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Sobre este blog

‘En legítima defensa’ és un espai de distanciament crític o d'implicació serena amb les coses de la vida, que s’imposa com a objectiu primordial la defensa del dèbil davant d’això que anomenen actualitat, que no és el que passa, sinó el que volen que creguem que passa, o això ens sembla. La nostra arma preferida és el floret, però no renunciem a fer ús de l'estoc si cal, encara que això puga restar-nos una mica de prestància.

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‘En legítima defensa’ es un espacio de distanciamiento crítico o de implicación serena con las cosas de la vida, que se impone como objetivo primordial la defensa del débil ante eso que llaman actualidad, que no es lo que pasa, sino lo que quieren que creamos que pasa, o eso nos parece. Nuestra arma preferida es el florete, pero no renunciamos a emplear el estoque si hace falta, a pesar de que eso pueda restarnos un poco de prestancia.

Masoquistas

Guiness World Record 2009.

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El sol tardará en extinguirse cinco mil millones de años. La Tierra puede ser habitable para nosotros durante los próximos mil millones en condiciones relativamente razonables. De toda esa inmensidad de tiempo, a cada uno de nosotros corresponde, teniendo en cuenta el parcheo y recauchutado que posibilita la medicina ahora mismo, una media de ochenta años. Los cálculos más optimistas, dejando aparte los delirios transhumanistas, aseguran que esa media puede llegar a los cien, lo que nos permitiría morir justo antes de convertirnos en lagartos de papel maché. Un poco de sol, un poco de afecto, sexo mientras haya ganas, comida caliente, los placeres del arte, el consuelo de la filosofía y compañía y soledad según las necesidades de cada cual y de cada momento. Eso, aderezado con el cultivo de unos vicios razonables y la paz que proporciona una conducta medianamente decente es todo lo que un ser humano sensato puede esperar de la vida. De ese modo la vida no solo puede llegar a hacerse llevadera, sino que lo que llamamos angustia existencial puede llegar a transformarse en una saludable indiferencia ante la nada que nos espera por muy chulos que nos pongamos.

No parece un objetivo demasiado ambicioso. Sin embargo, acabamos dedicando nuestras energías a todo lo que nos aleja de esos dones sencillos y asequibles. Somos presas del desasosiego, vivimos al borde de la histeria, permanentemente agobiados, ajenos al presente y siempre abocados a un futuro inmediato y apremiante sin que haya razones objetivas para tanto malestar. No hablo, claro está, de aquellos que padecen de verdad por razones inequívocas y temen por su vida de un modo más que justificado, sino de la gran masa que, hoy por hoy, tenemos el sustento y el techo más o menos asegurados. Da la impresión de que disfrutamos sufriendo, de que nos sentimos vivos mediante el sufrimiento. Si nada nos aflige, si se nos aflojan los cilicios, sentimos un extraño vacío. Y, que me llamen conspiranoico, pero no deja de ser significativo que sea la Administración la primera en venir en nuestro auxilio. Gracias a ella nuestra vida siempre tiene un punto de tensión, algún certificado que tramitar, algún impuesto que pagar, renovar el DNI, llevar el coche a la ITV, vacunar al gato… Necesitamos tener siempre alguna preocupación en la cabeza, acostarnos sabiendo que al día siguiente habrá algún pequeño problema que resolver, y en eso los poderes públicos no defraudan, nos proveen adecuadamente porque nos conocen mejor que nadie.

Y si ellos, y los bancos, la familia o los vecinos no nos dan bastante caña, ya nos encargamos nosotros de complicarnos la vida. Somos unos expertos en eso. En algún momento nos hemos convertido en una especie masoquista, y cabe preguntarse por qué. Se puede ser masoquista por muchas razones. Hay muchos que se infligen dolor tan solo para demostrarse a sí mismos que existen, y esta sería la explicación más simple. Pero también hay quienes aguantan estoicamente el dolor que les infligen los demás esperando obtener un bien mayor o para evitar un dolor más intenso. También están los que se provocan un dolor para enmascarar otro, e incluso los hay que se hacen maltratar para sentirse moralmente superiores a los maltratadores. Y por ese camino llegamos a un masoquismo especialmente tramposo, que consiste en autoinfligirse castigos porque así, supuestamente, uno adquiere la autoridad moral que necesita para legitimar su comportamiento y sacudirse la culpa. Así como hay quienes se pellizcan cuando están dormidos para ver si despiertan —eso dicen—, también hay quienes se mortifican cuando están despiertos para poder dormir. Son individuos que renuncian a la felicidad porque así no tienen que pagar ningún precio por ella, para atribuir a factores imponderables lo que saben que es responsabilidad suya y poder seguir adelante sin mayores remordimientos. Puede que por aquí vayan los tiros.

