Valmuel y Puigmoreno, pueblos de colonización que "fueron una utopía fracasada de franquismo”

Fiesta del Santo Ángel en Valmuel

El último número de la revista del Centro de Estudios Locales de Andorra aborda entre sus páginas los planes de colonización agraria que llevó a cabo el régimen franquista, a través del Instituto Nacional de Colonización (INC). La publicación se centra en los dos casos que se dieron en la provincia de Teruel, Valmuel y Puigmoreno, pero contextualiza qué fueron estos planes y cómo se llevaron a cabo.

Uno de los autores, el investigador Gustavo Alares, explica que la colonización agraria tenía entre sus objetivos reordenar el espacio agrario e incrementar la productividad del sector, además de impulsar una regeneración integral del cuerpo nacional, particularmente del campesinado. Es decir, la colonización debía transformar el paisaje y la tierra, pero también establecer un nuevo campesinado. Sin embargo, resume Alares, finalmente fue “un ejemplo de las utopías fracasadas del franquismo”.

Ya antes de la Guerra Civil, en la Segunda República se encontraron con el problema de la desigual distribución de la propiedad en el país. Había grandes propiedades y propietarios, con agricultura atrasada y poco regadío. Señala el autor que el gobierno republicano intentó entonces solventar el problema con una reforma técnica y social basada en la expropiación y redistribución de la tierra. Algo que, obviamente, no sentó bien a los grandes terratenientes.

El franquismo, desde sectores de La Falange, intentó aplicar su propia reforma agraria, con un modelo similar al del fascismo italiano de Mussolini. Querían transformar los secanos en regadío y crear nuevos pueblos de colonización, que serían como un laboratorio social. Así, se intervendría en el espacio, en las tierras y se seleccionaría nuevos colonos, que serían nuevos propietarios agrícolas, tal y como relata Alares.

Impulsados con créditos estadounidenses

El régimen de Franco estudió los primeros proyectos de los planes de colonización agraria en los años 40, pero entonces el Estado no disponía de recursos suficientes para ponerlos en práctica. Fue a partir de los 50, con los créditos estadounidenses, cuando se pudieron poner en marcha, aunque las inauguraciones no llegarían hasta finales de la década y comienzos de la siguiente.

Entonces salieron las convocatorias, con una serie de requisitos como que las familias fueran religiosas, no contaran con antecedentes políticos, estuvieran sanos y tuvieran cuantos más hijos mejor. El Instituto Nacional de Colonización quería crear “un modelo ideal” de habitantes, pero, según precisa Alares, en algunos casos hubo que repetir los procedimientos porque no había la suficiente demanda. “Hay que tener en cuenta que en aquella época la gente más débil económicamente se estaba marchando a las grandes ciudades en el proceso de emigración”, dice el autor.

Cuando las familias eran seleccionadas, y desplazadas a los nuevos pueblos, tenían que hacer frente a los costes que les imponían. En los primeros años tenían que pagar en especie. Es decir, parte de la cosecha se la quedaba el INC. Fueron unos comienzos “muy duros”, tal y como explica Alares, porque muchas de las tierras de secano dieron problemas al querer transformarlas en regadío, se encharcaban y había suelos ácidos.

Alares es claro en este sentido y quiere romper con el estigma creado por la propaganda franquista: “El dictador iba a inaugurar estos pueblos y parecía poco menos como si se los estuviera regalando”. Sin embargo, argumenta que los colonos ni siquiera tenían agua ni luz y únicamente podían tirar adelante por el sentimiento de hermanamiento y solidaridad que surgía entre unas familias que comenzaban una vida nueva en común.

En Valmuel y Puigmoreno, el INC inició su intervención en 1951, cuando la zona fue declarada de Interés Nacional y el Instituto comenzó los estudios previos para llevar a cabo la reordenación de la zona. La actuación se centró en el barranco del Regallo, una zona semiárida con tierras caracterizadas por su marcado grado de salinidad. Las inauguraciones de estas localidades llegaron a finales de los 50, aunque ya antes vivía gente allí. En Aragón hay más de 30 pueblos de colonización.

Gustavo Alares es doctor por el Instituto Universitario Europeo (Florencia, Italia) y ha sido investigador Juan de la Cierva en la Universidad de Zaragoza. Ha desarrollado estancias de investigación en la London School of Economics, la University of Wisconsin y la Universitá per Stranieri di Siena. Su actual línea de investigación analiza la cultura histórica española, centrándose en el rol desempeñado por los historiadores y sus relatos. Ha publicado diversas monografías y artículos en revistas especializadas. Su último libro es Políticas del pasado en la España franquista (1939-1964). Historia, nacionalismo y dictadura.

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Publicado el
30 de octubre de 2020 - 22:48 h

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