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Crítica

‘La asistenta’, un penoso thriller doméstico donde Sydney Sweeney se lo juega todo a la complicidad acrítica del público

1 de enero de 2026 20:23 h

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Que la relación de público y crítica con la cultura estaba cambiando durante los años 60 se aprecia bien en uno de los textos más célebres de Pauline Kael. Trash, Art and the Movies (Basura, arte y películas) fue publicado en 1969 e indagaba, cerca de otro escrito clave de la época como Notas sobre lo camp de Susan Sontag (1964), en cómo una manifestación artística supuestamente fallida podía encerrar virtudes si se observaba con ojos lo bastante audaces. Kael, crítica de cine, quería explorar el posible valor de las películas “malas”. De un cine que consideraríamos basura.

Su intención no era contribuir a la progresiva articulación de la cultura de masas como algo cómodo y uniforme —relativizando cualquier noción de calidad— sino solo agitar supuestos, gamberrear. Lo que sucedió, tristemente, es que sus asertos le sentaron como un guante al tipo de escenario que promulgaba el capitalismo. Kael se arrodillaba ante el disfrute omnímodo del público y defendía que el pensamiento cinematográfico de su gremio debía ajustarse igualmente a él. Mimando su subjetividad. Prefiriendo dorarle la píldora y asegurando que, pensara lo que pensara, tendría razón.

“Nos interesan las películas porque las disfrutamos, y lo que nos gusta de ellas tiene poco que ver con lo que consideramos arte”, escribió. “Solo queremos mirar la pantalla y saber que nadie nos mira, que nadie querrá despreciar nuestros gustos”. En esta complaciente defensa del hedonismo, en su rechazo a que alguien pudiera sentirse desafiado —y a que, por tanto, su gusto abrigara ciertas exigencias—, Kael abanderaba un nuevo sentido común. Una sensibilidad paradójicamente acrítica que definiría la cultura como un lugar donde no se podía hacer otra cosa que consumir sin pensar.

Es un texto profético —conecta con opinadores actuales cuya poltrona se fundamenta en “hablar para el pueblo” y “decir siempre lo que piensan”—; no solo por su vocación populista, sino por cómo ciertos síntomas que enumeraba del cine mainstream han seguido evolucionando. Kael luego aseguraba que la televisión lo había infectado de forma irreparable. “Las películas se hacen ahora en función a lo que los telespectadores han aprendido a aceptar”. Lleva a pensar en cómo la producción destinada a streaming vulgariza hoy las formas cinematográficas. O, sencillamente, remite a los telefilms de toda la vida, a los que se asemeja tantísimo La asistenta. Una película que podría encajar, también, con lo que denominaremos “basura”. Dicho sea sin ánimo de reivindicar nada.

Literatura y cine de consumo

Freida McFadden jamás diría que lo que escribe es basura, aunque desde luego encara las entrevistas con saludable humildad. “No quiero escribir Guerra y paz, solo entretener”, dice. McFadden es la autora de La asistenta. Escribe bestsellers y es consciente de que se debe a un público muy amplio. 

Si mostrara una mínima ambición podría ganarse algunas burlas, y de todas formas no necesita disimular de dónde viene o cuáles son sus objetivos. Es la primera interesada en considerar que lo que hace es un “producto”. Desde esa autoconciencia se puede blindar de cualquier reproche.

McFadden ha escrito múltiples novelas en pocos años gracias a una curiosa intersección de tendencias en el mercado literario de EEUU. Por un lado, viene de la autoedición que facilitan entidades como Amazon (o Wattpad); los grandes grupos editoriales se interesaron por ella algo más tarde. Por otro, acude a nutrir la explosión del domestic noir —etiqueta que agrupa intrigas protagonizadas por mujeres en barrios residenciales— que trajo Perdida de Gillian Flynn en 2012, luego llevada al cine por David Fincher. Este imaginario había tenido cierto pábulo audiovisual en los 90 (La mano que mece la cuna), para verse relegado más tarde a telefilms de sobremesa.

En la última década, la cosa ha ido más allá. Cuando McFadden publicó en 2021 la primera entrega de La asistenta —ha tenido dos secuelas: El secreto de la asistenta y La asistenta te vigila, publicadas en España por uno de tantos sellos de Penguin—, se estaba sumando a un obvio boom, un nicho de mercado tan democratizado como específico. Podía medirse con firmas como Paula Hawkins y Colleen Hoover, mientras Hollywood corría a apuntarse a este afán explotativo. La chica del tren adaptó a Hawkins en 2016. Romper el círculo hizo lo propio con Hoover en 2024.

Romper el círculo no deja de ser un híbrido extraño, sin embargo. No pertenece realmente al domestic noir, aunque sí presenta una trama de violencia machista, y desde luego está emparentada desde varias vías con la adaptación de La asistenta. El actor Brandon Sklenar estaba ahí como ahora es el protagonista de La asistenta. Y seguramente su éxito de taquilla, al tiempo de motivar la adaptación de otra novela de Hoover —A pesar de ti se estrenó el pasado octubre—, agilizó los trámites para adaptar La asistenta de McFadden.