Con frecuencia oímos decir a cierto tipo de optimistas que nuestra vida no ha hecho sino mejorar desde la primera revolución industrial. Es un equívoco que ha calado en la percepción general y que el mago de Oz alimenta convenientemente desde detrás de la cortina. Como mucho podemos decir que hemos incrementado un tipo de confort que no alcanza al alma, pero no que vivamos mejor, al menos no en un sentido amplio. Todavía podríamos decirlo si esa comodidad imperfecta la hubiéramos alcanzado interactuando con nuestro hábitat de una manera cada vez más eficiente, pero ha sido al revés, la hemos obtenido a costa de destruirlo, y eso significa que vivimos peor. Dicho en términos económicos, hemos aumentado nuestro nivel de vida gracias a una hipoteca que no podemos pagar y el acreedor hace ya tiempo que está exigiendo que saldemos la deuda. Las causas del deterioro de nuestro entorno están bien a la vista y explicadas con todo detalle, pero no solo no hacemos nada por impedirlo, sino que no hacemos nada para afrontar las consecuencias. Esa ceguera y esa inacción hay que justificarlas de algún modo, y los mismos que nos metieron en ese fregado nos ayudan a hacerlo y, de paso, evitar deserciones y cerrar la boca a eventuales delatores.

Primero nos convirtieron en cómplices a través del consumismo, que no es sino la aplicación de la primera regla mafiosa: que todos se pringuen. Y ahora se ocupan de diluir la culpa: puesto que todos estamos en el ajo, todos somos responsables. En este contexto no deja de ser curioso cómo se bastardea a la ciencia para sumergirnos cada vez más en la parálisis e incrementar nuestra ineficacia ante los problemas objetivamente importantes, cómo nos van llevando, con más o menos disimulo, a la creencia de que la destrucción de nuestro hábitat es inevitable, consustancial a una forma de vida para la que —aquí está el meollo de la cuestión— quieren hacernos creer que no hay alternativa. Nos vamos a la mierda, pero nos han hecho creer que nuestro billete es de primera e incluye abundantes extras para que nos entretengamos durante el trayecto. Nos han metido en una historieta de ciencia ficción aterradora y la vivimos, cómo no, con fruición masoquista, como penitentes contritos y dolientes con ansias de redención.

Las razones por las que nos encaminamos al desastre se nos explican de tal modo que acabamos asumiendo colectivamente la responsabilidad del delito sin rechistar. Aquí tenemos, por ejemplo, lo bien que se las han arreglado para que ocupemos eso que de manera artera llaman tiempo libre soñando con escapar de este planeta supuestamente amortizado, en vez de mirar a nuestro alrededor y tratar de reconducir lo reconducible. Es algo que, entre otras cosas, demuestra hasta qué punto hemos perdido reflejos. Cuando la carrera espacial estaba en su apogeo, cada vez que aparecía una noticia sobre una de aquellas supuestas hazañas nos preguntábamos: «¿Por qué se gastan tanto dinero en eso y para el cáncer pasan el cepillo?». El mosqueo es ahora más pertinente que nunca, pero si alguien dice algo parecido se le tilda de simple, de demagogo o de algo peor. Ahora, mientras esas nuevas chicas de la Cruz Roja que son las ONG piden la voluntad para salvar a la gente que se hunde en el piso de al lado o a bordo de una patera, algunos se gastan lo que no está escrito programando viajes turísticos a la Luna o a la Estación Espacial Internacional, donde Tom Cruise ha anunciado que hará su próxima película, y nos parece normal.

Bueno, pues será normal si así le parece a la mayoría, pero no hay por donde cogerlo. La incógnita está en si la pandemia ha sido un regalo para los que sacan partido de todo esto o una oportunidad para que los demás reaccionemos ante esta lógica demente.  Parece que estamos tocando fondo, y eso puede que sea bueno. Dicen que ese es el momento en que uno toma impulso para salir a flote. El problema es que no está claro que lo hayamos tocado ya. O que estemos tan hondos que por mucho que nos esforcemos no podamos alcanzar la superficie.

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‘En legítima defensa’ és un espai de distanciament crític o d'implicació serena amb les coses de la vida, que s’imposa com a objectiu primordial la defensa del dèbil davant d’això que anomenen actualitat, que no és el que passa, sinó el que volen que creguem que passa, o això ens sembla. La nostra arma preferida és el floret, però no renunciem a fer ús de l'estoc si cal, encara que això puga restar-nos una mica de prestància.

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‘En legítima defensa’ es un espacio de distanciamiento crítico o de implicación serena con las cosas de la vida, que se impone como objetivo primordial la defensa del débil ante eso que llaman actualidad, que no es lo que pasa, sino lo que quieren que creamos que pasa, o eso nos parece. Nuestra arma preferida es el florete, pero no renunciamos a emplear el estoque si hace falta, a pesar de que eso pueda restarnos un poco de prestancia.

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Publicado el
29 de septiembre de 2020 - 11:34 h

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