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Sobre este blog

Espacio de divulgación científica y tecnológica patrocinado por la Universidad de Alcalá (UAH), con el objetivo de acercar el conocimiento y la investigación a la ciudadanía y generar cultura de ciencia

Viajar tiene un precio climático: qué revelan las emisiones de CO2 de las vacaciones de los españoles

Varios bañistas disfrutan en la playa de La Malagueta en Málaga

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Quizá no somos conscientes, o no del todo, pero nuestras vacaciones dejan rastro: ¿cuánto contaminamos en nuestro tiempo de descanso?

Los científicos de la Universidad de Alcalá (UAH) han analizado la sostenibilidad turística en un estudio que ahonda en la huella de carbono de las vacaciones de los españoles.

El impacto no solo tiene que ver con el medio de transporte que usamos. Las emisiones de gases de efecto invernadero de los viajes se producen también en mayor o menor medida dependiendo del alojamiento elegido, la comida, nuestras compras o las actividades que realizamos en nuestro destino vacacional.

A partir de una encuesta a nivel nacional de 980 personas realizada en el año 2024, los investigadores han calculado las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de su viaje más caro del año. El resultado es que la media de ese impacto ronda los 662 kilos de CO₂ y casi la mitad (48,09%) procede del transporte, sobre todo del desplazamiento hasta el destino.

Después la alimentación y otros gastos como las compras o las actividades de ocio suponen el 33,16% del impacto. Si hablamos de alojamiento, ese porcentaje se eleva al 18,64%, teniendo en cuenta que una cuarta parte, está relacionado con la alimentación dentro del hotel.

Hay además otro dato curioso. El impacto de las mascotas, que también suelen participar en las vacaciones se considera “marginal”, porque es del 0,11%.

El estudio lo firman Marta Rodrigues Rey, María Jesús Such, Inmaculada Aguado, María Jesús Salado y Mario Burgui. Este último, biólogo y doctor en Geografía ejerce como profesor del Departamento de Geología, Geografía y Medio Ambiente de la Universidad de Alcalá.

Los datos, dice, confirman que son sobre todo los viajes internacionales en avión los que disparan las emisiones personales. Además, a mayor gasto turístico, mayor huella de carbono. Eso implica que las vacaciones de las personas con las rentas más altas -a partir de 3.500 euros al mes- tienen un mayor impacto climático.

Los científicos también han analizado el impacto según el lugar de procedencia del turista. El resultado es que los residentes en las áreas metropolitanas de Barcelona (862,88 kgCO2e) y Madrid (726,48 kgCO2e) presentan las huellas de carbono más altas, mientras que el sur de España y Canarias registran las más bajas.

Mario Burgui destaca, entre las conclusiones, la necesidad de aplicar políticas de mitigación. Por ejemplo, a la hora de priorizar el transporte, fomentando el uso del tren (en vez del avión) para distancias medias o cortas. Por otro lado, se sugiere mejorar los estándares de eficiencia en el alojamiento y promover cadenas de suministro de alimentos de proximidad en los destinos.

Finalmente, el profesor subraya la importancia de la educación ambiental para que los turistas tomen decisiones más sostenibles.

¿Cómo construir grandes complejos hoteleros sin destruir el paisaje que atrae al turista?

Un segundo estudio, en el que también participa Mario Burgui junto a Paloma Ibarra y Marcos Rodríguez analiza las preferencias paisajísticas de turistas potenciales en cuanto a los grandes complejos hoteleros. La investigación toma como muestra los que existen en Cayo Santa María, (Cuba).

Sus autores han adaptado un modelo clásico de psicología ambiental (la matriz Kaplan) y han añadido, entre otras, dos variables relevantes para su análisis: la “sensación de estar lejos de la rutina” (being away) y “el atractivo estético del lugar” (aesthetic appeal).

La encuesta en este caso se realizó a 780 estudiantes de grado y posgrado de 20 universidades brasileñas y 21 universidades españolas, con amplia cobertura geográfica.

Los datos ponen de manifiesto que los turistas prefieren construcciones de baja intensidad, como los bungalows, a los gigantescos hoteles. Y la conclusión principal para los planificadores urbanos y también para los gestores y empresas turísticas es clara: la integración paisajística es una necesidad, no un lujo.

Y claro, no se trata solo de conservar el medio ambiente por razones éticas o ecológicas, sino por pura viabilidad económica porque una vez que el paisaje se degrada, se expulsa a los turistas. “La gente es ahora más consciente y prefiere menos impacto visual”, asegura Burgui.

De ahí que en este estudio los investigadores subrayen la importancia de realizar análisis previo antes de colocar el primer ladrillo. El diseño arquitectónico debe apostar por la integración en el entorno, sobre todo cuando hablamos de áreas de alto valor ecológico o visual.

Además, el artículo hace un llamamiento a la educación ambiental y paisajística. Es vital que tanto los operadores turísticos como los propios visitantes aprendan a valorar y exigir paisajes de alta calidad, fomentando la cautela ante las transformaciones que, en ocasiones, pueden ser irreversibles.

Ambos trabajos coinciden en un mensaje de fondo: un turismo realmente sostenible. Cuando preguntamos al investigador sobre si, en realidad, eso es posible, responde de manera afirmativa, pero reconoce “lo complejo” de llevarlo a la práctica.

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