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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Una voz inaudita

Javier Barrio, sobre la tragedia de Urda.

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Tras producirse el accidente de Urda, y después de que bajase la intensidad de lo verdaderamente noticioso, mi cerebro solo podía procesar un fuerte zumbido. La realidad pasó a un segundo término. Todo era una sucesión de planos en fast forward de una película que, por desgracia, me sonaba demasiado. Y entre las imágenes, una cascada de declaraciones, comentarios y mensajes lanzados a bocajarro que venían a aportar la nada más absoluta. 

El ansia por reaccionar a todo al instante, por tener un juicio antes que un fundamento emborrona cualquier debate, antes siquiera de que haya empezado. La conversación pública es hoy un gallinero pero el último accidente ferroviario dejó entrever, para mí, algo novedoso. Atónita leía mensajes cargados de humanidad, de responsabilidad social, de verdadera defensa del estado del bienestar emitidos por personas que en su día a día carecen de toda sensibilidad por el prójimo y por lo público. Será que las tragedias sacan lo mejor de las personas, a veces incluso lo que no tienen. 

En el carrusel mediático ideado para apelar —a veces de forma demasiado burda— a nuestras emociones e instintos más básicos saltó, de repente, un actor insólito. Javier Barrio perdió a su mujer en el accidente. Carmen hacía un viaje de trabajo, al parecer, el último antes de jubilarse. Solo ellos sabían la canción, pero a los demás nos sonó la música. Rodeado de micrófonos, Javier decía: “Estos muertos son los muertos de toda la sociedad, del tipo de sociedad en el que estamos viviendo todos. Daros cuenta de que estamos viviendo la peor época del capitalismo con prisas (...) Ahora lo que tenemos son capitalistas que quieren el dinero más rápido que nunca, a la mayor velocidad posible. Pasa en todas las redacciones, en todos los trabajos, pasa absolutamente siempre.” 

Ese testimonio inaudito en mitad del luto detuvo de golpe el zumbido de mi cerebro y puso en su sitio el maremágnum de mensajes. Era un diagnóstico certero sobre esa fuerza, a veces imperceptible, que justifica todo lo que está mal en el día a día y parece no importar salvo a unos pocos. Una presión apuntalada por conceptos como privatización, liberalización, subcontratas, abaratamiento de costes, maximización de beneficios, competitividad feroz, avaricia, ambición, ausencia de ética y falta de compañerismo. 

La de Urda es solo la última de una siniestra lista de tragedias a las que asistimos últimamente con demasiada frecuencia en nuestro país. En todas, una inmensa cantidad de ciudadanos se ha volcado para ayudar y dar lo mejor de sí. Lo vimos en la pandemia, en la DANA de Valencia, en Adamuz… La cuestión es si somos capaces de mantener ese nivel de humanidad en la vida cotidiana, si podemos poner en pie la revolución que proponía Javier Barrio en uno de los peores días de su vida: “Tenemos que rebelarnos entre todos, tenemos que cambiar este mundo, tenemos que cambiarlo entre todos”. Que esas 69 muertes no sean en balde está también en tu mano. 

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