Cuestión de perspectiva, o no
Poner distancia con los hechos a veces nos ayuda a analizarlos mejor, con más sosiego y claridad mental. Coger perspectiva suele funcionar, pero no siempre. A veces, alejarnos de esa realidad distorsiona nuestra visión, no nos permite ver los matices y simplemente difumina la veracidad del relato. Nos formamos una idea más difusa, cuando no nítidamente equivocada. Lo que ocurrió durante la convocatoria de Vito Quiles hace unos días en Zaragoza es un buen ejemplo.
A bulto todas las manifestaciones parecen la misma y las cargas de la policía parecen estar justificadas pero, por desgracia, no siempre. La violencia gratuíta –con eso del precio– atrae al menos pensado, lleve o no uniforme. Los disturbios del campus y la plaza San Francisco tienen un claro culpable: la persona que convoca un acto en la Universidad sin la autorización de esta y lo va trasladando de calle en calle sin el pertinente permiso de la Delegación del Gobierno. Hay una constante en los eventos que programa esta persona: los desórdenes públicos. Paradójicamente nunca es detenido.
Hubo cinco detenidos, varios heridos por contusiones y decenas de afectados por los gases lacrimógenos que utilizó la policía. Entre las caras tapadas de las primeras filas de la concentración antifascista, unos veían la sombra de la sospecha –¿qué tienen que ocultar?– otros, medidas de autoprotección –ninguno olvida a los Seis de Zaragoza–. Entre los gaseados, un chaval de 17 años que no entendía por qué los porrazos no caían a diestro, pero sí a siniestro. Preguntó indignado a un agente. Este le respondió: es que los otros son niños.
Entre los detenidos, un joven que, simplemente, pasaba por ahí. “Ni me había enterado que venía esa persona”. Lo supo al preguntar por el movimiento en la zona al volver a casa después de trabajar y asistir a clase. Leyó un cuento a su sobrino, bajó a dar una vuelta, por curiosidad. Fue detenido en el entorno del campus, algo lejos de donde había sucedido todo. Pasó por primera vez en su vida la noche en un calabozo, salió en libertad con cargos, una abogado de oficio, un juicio pendiente y una mezcla entre estupor e indefensión que tardará en quitarse de encima.
Es difícil entender, cuando no eres una persona violenta, que protestar contra alguien que ataca la democracia pueda llevarte a ti y no a él ante un juez. O que asistir pacíficamente a una concentración te haga acabar en el hospital. Que un paseo te pueda llevar al calabozo. También es difícil de entender porque la Policía Nacional –que hace una excelente labor en muchos ámbitos, también el de la divulgación y la comunicación– dedique más tiempo a detallar acciones de escasa trascendencia que a explicar actuaciones que parecen cuestionables.
Desde la distancia, el movimiento antifascista logró sabotear la convocatoria. También Quiles cumplió su objetivo: hacer ruido. Se fue sonriente, grabándose escoltado por la policía y jaleado por sus seguidores. De cerca, allí nadie ganó nada.
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