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Vacaciones cuidando elefantes

Mi viaje a Tailandia iba a incluir un paseo en elefante, pero después de leer un artículo en este blog cambié de idea. Visitar un santuario en ese país, Elephant Nature Park, ha cambiado mi forma de entender el turismo y los viajes, y ha contribuido a mi reflexión sobre cómo quiero relacionarme con el mundo.

En Elephant Nature Park viven 69 elefantes, además de otros muchos animales, prácticamente todos rescatados de diferentes industrias y con secuelas físicas y emocionales, tras haber sido sometidos al ritual por el que rompen su espíritu para doblegarlo a la voluntad de los humanos.

Convivir con estos gigantes durante días, ver cómo se relacionan entre ellos, las travesuras de las crías, cómo intentan acercarse a curiosear y jugar contigo, sus baños en el barro... es algo difícil de olvidar.

Lek Chailert, fundadora de ENP y rescatadora de  elefantes. Foto: Sara Hernández Cofiño

Lek Chailert, fundadora de ENP y rescatadora de elefantes. Foto: Sara Hernández Cofiño

Hace unos años estuve planificando unas vacaciones en Tailandia con una amiga. De haber sucedido, ese viaje iba a incluir un paseo en elefante casi con un 100% de probabilidad. Finalmente, la inestabilidad política del país en ese momento nos hizo decantarnos por otro destino. Poco antes de nuestro viaje (ese que iba a haber sido a Tailandia), este blog publicó un artículo sobre las actividades con elefantes en el Sudeste Asiático. Ese texto me impactó y se me quedó grabado, pero mis ganas de poder observar de cerca a estos animales tan increíbles no han hecho más que crecer desde entonces. ¿Sabiáis que tienen más neuronas que los humanos? Así que cuando este año decidí viajar a Tailandia me puse a buscar alguna de esas alternativas respetuosas que se mencionaban en el artículo. Lo hice a través la magnífica página web de FAADA (siglas para la Fundación para el Asesoramiento y Acción en Defensa de los Animales) dedicada al turismo responsable. A través de su mapamundi puedes acceder a información sobre prácticas dañinas para los animales en los diferentes países del mundo y sobre actividades alternativas respetuosas y responsables. Y así es como encontré y decidí hacer un voluntariado de una semana en Elephant Nature Park.

Elephant Nature Park (en adelante, ENP) es un proyecto que lleva funcionando desde 1990 y que actualmente está localizado en un parque natural a 60 km de Chiang Mai, una de las ciudades más visitadas de Tailandia y centro neurálgico de muchas actividades turísticas con elefantes. En este parque residen 69 elefantes, así como multitud de otros animales de diferentes especies. Se pueden realizar diferentes tipos de visitas, y además ahora mismo ENP es solo uno de los proyectos (aunque diría que probablemente el de mayor envergadura) que llevan a cabo desde Save the Elephant Foundation, organización sin ánimo de lucro dedicada a proveer asistencia a la población de elefantes cautivos en Tailandia y a mejorar su situación. Entre otras cosas, llevan a cabo proyectos de ecoturismo educativo, con diferentes condiciones y localizaciones geográficas, y ofrecen diferentes alternativas si alguien está planeando un viaje a Tailandia.

En cuanto a mi experiencia allí, temo que penséis que es una exageración, pero no me quedo corta si digo que ha cambiado mi forma de entender el turismo y los viajes, y, de alguna manera, ha contribuido a que reflexione sobre cómo me quiero relacionar con el mundo. Después de leer esto, es posible que penséis que soy una hippy abrazaárboles que siente el influjo de la luna y la magia de las montañas mientras danza desnuda entre menhires la noche del solsticio de verano. No lo soy. De momento vais a tener que hacer un acto de fe, pero si seguís leyendo intentaré explicaros por qué no hace falta llevar coronas de flores y andar descalza a la luz de la luna llena para que el voluntariado en ENP os parezca una maravilla.

