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Ya que la vas a echar, échala gorda. Esa es la frase que mi padre, que no nació en Bilbao pero nació en Ejea, utiliza para plantear que si vas a lanzar una exageración, que sea grande, que en ningún caso hagas corto. Este sencillo planteamiento parece ser la base que sustenta el mandato de quien dirige la primera potencia mundial.
Con esa gestualidad de Ace Ventura que le caracteriza, Donald Trump anunciaba su plan para Gaza: que EE. UU. asuma la “propiedad” de la Franja y que se construya allí “la Riviera de Oriente Medio”, “un lugar magnífico” donde residirá “gente de todo el mundo” en una “zona extraordinaria del Mediterráneo”. Gente de todo el mundo menos de Gaza, porque a sus habitantes les conmina a abandonar su casa y marchar a otros países. Jordania, Egipto o incluso España o Irlanda son los destinos que Donald ha tenido el detalle de preseleccionar para ellos. En otras palabras: una limpieza étnica para 2,3 millones de personas tras un genocidio que acabado con la vida de más de 47.000.
Semejante barrabasada ha hecho feliz a la ultraderecha internacional y ha hecho poner el grito en el cielo a todo aquel que tiene dos dedos de frente. Siendo como es una propuesta extremadamente grave, quien mejor la ha definido es la relatora especial de la ONU sobre los Territorios Palestinos, Francesca Albanese, que decía: “Lo que propone es una absoluta tontería”. Porque si uno está proponiendo algo que contraviene ya no todas las leyes internacionales, sino además toda lógica, no merece que se abra un debate internacional, sino que alguien le diga que eso es sencillamente una tontería, un delirio de alguien que sabrá de hacerse rico pero no de política, ya no hablemos de derechos.
Las relaciones internacionales están regidas hoy en día por un conjunto de leyes que establecieron las principales potencias, entre ellas y con un papel prominente EE.UU., tras las dos guerras mundiales. Son normas pensadas, entre otras cosas, para parar las ansias megalómanas de gente como Trump, Netanyahu o Putin. Nunca estaremos a salvo de que un tirano llegue al poder, incluso democráticamente, pero nos hemos dotado de leyes suficientes para frenar sus delirios. Solo la banalización del mal de la que ya hablaba Hannah Arendt en 1963 podría neutralizarlas, no lo permitamos. El derecho internacional contempla derechos innatos, que poseemos por el mero hecho de ser, de estar en este mundo, son los Derechos Humanos y no se compran con dinero.
Los anuncios sobre geopolítica, los comerciales -con la imposición de aranceles a diestro y siniestro- o los sociales -con el desprecio por las minorías- nos dejan ver que por los próximos cuatro años EE. UU. va a ser gobernada como una gran empresa y que el presidente elegido democráticamente va a actuar como su propietario. Eso implica que hay una jerarquía, sí, pero el jefe supremo no rinde cuentas a nadie, es el amo. Cualquier norma que contradiga sus intereses será entendida como un cortapisas a sus anhelos y eso, en la cabeza de un empresario multimillonario, no cabe. Tampoco en la de sus colegas, tipos como Elon Musk que, sin ser elegido por nadie, se ha erigido como un pseudo vicepresidente con potestad para opinar e influir sobre todo, como el cierre de la mayor agencia de cooperación internacional del país, la USAID.
Esta forma de gobierno es la máxima expresión del sueño americano. Esa trayectoria desde los orígenes humildes hasta la riqueza que se vende como un logro y que se sustenta en ir pisando cabezas hasta la cima, en dejar los escrúpulos en el primer escalón y en no asomarse a la barandilla mientras se sube para no ver que tu ascenso se basa en la caída del otro. Son Donald y la plutocracia, que bien podría ser una nueva peli de Disney, ojalá, pero es, de momento, la condena que habrá de sufrir EE. UU. y el mundo hasta las próximas elecciones.
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