Antonio de la Torre encarna en el teatro a quienes miran hacia otro lado ante el horror

Antonio de la Torre, María Morales y Juan Carlos Villanueva

Alejandro Luque


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Más acostumbrados a ver a Antonio de la Torre en la gran pantalla, los espectadores tendrán la oportunidad de ver al actor malagueño del 27 al 30 de este mes de enero en su faceta teatral, sobre las tablas del Lope de Vega. Lo hará de la mano de otro hombre de cine y también andaluz, el almeriense Manuel Martín Cuenca, quien asume la dirección de Un hombre de paso, obra original de Felipe Vega cuyo estreno absoluto acoge el coliseo sevillano.

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¿Qué podemos recordar y por qué lo hacemos? ¿Qué somos capaces de negar e imaginar? ¿Qué queremos recordar y para qué? Son algunas de las preguntas que, a partir de la memoria del Holocausto judío, plantea este montaje cuyo reparto se completa con María Morales – nominada a los Goya en 2014 por Todas las mujeres– y Juan Carlos Villanueva –La Isla Mínima, El Niño–, también andaluces y que ya han trabajado con anterioridad en películas de Martín Cuenca.  

“Antonio y yo habíamos hablado mucho de hacer algo juntos en teatro”, recuerda el director, quien se reconoce ilusionado y aterrado a partes iguales ante el reto del estreno. “Felipe, un viejo maestro mío al que admiro muchísimo, estaba escribiendo un texto basado en un documental de Claude Lanzmann sobre un tema que a los dos nos interesa mucho, y le apetecía que lo dirigiera yo. Tras una primera reunión durante la pandemia, en el momento en que estábamos encerrados, trabajamos en un proyecto sobre la presencialidad”.

Un testigo sospechoso

Ambientada en 1984, la historia de Un hombre de paso se desarrolla en el bar del hotel Roma, en la ciudad de Turín. Claude, de 30 años, habla por teléfono. Por su conversación, nerviosa, irritada incluso, nos enteramos de que se trata de un periodista francés. Nada más colgar el teléfono, de entre las sombras surge un hombre menudo. Es Primo Levi, escritor, químico de profesión, y superviviente del Campo de Exterminio de Auschwitz. Levi acude como testigo a una entrevista que Claude va a mantener con Maurice Rosell, de nacionalidad suiza, antiguo miembro de la Cruz Roja Internacional durante los años en los que transcurrió la Segunda Guerra Mundial. Por puro azar, Rossel logró colarse en Auschwitz y hablar con el comandante del Campo.

La experiencia de ambos hombres es diametralmente opuesta. Uno tuvo el privilegio de poder moverse con cierta libertad; Levi, en cambio, vivió todo lo contrario: una de las situaciones más extremas y destructoras del ser humano que hayan existido jamás en nuestra Historia. La situación va cambiando poco a poco. Las preguntas de Claude comienzan a tener un cierto tono acusatorio. El periodista francés está perfectamente informado de todos los movimientos de Rossel en el Campo de Exterminio. Y el suizo da la impresión de banalizar una experiencia única. Claude irá acorralando con sus minuciosas preguntas y aclaraciones al colaborador de La Cruz Roja, quien parece no haberse enterado de mucho en sus visitas, bien intencionadas pero vacías de resultados y contenido. Ambos hombres entran en un epílogo sorpresa en el cual Levi, con su lucidez habitual, sienta las bases de una decencia moral ausente de nuestra conducta habitual.

“Sin querer destripar lo que es la función, diré que Rosell es uno de los nuestros, que Rosell soy yo”, afirma Antonio de la Torre, que ya trabajara con Martín Cuenca en El autor, Caníbal o La mitad de Óscar. “Ojalá quien vea la función entienda que las cosas horribles que sucedieron entonces pasaron porque millones de personas miraron para otro lado. Yo llevaba diez años sin hacer teatro, y una de las razones por las que he vuelto es por esto: creo que se actúa con el alma, no con la cabeza, y esto se aplica en la televisión y en el cine también. Yo se lo digo mucho a Martín Cuenca: no hay que comerse la cabeza, Manolo, no pensar solo en algo técnico, sino trabajar desde algo primario, de lo que sientes y de lo que te pasa. Este es el tipo de creación artística en la que creo. Pasión, carne, alma, incluso si me lo permites, deseo y sexo sobre el escenario”, agrega con una sonrisa.  

“Igual te va a decepcionar, pero no tengo ni la más repajolera idea”, prosigue el actor cuando se le pregunta por el método que ha seguido para meterse en la piel del personaje. “He hecho poco teatro, de modo que es un proceso que iré viviendo día a día. Pero si me oyes hablar de la palabra resultado, será que se me ha escapado”. Y concluye: “Rosell es suizo, pero te puedo dar la primicia de que no lo voy a hacer en suizo ni en alemán [risas]. Se trata, como digo, de vivir el momento. Es algo inaprensible, como el agua que se te escapa de las manos. Cada función va a ser un salto al vacío, pero es lo que queríamos, y lo que podemos garantizar”.  

Limitarse a no ver

Para Martín Cuenca, el personaje de Rossel abre “un sinfín de preguntas al espectador porque, a pesar de que él dice no haber visto nada, no podemos saber si es que realmente no vio, no quiso ver o, quizás, se limitó a no ver”. De este modo, añade, “Vega ha logrado acercarnos al terror del Holocausto desde una óptica tremendamente contemporánea en una atmósfera desnuda, tensa y sofocante, con decorado casi inexistente donde solo interviene la luz”.

El alcalde de Sevilla, Antonio Muñoz, no quiso perderse la rueda de prensa, y antes de marcharse a atender otros asuntos de la ciudad subrayó que un estreno como el de Un hombre de paso es reflejo de “la nueva filosofía del que es el gran teatro de Sevilla y referente en todo el país”. Asimismo, manifestó su satisfacción por el hecho de que “el público sevillano y quienes nos visiten tendrán la oportunidad de ver por primera vez sobre las tablas esta magnífica propuesta que es estreno absoluto y que seguirá a partir de aquí una importante gira nacional”.

Cabe recordar que, tras su estreno en el Lope de Vega, la obra emprenderá su gira nacional con una primera parada en Madrid, donde podrá verse en las Naves del Teatro Español en Matadero entre los días 3 y 20 de febrero.

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