¿Os acordáis de cuando eráis pequeños y de lo que era irse a un campamento durante el verano? De forma muy resumida creo que la experiencia del voluntariado en ENP es muy parecida, solo que siendo adulto, de forma voluntaria, teniendo tu propio dinero, sin recibir órdenes de nadie y con elefantes. ¡Con elefantes! ¿Os imagináis haber ido a un campamento con elefantes? Aunque ese me parece un buen resumen, voy a intentar contaros un poco más detalladamente los aspectos que me parecen más importantes y que creo que pueden interesar a quien de alguna manera le atraiga esta experiencia.

El voluntariado y las actividades

El parque recibe aproximadamente 70 voluntarios a la semana, los cuales son divididos en varios grupos de trabajo más pequeños y operativos, que son 'comandados' por un miembro del personal del parque para realizar las labores asignadas cada día. Estas son básicamente tareas necesarias para el mantenimiento del parque y el cuidado de los elefantes, lo que implica que en su gran mayoría son actividades físicas, principalmente limpiar caca y colocar y lavar verduras y frutas para su comida. Aquí podéis ver el horario semanal que nos prepararon a nosotros:

Horario de los voluntarios adornado con pinturas  tailandesas sobre elefantes. Foto: Sara Hernández Cofiño

Horario de los voluntarios adornado con pinturas tailandesas sobre elefantes. Foto: Sara Hernández Cofiño

Además de las dos actividades que he mencionado, también se realizan otras de corte divulgativo, algunas tareas puntuales en función de lo que se requiera en ese momento y algunas labores que son estacionales y van cambiando en función del momento del año en el que uno vaya. Si os estáis planteando hacerlo, no temáis, el trabajo físico no es matador. El horario de los voluntarios implica solo 4 horas al día, divididas en dos turnos: uno de 8 a 10, después del desayuno, y otro de 13 a 15, después del almuerzo (sí, el horario tailandés es bastante diferente al español). La carga individual de trabajo no es grande, y precisamente por eso cada uno puede ir al ritmo que su cuerpo tolere. Pese a esto, es cansado, sobre todo por el calor húmedo bajo el que se realiza (aquí hay que tener en cuenta que yo estuve en mayo, y creo que, meteorológicamente hablando, hay épocas mejores para visitar Tailandia). Por esto último, dentro del horario del día, conviene contar con que uno se va a duchar tres veces, pautado como quien toma un antibiótico.

Además, no hay ninguna 'señorita Rottenmeier' tailandensa persiguiéndote para que realices las actividades asignadas: varios compañeros se ausentaron en alguna ocasión por diferentes motivos y nadie les pidió explicaciones. La mayor parte de la gente acude a realizar sus tareas, el trabajo sale y no pasa nada si alguien falta a una actividad. No se pasa lista. Tus padres no te llaman todos los días para que les cuentes lo que has comido (o sí, pero eso ya no es culpa del voluntariado).

Como anécdota, limpiar caca de elefante no es ni de lejos tan desagradable como puede sonar. En realidad cuando la recoges (bien preparada con tus guantes y tu pala) está seca y apenas huele, y además es una actividad que te permite rondar por el parque y estar cerca de los elefantes mientras la realizas.

Los animales

En ENP prácticamente todos los animales han sido rescatados de diferentes industrias tailandesas: explotaciones forestales, campos de trekking turístico, circos o espectáculos de ocio, mendigacidad en las calles, etc. De hecho muchos de ellos (aunque debería decir ellas, ya que en su gran mayoría se trata de hembras), han pasado por varias de esas actividades a lo largo de su vida. Casi todos los animales acarrean lesiones físicas de por vida causadas por la explotación en estos trabajos: caderas dislocadas, patas lesionadas al pisar minas, deformaciones, etc. A algunos da mucha penita verlos andar y pensar por lo que han tenido que pasar. También hay muchas elefantas ciegas de uno o los dos ojos, por culpa de la exposición prolongada a focos y flashes, o por lesiones a modo de castigo que les infligieron sus antiguos mahouts (sí, leéis bien). Y aunque muchos elefantes que llevan tiempo en el parque están mentalmente estables, también suelen cargar con traumas psicológicos por el maltrato que han sufrido mientras realizaban estos trabajos (SPOILER: los animales salvajes en general no se someten a las órdenes de los humanos por voluntad propia). En ENP se les cambia el nombre, para no recordarles su anterior vida de dolor, y se les asigna (o más bien eligen) a su mahout, que en este caso es un cuidador, para que vele por ellas.

