Macarrones con chorizo
Los viernes tenían un olor.
No era exactamente el del tomate frito ni el del chorizo al fuego. Era otra cosa. Era la casa de mi abuela.
Los viernes se comían macarrones con chorizo. Y eso, que podría parecer una anécdota doméstica sin importancia, era en realidad una forma de ordenar el mundo. Porque hay casas donde el tiempo no se mide en calendarios, sino en platos. Y en la mía, los viernes sabían a eso: a plato hondo, a pan para rebañar y a infancia sin palabras para nombrarse.
Dicen que la pasta es la quintaesencia de las nonas italianas. Que en cada ravioli hay una genealogía y en cada salsa una memoria. Yo no sé de Italia, pero sé que los macarrones con chorizo son la quintaesencia de las abuelas de aquí. De las nuestras. De las que no escribieron libros de recetas, pero levantaron familias enteras con una cuchara de madera.
Mi abuela nunca ha hablado de cuidados. Ni de “corresponsabilidad”, “sostenibilidad de la vida” o “crisis de los cuidados”. Mi abuela hacía (y hace). Y hacer era quedarse la última en la mesa. Era repetir a todo el mundo antes que a una misma. Era saber cuántos éramos sin contarnos. Era sostener.
Hay un pasaje de Como agua para chocolate en el que Tita cocina atravesada por lo que siente, y quienes comen sus platos lloran, desean, recuerdan. Siempre pienso en eso cuando recuerdo los viernes en casa de mi abuela. Porque en aquellos macarrones había algo más que comida: había lenguaje. Un idioma que no necesitaba teoría para decirlo todo.
Mi abuela pertenece a una generación de mujeres que no eligió casi nada. Que tuvo pocas oportunidades para estudiar, para viajar, para decidir quién quería ser fuera de lo que ya estaba decidido para ellas. Mujeres a las que la historia no les pidió opinión, pero sí les exigió todo lo demás.
Y, sin embargo, sostuvieron.
Sostuvieron la casa, la crianza, las enfermedades, las ausencias, los duelos que no se nombraban. Sostuvieron el tiempo de otras personas mientras el suyo quedaba en suspenso. Como escribió Idea Vilariño, “uno siempre está sólo / pero a veces”. Ellas hicieron que ese “a veces” fuera más habitable para el resto.
No hubo apenas salario. Ni cotización. No hubo reconocimiento social. Hubo afecto, sí. Pero el afecto no paga pensiones dignas, ni construye derechos, ni repara desigualdades estructurales.
Nos enseñaron que el amor lo podía todo. Pero no es verdad. El amor sostiene, pero no sustituye a la justicia.
A veces pienso en todo lo que mi abuela no pudo ser. En los libros que no leyó, en los lugares a los que no fue, en las conversaciones que nunca tuvo porque nadie le preguntó. Y al mismo tiempo pienso en todo lo que hizo y hace posible. En la vida que vino después. En la mía.
Hay un verso de Antonio Machado que dice que “se hace camino al andar”. Ellas no sólo hicieron camino: hicieron el suelo. El suelo sobre el que ahora caminamos nosotras, con más derechos, con más palabras, con más posibilidades.
Pero también con una deuda.
Porque este sistema —llamémoslo por su nombre— sigue descansando sobre una arquitectura invisible de cuidados. Un sistema reproductivo que permite que todo lo demás funcione. Que haya trabajo, producción, economía. Y ese sistema, históricamente, ha tenido rostro de mujer. De mujer mayor. De mujer migrante. De mujer sin contrato.
No sé si mi abuela sabe o no de capitalismo, pero lo sostenía cada día.
Y aquí estamos ahora, intentando poner palabras donde antes sólo hubo silencios. Intentando que aquello que se hizo por amor también se reconozca como trabajo. Intentando que las políticas públicas lleguen donde antes sólo llegaban las manos de una abuela.
Porque no basta con recordar. No basta con emocionarse. No basta con decir “qué haríamos sin ellas”.
Hay que preguntarse por qué hemos podido hacer tanto sin ellas… y a costa de ellas.
Y, aunque nuestra infancia sea la verdadera patria, mis viernes ya no son lo mismo. Ya no vuelvo del colegio en Sádaba y voy directa a casa de mi abuela. Y los macarrones con chorizo, cuando los hago yo, no saben igual. Nunca saben igual.
Pero hay algo que permanece.
Una forma de entender el cuidado no como un gesto, sino como una estructura.
Una conciencia —cada vez más clara— de que esa estructura no puede seguir siendo invisible.
Quizá escribir esto sea también una forma de devolver algo. De poner en el centro lo que siempre estuvo en los márgenes. De nombrar lo que tantas veces se dio por hecho.
De decir, con toda la belleza que permita el lenguaje, que hubo una generación de mujeres que lo dio todo… y que ahora nos toca a nosotras hacer que eso no vuelva a ocurrir en las mismas condiciones.
Que el cuidado deje de ser destino y pase a ser responsabilidad compartida.
Que los macarrones con chorizo sigan existiendo, sí.
Pero no como símbolo de renuncia, sino de elección.
Y que cuando recordemos las historias vitales de nuestras abuelas, no lo hagamos sólo desde la nostalgia. También desde la justicia.
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