Que el director sea Paul Feig apunta a haber sido una decisión lógica. Paul Feig dirigió a Blake Lively, protagonista de Romper el círculo, en otro gran precedente de La asistenta. Nos referimos a Un pequeño favor (2018), adaptación de la novela de Darcey Bell. Al igual que La asistenta, Un pequeño favor ceñía su trama llena de giros a dos mujeres muy diferentes. Mientras que aquí eran Lively y Anna Kendrick, en La asistenta nos topamos con Amanda Seyfried y Sydney Sweeney. 

Un pequeño favor tuvo secuela, Otro pequeño favor, en 2025. Feig ha encadenado su realización con la de La asistenta, así que lo razonable es percibir este grupo de filmes como suscritos a un mismo interés creativo. Feig, cineasta especializado en comedias protagonizadas por mujeres —La boda de mi mejor amiga, aquella controvertida Cazafantasmas—, debe tener afinidad con el material de McFadden, y La asistenta debe ser la continuación orgánica de Un pequeño favor. El problema es que Un pequeño favor, aún definida por lógicas productivas similares, poseía una energía ausente aquí. Un pequeño favor no se resignaba a ser un producto. No quería ser basura.

El público se merece películas mejores

La gran pregunta con La asistenta es si ha sido manufacturada con la idea de que sea una basura. Es una pregunta difícil de responder, pero para indagar necesitamos fijar un punto de partida y este va a ser que, en efecto, lo es. Asumamos que La asistenta es una película malísima, en la misma medida que para encajar la propuesta de un filme como Anaconda hace escasos días debíamos asumir que la Anaconda original de los 90 era en sí misma otra cosa malísima. Este era el marco de la broma de Tom Gormican. El marco de la película de Feig es que simplemente todo está mal en ella. 

El guion se ha preocupado por seguir la prosa de McFadden no solo conservando sus giros rocambolescos —meros y pálidos ecos de las sorpresas de Perdida—, sino enhebrándolos con diálogos sumamente ridículos, defendidos con dudosa fortuna por los intérpretes. Sklenar es un actor absolutamente inexpresivo, Sweeney está perdidísima como la asistenta titular —se percibe bastante desesperación en cómo quiere alargar su ambivalente estrellato en Hollywood—, y Amanda Seyfried es la única que tiene cierto control de sí misma, o de lo que le pide la película. Su interpretación de la excéntrica ricachona que contrata a Sweeney abunda en histrionismos y no deja de alinearse aparentemente con las decisiones de puesta en escena de Feig.

Hay pocas decisiones de estas en La asistenta —el aparato visual se caracteriza por la monocromía televisiva mientras otros elementos como el diseño de producción o las canciones pop intensifican una imagen de lo más barata—, aunque las pocas que hay podrían iluminar una respuesta. Feig mueve la cámara lo justo para que un personaje entre en plano de forma inquietante, a ser posible con un golpe dramático de la música. Por lo demás prefiere ser invisible o tirar de montaje abrupto, comprometiéndose con la fealdad. No permite ningún asidero frente a sus miserias. Y, desde luego, no hay interés alguno por elevar un material que todo el mundo parece entender como de derribo.

Vale la pena insistir en la pregunta: ¿está haciendo Feig una película mala porque quiere? ¿Es algo similar a cuando el humorista Will Ferrell protagonizó Adopción peligrosa para reírse del domestic noir televisivo sin ninguna subversión más allá de su presencia? ¿Es un ejercicio intelectual estilo Secretos de un escándalo de Todd Haynes? Feig viene de la comedia y es un tío listo, no sería tan raro. La cuestión es que Un pequeño favor no era así. Un pequeño favor era el mismo tipo de película que La asistenta, y su instinto lúdico se materializaba con solidez, incluso sofisticación. 

La única conclusión, entonces, es que La asistenta es así por dejadez. O por algo peor, cinismo. Viniendo de un bestseller, teniendo asegurada la taquilla y las opciones de seguir adaptando la saga, ¿para qué molestarse en hacer algo bueno? La asistenta es un episodio más dentro de una cultura que desprecia sus propias obras sosteniéndose a partir de una complicidad prefabricada. Lo más doloroso en ese sentido es cómo busca adecuarse a una coartada legitimadora de género gracias a la tibia llamada a la sororidad que realiza el guion, o al hecho palmario de que su target esté feminizado. Como si las mujeres de interés casual por la lectura no se merecieran nada mejor.

También duele lo suyo que las críticas de La asistenta hayan sido mayormente positivas. Que, dejando en suspenso una mínima exigencia para con el tipo de cine del que hablamos —no, ningún tipo de cine merece ser “tan malo que te rías”—, hayan simpatizado así con una película que no te puedes tomar en serio. Asumiendo acaso los postulados de Kael —“Las películas son un arte vulgar y corrupto para un mundo vulgar y corrupto”, escribió, admitamos que con mucha gracia, en los 60—, para domesticar nuestra visión crítica a la medida de lo que quiere la industria cultural. 

Como La asistenta no se respeta ni a sí misma ni al público, no deberíamos respetarla. Así de fácil. No es lo mismo tener pocas aspiraciones que hacer lo justo para no entorpecer un determinado flujo económico. Incluso Kael estaría de acuerdo. En aquel texto ni se había planteado que pudieran existir basuras totalmente conformes con ser solo eso.