En cuanto a las cosas que puedes hacer con los elefantes en el parque, por si a estas alturas aún hay dudas: en ENP no se monta en los elefantes, no hacen trucos ni se asiste a ningún espectáculo protagonizado por ellos. En realidad la interacción directa con los animales es escasa. Aunque pueda sonar decepcionante, es una cosa lógica (y positiva) si se tiene en cuenta que es un santuario, pensado para que los humanos satisfagan las necesidades de los elefantes y no al revés. Y he de decir que yo disfruté muchísimo de la interacción, pero sobre todo de la observación de los paquidermos haciendo sus cosas elefantiles y relacionándose entre ellos. Es muy divertido verlos rascarse, jugar, darse baños de barro y hacerse monerías (¿elefanterías?) unos a otros.

El pequeño Yindee haciendo elefanterías a su manada. Foto: Sara Hernández Cofiño.

El pequeño Yindee haciendo elefanterías a su manada. Foto: Sara Hernández Cofiño.

Entre las actividades que sí se pueden hacer en ENP, y dentro del voluntariado, hay que destacar la posibilidad de bañarlos en el río todos los días después de la jornada de trabajo, y un par de elephant walks programados en el horario de actividades diarias. Estos consisten, como su nombre indica, en un paseo por el parque junto con alguno de los responsables de voluntarios, en el que te van contando cosas sobre los animales que allí residen mientras puedes verlos en directo. Durante estos paseos puedes dar la brasa preguntando una y otra vez lo que se te ocurra, por ejemplo, los nombres de los elefantes y los parentescos entre ellos, y te lo responderán todas las veces que tu demencia presenil exija. En tu tiempo libre también puedes observar a los animales mientras paseas por el parque y por las pasarelas habilitadas para ello, en las que suele haber comida para alimentar a los elefantes desde ahí, una de las actividades que realizan los visitantes diarios y en la que tú como voluntaria puedes participar también si te apetece.

Si quieres fotos molonas, te puedes sacar unas cuantas bañando a los elefantesdándoles de comer. Tendrás muchos likes en Instagram y nadie sufre en el proceso (otro SPOILER: las fotos molonas con animales son uno de los negocios que más daño hace a la fauna salvaje).

Elefantes disfrutando de hojas de maíz cortadas por los  voluntarios. Foto: Sara Hernández Cofiño

Elefantes disfrutando de hojas de maíz cortadas por los voluntarios. Foto: Sara Hernández Cofiño

El entorno

Lo primero que debería llamarte la atención al llegar a ENP, si eres una persona cuyo cerebro funciona de forma normal, es el parque en sí. Es un valle verde entre montañas cubiertas de árboles, con un pequeño río que lo cruza, donde además puedes encontrarte con elefantes mientras das un paseo. Y digo que esto es lo que debería ser, porque reconozco que los primeros días estaba tan embelesada por los animales que no me fijé en lo impresionante que era el paisaje hasta que alguien me llamó la atención sobre ello. Al leer blogs antes de ir, la comparación más frecuente era el Parque Jurásico de la película, y después de estar allí creo que es bastante acertada.

Otra cosa a destacar del entorno son los sonidos de los animales. Por la noche, cuando el parque está en silencio, desde tu habitación puedes escuchar los impresionantes barritos y rugidos de los elefantes, los sonidos de las cigarras tailandesas gigantescas (que a veces también hacen una aparición estelar saltando a tu mesa durante la cena) o el canto de algunos de los lagartos que allí habitan (este era conocido en mi habitación como el “fuck you bird”, hasta que una compañera averiguó que de pájaro tenía poco).

La gente

Otra ventaja del parque, si eres alguien mínimamente extrovertido y curioso, es la posibilidad de conocer a gente de cualquier lugar del mundo. No hay habitaciones individuales, por lo que, además, si viajas solo, compartirás alojamiento con algunos de tus compañeros de voluntariado. Por lo que pudimos ver, ajustan las habitaciones por género y edad. Tener que compartir habitación, lejos de ser una molestia, fue un gran aliciente (¡campamento de verano a los 35!), incluso para alguien con un nivel de inglés de batalla como el mío.

