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Exprimiendo a los muertos

Iñigo Sáenz de Ugarte

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El Gobierno de Rajoy ha hundido este viernes la cuchilla en la economía española. Después de gestos altaneros, de afirmar que era él el que presionaba a Europa, de alardear del éxito que suponía para España recibir un préstamo de decenas de miles de millones de euros que no tenía para rescatar a la banca (ese hidalgo castellano que no tiene dónde caerse muerto pero que presume de sus numerosos bienes), el Gobierno se ha rendido a la evidencia. No tiene dinero ni fuerza para salvar al país. Se limita a aplicar una medicina suicida con la receta escrita fuera de España. Y ahora que vengan a decirnos que España no puede renunciar a la soberanía de Gibraltar, por ejemplo.

Rajoy nunca ha sido sincero con los españoles. No lo fue en la campaña electoral, cuanto resultaba bastante obvio que se iba a encontrar una tarea gigantesca, ni en sus primeros meses en el poder. Sólo ha habido un colectivo al que no ha engañado, el de los pensionistas, y hasta estos acaban de probar los efectos de tanta manipulación. Morirse es ahora más caro que nunca desde el punto de vista fiscal. Cuando un Gobierno comienza a rascar en el fondo de los ataúdes es que ya le quedan pocas salidas. Hay vampiros que en la literatura han demostrado más dignidad.

“Yo lo que no llevo en mi programa no lo hago”, dijo Rajoy en la campaña. ¿Con qué cara se presentará en la siguiente? Los acontecimientos de estos días y los que vendrán convierten en casi imposible que pueda volver a ser candidato. Su única esperanza es que una vez más Rubalcaba incumpla sus promesas y consiga boicotear la celebración de las primarias en el PSOE. Ambos líderes se necesitan desesperadamente y harán todo lo posible por apoyarse.

Las invocaciones al “sangre, sudor y lágrimas” que aparecen en los periódicos cuya existencia depende del Gobierno (que ya ha pagado una parte manteniéndoles el IVA reducido) es tan patética como inexacta. Churchill prometía sacrificios ingentes porque la supervivencia dependía de los propios británicos. En el caso de España, sus habitantes sólo aportan sufrimiento. La ayuda sólo puede venir de fuera, y en realidad no es tal. Lo que se impone es un brutal empobrecimiento al servicio de una eurozona que no tiene ninguna credibilidad entre los inversores.

Los mercados financieros saben que Grecia no puede devolver sus deudas, y muy pronto ocurrirá lo mismo con España. Para entonces, las dimensiones del agujero serán tan grandes que no será posible, si no media un cambio de política en Berlín y Frankfurt, conservar a España en un estado de animación suspendida como el que vive Grecia.

Por recordar lo que está pasando en Grecia en las últimas semanas, la UE no ha tenido piedad con Nueva Democracia y el Pasok que fueron a la campaña con la promesa de que había que renegociar las condiciones de la ayuda prestada por la troika. No hay ningún plan económico que pase por conseguir que los países intervenidos salgan de la crisis a menos que se espere un milagro económico, un concepto tan sólido como el de inteligencia militar, que diría el chiste.

Carente de recursos, el Gobierno ha abandonado a sus ciudadanos. Cuando la situación económica empeore y las costuras que mantienen unida a la eurozona se vayan disolviendo, ¿con qué cara pedirá a los ciudadanos que no le abandonen y no se lancen a los bancos a retirar sus ahorros? ¿Creerán al Gobierno que les dijo que no iba a subir los impuestos?

Sobre la reacción en la calle, las concentraciones espontáneas empujadas por la rabia popular no servirán de mucho en la medida de que es poco probable que tengan impacto político inmediato. El PP las considerará un conflicto de orden público y el PSOE, más allá de cierta comprensión, las contemplará con temor. Se ha extendido la idea de que todos o casi todos los partidos son iguales, y aunque eso no sea cierto --no suele serlo en ningún país--, sirve para hundir su reputación cuando la situación es dramática.

El ejemplo griego es relevante. El bipartidismo se puede romper por su pata más débil dejando a un solo partido al frente del panorama político, pero mucho más vulnerable, y abriendo un inmenso espacio político a fuerzas nuevas o partidos que antes tenían una representación reducida. O permitiendo que salga de la nada un grupo que prometa soluciones fáciles basadas en la demagogia, un Berlusconi, para entendernos.

Pero eso no quiere decir que la gente vaya a quedarse callada. Incluso en un país de gente sumisa como España muchos pensarán que tienen ya poco que perder. Porque como dice Shylock en 'El mercader de Venecia':

Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un judío insulta a un cristiano, ¿cuál será la humildad de este? La venganza. Si un cristiano ultraja a un judío, ¿qué nombre deberá llevar la paciencia del judío, si quiere seguir el ejemplo del cristiano? Pues venganza. La villanía que me enseñáis la pondré en práctica, y malo será que yo no sobrepase la instrucción que me habéis dado.

La gente terminará devolviendo al Gobierno lo que este le ha dado. Cuidado con la apelación churchiliana, porque la sangre puede no ser una metáfora.

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Foto del Flickr de Daniel Lobo.

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