“¡Esas barbas, fuera!”: el pueblo que celebra por todo lo alto el rodaje hace 40 años de la mítica ‘El viaje a ninguna parte’
“¿Dónde está el maná de los cómicos, en qué tierra caerá que sea nuestra, si nosotros no somos de ninguna parte? Somos... del camino”. Esta frase del personaje Carlos Galván, un actor errante interpretado por José Sacristán en ‘El viaje a ninguna parte’, es la esencia de esta mítica película de Fernando Fernán Gómez, también guionista y actor en la cinta, rodada en 1986. El cineasta adaptó ese año para el cine su propia novela: la historia de un grupo de cómicos y actores ambulantes, que viajan en caravanas de pueblo en pueblo durante la posguerra franquista, y buscan el éxito y el amor del público.
Paradójicamente, este último objetivo lo consiguió la película. Amada por el público y la crítica, fue la primera en triunfar en los Premios Goya, que se estrenaron en 1987, cuando se hizo con los principales galardones.
El destino quiso que también cambiara para siempre la historia de Arisgotas, una pedanía de medio centenar de habitantes del municipio toledano de Orgaz. Por entonces, su alcaldesa, Juana Martín-Maestro, acudía a la localidad vecina de Mora a trabajar en una fábrica de guantes, y un día, al pasar por la céntrica plaza de Arisgotas para desplazarse, se encontró con Fernando Fernán Gómez, que buscaba escenarios por lugares de la zona para llevar su novela al cine.
Juana era arrolladora, impulsiva, emprendedora. “Solucionadora” o “disponidora”, que dirían en la Mancha. Se acercó al actor y cineasta y le propuso hacerlo allí mismo, en ese pequeño pueblo, y en los aledaños de la iglesia, una de las principales localizaciones que buscaba Fernán Gómez. Aceptó gracias a las bondades que esta mujer le vendió de su pequeño lugar en el mundo. Todo lo demás, nunca mejor dicho, vino rodado.
Lo cuenta su hija, Virginia García Martín-Maestro, hoy también alcaldesa de Arisgotas, que por entonces no había nacido, pero que se crio y creció con los recuerdos de su madre sobre el rodaje de la película. Los mismos que comparten todos los vecinos y vecinas que todavía rememoran aquellos días, pero que ella sacaba a relucir constantemente en las comidas familiares, en sus conversaciones con los parroquianos. “Le cambió la vida”, comenta.
Juana falleció hace tres años. “Es una pena”, apunta su hija, porque no podrá ver la increíble organización que este pueblo ha llevado a cabo para celebrar, durante este fin de semana, el aniversario de los 40 años del rodaje. De hecho, es la primera vez que Arisgotas realiza un evento de estas características, que lleva meses preparando, con la implicación de todos sus habitantes y la ayuda del Ayuntamiento de Orgaz y de su Oficina de Turismo.
Fernando Fernán Gómez lo dejó claro desde el principio. Le dijo a Juana que, ante todo, necesitaban una persona que trabajara con ellos, que les ayudara a organizar a los vecinos y vecinas que serían los figurantes, y cualquiera de las necesidades que pudieran surgir. Ella se ofreció: “Yo me encargaré”.
El equipo de actores, decoradores, cámaras y atrezzistas (o “utileros”) desembarcó en el pueblo. A Juana le iban indicando cuánta gente necesitaban cada día y lo que tenían que hacer. Ella tomó las riendas de ese cometido.
Una semana que marcó muchas vidas
El equipo estuvo en el pueblo tan solo una semana. Entonces los rodajes eran más cortos, más sencillos. “Rodaron todo casi todo de seguido”, y después se marcharon a otros emplazamientos. La vida errante de sus personajes así lo requería.
Pero una semana se convirtió en toda una historia en Arisgotas. La anécdota que más recuerda la hija de Juana, por ser la que más relataba su madre, tiene que ver con el aspecto de los ‘extras’. Todos se tenían que cortar el pelo y la mayoría no quería. La ambientación en posguerra de la historia requería que los rostros se vieran, y el director quería que la gente del pueblo tuviera protagonismo. Pero muchos se negaron en rotundo.
Esto provocó uno de los famosos cabreos derivados del fuerte carácter del actor y director. Pero Juana supo aplacarlo. “Le dijo: mira, vete a comer o a tomar algo al bar y cuando vuelvas, veremos qué pasa”.
Dicho y hecho. La mujer se plantó delante de los vecinos y “les pegó una voz”. “Le dijo que quien quisiera participar en la película y cobrar, se tenía que cortar el pelo y que si no, no salían. De repente, la gente empezó a hacer cola. Se empezaron a cortar el pelo y cuando volvió el director, todo se había solucionado y se pusieron a rodar”.