Por otro lado, el personal del parque en general es siempre muy amable, y aunque por ejemplo los mahouts no suelen saber inglés, el personal que está directamente en contacto con los voluntarios se maneja bien y suele estar abierto a responder preguntas de todo tipo. Como dato curioso, dado que el tailandés a los occidentales nos resulta tan fácil de pronunciar como el namekiano, el personal suele ponerse un apodo en inglés para facilitarnos la vida, eligiendo cosas tan curiosas como Mix o Say.

Dentro de este apartado merece una mención especial Sangdeaun Lek Chailert, la fundadora del parque (mujer tenía que ser). Cuenta la leyenda que esta mujer de apenas 1,50 (Lek en tailandés significa pequeña) se enamoró de los elefantes cuando tuvo oportunidad de convivir con ellos en el pequeño pueblo en el que vivía durante su infancia, y desde entonces decidió dedicar su vida a intentar mejorar la de estos animales. Por la red circulan multitud de vídeos y de artículos sobre Lek, así que solo diré que es una especie de superheroína para todo aquel que ha pasado por ENP, y además es una persona amable y sencilla con la que una se puede sentar a hablar sin problema mientras está allí. Ella y Darrick, su pareja, un canadiense de eterna sonrisa al que también se puede conocer en el parque, rescatan todo tipo de animales en apuros, por lo que puedes encontrarles cantando nanas a los elefantes, acunando a un cerdito con problemas de movilidad, dando el biberón a una ardilla huérfana o estimulando a una camada de gatitos.

Búfalo de agua y elefanta se saludan al cruzarse por el parque. Foto: Sara Hernández Cofiño.

Búfalo de agua y elefanta se saludan al cruzarse por el parque. Foto: Sara Hernández Cofiño.

Al margen de la interacción informal, todas las semanas Lek da una charla a los voluntarios sobre la situación actual de los elefantes asiáticos. Dura, pero instructiva, es increíble pensar toda la pasión que pone en la divulgación y la concienciación durante todas las semanas de su vida. Y eso me lleva al siguiente punto, que bajo mi opinión es el más importante (y creo que Lek estaría de acuerdo).

Lo que se aprende

¿Pensabas que ese elefante tan simpático que viste en Tailandia pintando cuadros con la trompa fue a una escuela de bellas artes por voluntad propia? ¿Que el que te llevó de paseo por el bosque montado en su lomo accedió a hacerlo a base de caricias? ¿Que ese otro que viste en un video haciendo equilibrismos los aprendió porque le daban frutas como premio? La verdad es que si eres una persona normal (y aquí con normal me refiero a lo estadísticamente frecuente en nuestra cultura) es probable que no te hayas planteado estas cuestiones. No es tu culpa, no nos enseñan a pensar en lo que hay detrás de la utilización de los animales, pero si has llegado hasta aquí supongo que te interesa saber que no hay nada más lejos de la realidad que las hipotéticas situaciones planteadas en esas preguntas.

Tailandia tiene una larga tradición en relación con elefantes domésticos, que a lo largo de la historia han utilizado para diferentes tipos de trabajo. Se dice que éstos ayudaron a construir su país, pero permitidme dudar de que lo hicieran por voluntad propia.

Actualmente la población de elefantes asiáticos salvajes está en peligro de extinción, estando clasificada como especie amenazada, y habiéndose reducido la población de elefantes en libertad en un 90% durante los últimos 100 años, según algunas ONGs. Gran parte de este problema tiene relación con la demanda masiva de elefantes para la industria turística, que no se puede satisfacer únicamente con la descendencia de los elefantes ya cautivos, sino que requiere de la caza de crías salvajes para poder cubrirse. Los elefantes son altamente sociales y viven en manada. Para poder proteger a las crías se organizan en grupos, por lo que se calcula que para capturar una cría hay que matar a 5 elefantes adultos o adolescentes, que intentarán proteger al pequeño de la captura.

