dado un rodeo grande, y también muy alegre, para llegar hasta aquí”.

Como suele suceder, la autora encontró la concentración necesaria para abordar este proyecto mientras se incorporaba a un nuevo trabajo en Basilea, Suiza. “Me dije: ‘Tengo dos meses para escribir’. Y lo hice. Era una situación peculiar: tenía la tranquilidad de saber que había un sustento esperándome, algo que no es tan común en España. Aquí, en Suiza, incluso llaman a estar en paro estar entre trabajos”, asegura. “Estaba muy cansada, venía de un burnout fuerte, pero pensé: ‘Este es el tiempo que tengo’. Me impuse una especie de media jornada conmigo misma, siendo mi propia jefa —una jefa bastante amable, por suerte—. Y así pude escribir la novela, gracias también a esa paz de estar entre trabajos”.

Entender el mundo

El paso de la poesía (Gómez Molina fue Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández 2023 por su obra Los trabajos sin Hércules) a la novela no ha sido demasiado forzado. “Hay algo que se conserva: la imagen. Yo entiendo la poesía como algo muy visual, como fotogramas. Eso se mantiene. Pero en poesía hay que ser muy certero, como lanzar una flecha: hay una precisión casi científica, aunque sea algo abstracto. En la novela no tanto, pero aparece otro peligro: aburrir. Tienes más espacio para equivocarte, pero también más espacio para perder al lector. Eso genera una tensión distinta. Aun así, la narración me permite desarrollar ideas de forma más pausada, con un recorrido más largo”.

Por otro lado, aunque la granadina ha trabajado la expansión de la literatura a formatos digitales a través del cine, el 3D y la realidad virtual, considera que “la palabra es la tecnología más perfecta. Recuerdo una cita de Leonardo da Vinci que decía que el alfabeto es la tecnología más avanzada. Con unas pocas letras puedes escribir obras como Don Quijote, Madame Bovary o Crimen y castigo. Es increíble. Hace poco estaba leyendo a Vladímir Propp, que en La morfología del cuento analiza las estructuras de los relatos. Muchas historias repiten patrones. Quizá no contamos cosas tan nuevas como creemos. Narramos para entender el mundo. Esa oralidad sigue ahí, no puedo imaginar un mundo sin historias”.

Entre los muchos aspectos que aborda 'La boca llena de trigo', el hándicap de ser mujer en la creación artística está presente, “pero también para muchas personas que han vivido en los márgenes”, subraya Gómez Molina. “Hay una inseguridad mayor en general. Existe una especie de actitud más masculina en el mundo del arte: ‘yo merezco esto, yo soy el mejor’. No hablo de la seguridad sana, sino de cierta arrogancia. Las personas que no han sido socializadas para sentir que ese lugar les pertenece suelen reaccionar con más duda. Y esa duda, aunque a veces pese, también puede ser fértil. Te mantiene creando y con los pies en la tierra. Además, hay una mitología del artista-genio que no me interesa nada. La inspiración existe, pero también hay trabajo diario, constancia”.

Categoría de sí misma

Luego está la relación entre la obra y el mercado. “El éxito depende en parte del mérito y en parte del mercado. Yo uso el mundo del arte en la novela porque muestra muy bien cómo algo íntimo entra de repente en una lógica económica. Vivimos en una cultura muy cuantificada: puntuaciones, estrellas… y eso simplifica mucho. Hay obras que no se pueden reducir a eso. Por ejemplo, Franz Kafka murió sin reconocimiento, pensando que era un fracaso, y hoy es fundamental. El valor cambia con el tiempo”.

La escritora también se refiere a la eterna sospecha que pesa sobre el arte contemporáneo, la diferencia entre obra valiosa y camelo, en estos términos: “Hay elitismo, pero también una reacción defensiva del público. Hace falta mediación, educación. No todo es evidente a primera vista. Yo enseñaría más historia del arte y de la imagen. Especialmente ahora, con la inteligencia artificial, necesitamos aprender a leer imágenes. Es una cuestión casi ciudadana”.

Pero sobre todo prevalece la idea de éxito, eso que todo el mundo ambiciona, pero que también puede convertirse en una maldición. “Depende de cómo lo entiendas. Para mí, estar tranquila en casa leyendo un sábado ya es éxito”, sonríe. “Pero el éxito masivo, como el de Rosalía, debe de ser muy complicado. Te conviertes en una categoría de ti misma. Hay expectativas constantes. También genera presión creativa: tienes que superarte continuamente. Eso puede ser una cárcel”.

De momento, un éxito indiscutible para Gómez Molina es haber podido culminar su ópera prima como narradora de largo aliento. “Para mí ha sido como cumplir un sueño de infancia. Me ha dado una seguridad muy bonita, y también espacio para seguir aprendiendo”, asegura. “Ya tengo ideas, pero con calma. Ahora toca disfrutar también de compartir lo que ya está hecho”.

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