No pudieron rodar dentro de la iglesia porque decían palabrotas. Pero no hubo problema. Se rodó fuera
La cuestión dio bastante de sí. El propio abuelo de Virginia tenía “una barba enorme” y se negó a afeitársela. “No había manera de convencerle”. Pero se empeñaba en salir en la película. “El director gritó ‘¡Esas barbas, fuera!’, pero nada. Mi madre, Juana, al final le convenció para que, cuando el plano enfocara donde salía mi abuelo, este se diera la vuelta. Y así se quedó. Aparece todo el rato de espaldas”, comenta entre risas.
También cuenta que pese a que el director estaba especialmente interesado en rodar dentro de la iglesia, nunca llegó a hacerlo, porque “decían palabrotas en la película”. “No hubo problema, se hizo fuera”.
Fernando Fernán Gómez aprovechó el tirón de contar con tantos figurantes, “casi todo el pueblo”. “Pero nunca se aprovechó de ello, les pagaban muy bien, hasta 5.000 pesetas al día por aparecer solo un rato. Eso era un dineral para esa época. Porque apenas tenían que hacer nada. La película dejó mucho dinero en el pueblo. Fue una maravilla”.
La actual alcaldesa dice que su madre se deshacía en elogios con Fernán Gómez. Desmontaba muchos mitos sobre su carácter. “Contaba que era muy brusco, pero a la vez muy cercano. Rotundo y amable al mismo tiempo. La gente llegó a tenerle cariño, y se notaba que había buen clima en todo el equipo cinematográfico”.
“La cercanía siempre estuvo ahí. Por ejemplo, cuando terminaban los rodajes, comían todos juntos. No había sitio para la gente de la película y otro para los vecinos. No había distinciones. Todos se juntaban con todos. Con el director, con José Sacristán, con Gabino Diego, con Laura del Sol… Allí todos eran lo mismo”.
Esa es la esencia de lo que recuerdan los habitantes de Arisgotas. Al igual que Juana, fue un momento “inolvidable” de sus vidas.
Y de ahí el homenaje que preparan para este fin de semana, principalmente los días 3 y 4 de julio. Arisgotas se convertirá de nuevo en un escenario de cine para recordar un acontecimiento que forma parte de la “memoria colectiva” del municipio y que contribuyó a dar a conocer el patrimonio y el encanto de esta pedanía toledana.
La programación comienza este viernes, 3 de julio, con una gran fiesta del cine de verano. A las 22.30 horas se proyecta, en la Plaza de la Iglesia, la propia película, en el mismo entorno donde hace 40 años se vivió el rodaje. La noche continuará con un gran guateque amenizado por el DJ Pedro Carbonell. Será con tocadiscos y canciones de la época.
El homenaje a Juana, “una sorpresa”
El sábado 4 de julio, desde las 20.00 horas, la celebración ofrecerá actividades para todos los públicos, entre ellas un taller infantil, una exposición colaborativa con objetos de la época que han proporcionado vecinas y vecinos del pueblo, una muestra de piezas originales relacionadas con la película y la recreación de un set de rodaje.
La jornada incluirá además el acto institucional de bienvenida, una presentación conmemorativa y un emotivo homenaje a Juana. “Habrá una sorpresa muy emotiva, que no podemos desvelar”, avanza su hija Virginia.
Después, los vecinos y vecinas serán los protagonistas de un coloquio bajo el título “Rodaje de ‘El viaje a ninguna parte’ en Arisgotas”, que reunirá a invitados especiales vinculados a la película y a su historia.
La celebración concluirá con una verbena popular, un concurso de vestimenta y peinados inspirados en los años 40 y 50, así como un nuevo guateque para poner el broche final a este aniversario.
Con esta iniciativa, el Ayuntamiento de Orgaz pretende poner en valor el legado cinematográfico de Arisgotas, recordar el impacto que supuso el rodaje de una de las grandes obras maestras del cine español y acercar esta historia a nuevas generaciones, convirtiendo el municipio en un punto de encuentro para amantes del cine, vecinos y visitantes.
“Es una forma también de hacer memoria histórica. Todos recuerdan que fueron unos días maravillosos y que vieron la magia del cine, y además con humor, con risas, con buen ambiente”, subraya la actual alcaldesa, que lamenta que apenas se hayan conservado fotografías del rodaje en Arisgotas, ni exista un archivo de imágenes de aquellos días.
De ahí que la celebración de los 40 años del rodaje quiera compensarlo. Para que no caiga en el olvido. Para recordar que hubo un tiempo en que los rodajes se hacían “pegados” a la gente y se contaban historias de personas sin un rumbo fijo. Y para que, como pedía el personaje de Carlos Galván, esta vez, no haya solo caminos, sino también algún sitio al que llegar.
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