El calvario para la cría, haya nacido salvaje o en cautividad, sólo empieza ahí. El entrenamiento para que se someta a la voluntad de los humanos comienza con lo que los tailandeses llaman el phajaan, palabra que significa 'ruptura', lo cual se refiere al proceso mediante el cual consideran que rompen el espíritu del elefante para que se doblegue a la voluntad de los humanos. En este vídeo podéis observar vosotros mismos en qué consiste, pero no es fácil de ver, así que os resumo: la cría de elefante, normalmente de entre 3 y 5 años, es aislada e inmovilizada entre 7 y 10 días. Durante este tiempo es torturado de diferentes maneras -golpeándole, privándole de alimento, de sueño, de agua-, hasta conseguir que tenga tanto miedo a los humanos y a sus armas que obedezca cuando se le pide algo. Dicen que algunos elefantes intentan morderse la trompa para suicidarse durante este proceso, por lo que muchas veces también se inmoviliza ésta para evitarlo. Después del phajaan aún serán entrenados durante un tiempo para aprender a obedecer órdenes y a hacer las tareas a las que vayan a dedicarse. Este entrenamiento, como a estas alturas podréis deducir, no se realiza regalándole chucherías de elefante cuando hacen algo bien. En general suele haber garfios involucrados o un condicionamiento con éstos, asociando alguna señal más neutra con el uso del garfio u otra arma, para evitar así exponer este método de forma directa ante los turistas.

Mae Jan Peng, de 79 años, lleva una flor como pendiente en una  antigua cicatriz de garfio. Foto: Sara Hernández Cofiño

Mae Jan Peng, de 79 años, lleva una flor como pendiente en una antigua cicatriz de garfio. Foto: Sara Hernández Cofiño

A día de hoy, este proceso de entrenamiento es el que se usa para adiestrar a los elefantes que se utilizan en todas las industrias tailandesas en las que participan: el trekking, los elefantes pintores, espectáculos circenses, mendicidad en Bangkok, explotaciones forestales ilegales, etc.

El sufrimiento no acaba ahí para el elefante, que se verá obligado a llevar una vida de explotación en la que rara vez serán tenidas en cuenta sus necesidades. Vivirán obligados a realizar conductas antinaturales y dañinas para ellos (a los elefantes, entre otras cosas y en contra de la creencia generalizada, no les resulta inocuo cargar con grandes pesos), a trabajar jornadas interminables bajo el asfixiante calor asiático, a pasar el escaso tiempo libre encadenados y a no poder desarrollar las conductas naturales para su especie. Eso sin entrar en los casos concretos en los que se maltrata deliberadamente al elefante por no cumplir con las órdenes de su mahout, de los cuales Lek tenía documentados unos cuantos. Y sin llegar a ese extremo, cada cierto tiempo salta en las noticias el caso de algún elefante fallecido a causa de la intensa explotación a la que son sometidos.

¿Después de leer todo esto sigues pensando que los elefantes que te pueden llevar de paseo por las selvas asiáticas viven tan felices como tu perro? No te preocupes, se llama negación. Es humano y se puede superar, a veces es solo cuestión de tiempo. Espero que puedas pensar un poco sobre el tema y asumir lo que hay.

Creo que casi todo el que llega a ENP tiene cierta idea de la situación de los elefantes en el sudeste asiático, y a lo largo de esa semana de voluntariado uno va aprendiendo aún más. Pero el impacto emocional de esta última presentación, después de haber convivido y haber tenido oportunidad de observar a estos gigantes durante días, de haber visto cómo se relacionan entre ellos, las travesuras de las crías, cómo intentan acercarse a curiosear y jugar contigo, sus baños en el barro, sus rascadas de culete… es algo difícil de olvidar. Muchos clínex se consumieron en esa presentación.

Dok Mai, elefantita feliz que no ha pasado por el 'phajaan', le pide comida a Lek. Foto: Sara Hernández Cofiño.

Dok Mai, elefantita feliz que no ha pasado por el 'phajaan', le pide comida a Lek. Foto: Sara Hernández Cofiño.

