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El éxito por el que Obama será recordado

Iñigo Sáenz de Ugarte

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Obama ya tiene en sus manos la victoria que le pondrá en los libros de historia. A un año y nueve meses del final de su último mandato, no es un logro menor. La reforma sanitaria ha cruzado el umbral a partir del cual podía considerarse un éxito: más de siete millones de personas han suscrito el seguro superando así la cota más optimista que se había planteado la Administración y que había tenido que reducirse a causa del desastre inicial por los problemas de software.

El segundo mandato de Obama está siendo decepcionante y a la defensiva. Suele ocurrir así. Cuando el presidente ya no puede ser reelegido, los altos cargos de la Administración prefieren ir cerrando carpetas antes que abrir otras nuevas, muchos ya están buscando trabajo o comportándose de forma que les sea más fácil asegurarse su futuro y el presidente pasa más tiempo pensando en su legado que en molestarse en construirlo. Viaja más al extranjero porque allí a fin de cuentas siempre recibirá tratamiento imperial. En su casa, es posible que ni siquiera los miembros de su partido le hagan caso.

El sistema sanitario que ahora no existe en EEUU no se basa exactamente en el concepto de sanidad universal presente en Europa, pero es la mejor forma que los políticos han ideado desde la Segunda Guerra Mundial para reducir el astronómico número de personas sin seguro médico. Es polémico porque los republicanos se han opuesto a él como si la reforma hubiera sido producto de una revolución bolchevique, porque las aseguradoras médicas cuentan con uno de los lobbies más poderosos y mejor dotados económicamente del país (y cualquier cambio podría, quizá no en este caso, reducir sus beneficios), y porque los norteamericanos sienten una aversión especial al incremento de poderes de la burocracia estatal (quien piense que eso que se llama el papeleo sólo existe en países como España no sabe de lo que está hablando).

Obamacare, con todos sus defectos, es el tipo de ley por el que se supone que los políticos son elegidos. Un proyecto imperfecto cuya aplicación completa necesitará de muchos años, que no tiene por qué ser más barato que la situación actual y que no acabará con todas las injusticias. Y a pesar de todo eso, es un cambio del status quo del que eran muy conscientes sus enemigos, y de ahí la retórica tremendista de los republicanos. Es la política de lo posible, incluso cuando los obstáculos son tan grandes que el éxito parece imposible.

Obama ya puede irse a la cama. Que lo despierten el 20 de enero de 2017. Mucho más no va a hacer.

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