Jim Campbell, la luz borrosa

Una de las obras expuestas en "Jim Campbell. Ritmos de luz". Fotografía de la web de Fundación Telefónica

El Arte de Luz debe existir, incluso innominado, en todas las culturas. En la nuestra quizás el ejemplo más espectacular sean los rosetones o vidrieras góticas que no solo son en sí mismas, sino que van extendiendo sus colores sobre la arquitectura del templo cómo un efecto autónomo, no figurativo.

En nuestros días, una parte sustancial del arte contemporáneo tiene una componente lumínica. Herencia de las bombillas y de precursores como el húngaro Laszlo Moholy-Nagy. Lastimosamente, los alardes nazis en el Estadio Olímpico de Berlín (1936) o Núremberg (1937) demostraron y bien a lo grande las posibilidades del medio, pero también mediatizaron su uso, sobre todo a esta escala.

Es por esto que tendríamos que esperar algún tiempo a que aparecieran nuevos visionarios como Otto Piene (alemán, 1928 -2014) dispuestos a retomar aquella ruta ya en los años 60. Muchos conceptuales de los 70, como Bruce Nauman, Joseph Kosuth o Mario Merz redescubren, por ejemplo, la maleabilidad y cromatismo de los neones y el hecho de que con ellos se puede escribir. Algo que los dueños de cines, cafés, restaurantes o barberías habían descubierto en los años 20. Todos hemos aprendido de Las Vegas.

 

En este amplio contexto Jim Campbell (Chicago, 1956) ocupa un lugar singular. En lo que percibimos y en cómo lo percibimos. Es decir, en la idea, la técnica y la experiencia. Contemplando estas obras, la primera sensación suele ser de extrañeza. La técnica básica es disponer LED en diferentes configuraciones ópticas, lo cual, también de forma básica, da lugar a imágenes en movimiento que parecen borrosas, desenfocadas. O, si habláramos de un entorno digital, muy pixeladas, sin la nitidez habitual incluso en el arte digital más lo-fi.

La respuesta está en la obra. El mismo Campbell comenta que las mismas piezas enseñan cómo han de ser contempladas y no solo es que tenga razón, sino que funciona. Prácticamente cada una de las obras está pidiendo a gritos ser mirada a una cierta distancia, indica que lo mejor es moverse o permanecer quietos, curiosear su funcionamiento… No es magia ni truco, se trata simplemente de cómo manipular nuestra percepción, esa cosa tan segura, de manera no agresiva.

Esta forma se operar se agradece. Por un lado no hay nada demasiado espectacular, que llame muchísimo la atención. Si no estamos ante un arte en minúsculas, andamos cerca. Por otro lado, descubrir de forma nada ardua como funciona cada una de las obras establece con ellas una cierta complicidad. Establecer relaciones causa-efecto es algo muy general en el arte basado en las nuevas tecnologías y es una de sus virtudes: no expulsa, sino que impulsa.

Veintisiete diagramas de videoarte y luz

La muestra es amplia, lo suficiente como para incluir una parte destacada de la obra de Campbell. Es más curioso que otra cosa que no esté uno de sus primeros trabajos y que sigue siendo referencial, el video Carta para un Suicidio de 1985. Tampoco está la reciente Self-Portrait in Positive Light (2014). Pero, ya se ha dicho, casi toda exposición consiste más en quitar que en poner. Y la obra de Campbell está bien representada y presentada.

El ambiente general es algo tenebroso, un aspecto que potencia los contenidos mismos de las obras. Los LEDs (y otros artefactos, como videos yuxtapuestos, bloques de resina transparente, diferentes superficies translucidas, video…) van desgranando luces y sombras que son secuencias borrosas de otros tantos videos, a veces extraídos de YouTube, otras veces de clásicos como Hitchcock.

Por alguna razón -sin duda el propósito del artista- todo conduce hacia una intimidad que va desplegándose según se supera el recurso tecnológico, siempre de primer orden en un artista que además es ingeniero electrónico. Las micro-secuencias que se dibujan en sus obras adquieren un carácter entre surreal y cotidianamente onírico y nos introduce en la perfectamente desconocida vida de otros.

Realmente, la obra de Jim Campbell, compleja como es en técnica y concepto, es arte para todos los públicos. Solo su trabajo sobre la percepción ya genera un montón de reflexiones, pero si añadimos el saqueo apropiacionista de lo universalmente distribuido (la Red) lo tecnológico deja de proponer simple paradojas llenas de ingenio y pasa a terrenos mucho más emocionales e incluso sociales. Una cosa para ver.

Fundación Telefónica ha desarrollado un programa educativo de visitas y talleres para escolares, familias y público general y un ciclo audiovisual donde se revisarán conceptos como el apropiacionismo, el metraje encontrado y la luz, presentes en la obra de Campbell.  El ciclo finalizará con un concierto audiovisual.

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18 de abril de 2015 - 19:07 h

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