Estoy segura de que Lek y sus colaboradores son conscientes del impacto que generan, y personalmente considero que esta es la labor fundamental que están realizando en favor de los elefantes. Gracias al trabajo apasionado de concienciación que realizan tanto ENP como otras organizaciones poco a poco está cambiando el modelo de turismo con estos animales, aumentando la conciencia internacional al respecto. Desde ENP son conscientes de que si la demanda cambia, cambia la industria, por eso su trabajo de divulgación con los turistas es crucial.

Para los que sigáis leyendo a estas alturas, algunos datos más antes de terminar.

Conviene reservar las actividades en ENP con antelación, ya que Chiang Mai es una ciudad con un volumen turístico enorme, ENP cada vez adquiere más fama internacional y está más demandado. En su web podéis informaros de sus tarifas y fechas disponibles, y hacer las reservas.

El precio del voluntariado incluye los transportes desde Chiang Mai y el alojamiento de una semana con régimen de pensión completa. Es algo asequible, y mucho más barato que otros proyectos del mismo estilo. Las habitaciones de los voluntarios son básicas pero funcionales (los visitantes que solo pasan una noche duermen en habitaciones mucho más lujosas, que nosotros llamábamos “las casas de la gente rica”). La comida consiste en un buffet libre vegetariano y vegano de platos típicos tailandeses, muy ricos para mi gusto (no todos lo son, pero suele haber más platos picantes que en una comida española promedio, por lo que hay que tener cuidado para no pasar mucho tiempo abrazado al wc).

Ya he mencionado que en el parque también viven otros animales rescatados: vacas, búfalos de agua, conejos, etc. Mención especial merecen los perros y gatos, verdaderos reyes del lugar. Creo recordar que allí viven unos 200 gatos y 400 perros rescatados. Muchos de los perros residen en un refugio que se encuentra en ENP. Este refugio también recibe voluntarios, que suelen ser muchos menos que los dedicados a los elefantes (como nos decía una de las responsables, la gente no viaja a Tailandia para ver perros) y que son dignos de admiración por el trabajo que realizan. Cuentan con un servicio de adopción internacional por si uno se enamora de alguno de los perretes.

Todos los perros deberían vivir así, como en el refugio del ENP. Foto: Sara Hernández Cofiño.

Todos los perros deberían vivir así, como en el refugio del ENP. Foto: Sara Hernández Cofiño.

Tu tiempo libre como voluntario lo puedes emplear como prefieras: puedes echar una mano con los perros, observar a los elefantes, socializar con tus compañeros, darte un masaje tailandés por un módico precio (varias mujeres de los pueblos cercanos acuden al parque todas las tardes para ofrecer este servicio), y al menos cuando yo estuve, se realizaron un par de actividades que los lugareños nos dedicaron para que conociésemos un poco más su cultura. También puedes tumbarte a la bartola sin más.

ENP no es el único sitio molón para ver elefantes en Tailandia. Hay otros centros de rescate que operan con un modelo parecido (éste y éste, por ejemplo). Pero hay que tener cuidado, porque con la nueva conciencia que está surgiendo al respecto del turismo con elefantes, hay campamentos que se publicitan como santuarios y que realmente no lo son, perpetuando prácticas como el garfio o el phajaan e instrumentalizando a los elefantes.

En resumen: en mi opinión, visitar ENP, y en especial realizar el voluntariado, es una de las mejores actividades que uno puede elegir si va a viajar a Tailandia. Quiero pensar que la mayor parte de la gente que se interesa por realizar turismo con animales lo hace porque estos le gustan. Muchas veces podemos elegir desde la ignorancia actividades que les dañan, solo por lo fascinantes que nos resultan, porque socialmente no nos han enseñado a pensar en lo que puede haber detrás y porque a veces están tan extendidas que es difícil evitarlas, como los paseos en elefante en Tailandia. ENP es una gran oportunidad para acercarse a estos animales míticos, símbolo de Tailandia, de una forma respetuosa. Y al mismo tiempo, poder observar en acción a un equipo de gente cuidando verdaderamente de ellos, lo cual es un soplo de aire fresco en una industria que no suele mostrarles compasión.

Unas elefantas que se han pasado poniéndose  protector solar. Foto: Sara Hernández Cofiño.

Unas elefantas que se han pasado poniéndose protector solar. Foto: Sara Hernández Cofiño.

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