Mary Oliver, la escritora que celebra la naturaleza para alejarse del ruido y los horrores de la humanidad
La mujer se levanta temprano; le gusta contemplar el amanecer. Podría vivir como una campesina de antaño, guiándose por la luz del sol, ignorando el tiempo de los humanos. Esto último ya lo hace, un poco. Vivir a su ritmo, imponer su tempo, su forma de hacer. Después hará una larga caminata por el monte. Observa a las aves, sonríe a los insectos, no invade el territorio de los animales más grandes. Se orienta bien en la naturaleza, es de las que se funden con ella, que sienten la armonía entre el ecosistema de seres vivos. Luego lo escribe. Como muchos niños, creció en una familia disfuncional e hizo de los libros su refugio. La ayudaron a crear su propio mundo, a crearse un mundo.
Desde ahí, y sobre esas coordenadas vitales, escribe. Ella, la poeta: Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, 1935-Hobe Sound, Florida, 2019). Mujer discreta, voz poética indómita. Hay una elegancia inherente en quienes optan por pasar desapercibidos. Escritores que se presentan con biografías escuetas en la solapa de sus libros, que no frecuentan saraos y apenas conceden entrevistas. Dejan que su obra diga todo lo que tiene que decir sobre sí mismos, que suele ser mucho (y mucho más interesante). No necesitan el aplauso. Ni para el ego ni para las publicaciones. Ya se abrirán camino, y si no, tampoco les importa demasiado. Escribirán de todos modos, como ayer, como hoy, como han hecho siempre.
Son escritores, y un escritor escribe, nada más. Ella, a lo largo de más de medio siglo de carrera, publicó más de treinta libros, que han llegado con cuentagotas a estas latitudes. Hasta este año: Devociones (2019; Lumen, 2025) reúne una extensa selección realizada por la autora poco antes de morir, en versión original y en traducción de Andreu Jaume. Era una carencia importante en castellano, y por fin se ha subsanado. Coincide, además, con la publicación de otro libro, entre el ensayo y la memoria, Vita longa (2004; Errata naturae, 2025, trad. Regina López Muñoz), que sigue la estela de dos que ya le publicó la misma editorial, La escritura indómita (1995) y Horas de invierno (1999).

Todos son una excelente puerta de entrada al universo de una de las mejores poetas del siglo XX. Ella habría apartado la vista ante el elogio. Vivía para la poesía, pero su gran éxito lo alcanzó con su vida, de una coherencia con sus principios poco usual. Respeto, amor, naturaleza, libertad, paz, humildad. Todo lo que está en sus páginas, pasado por el tamiz de su intimidad, que nunca es solipsista, sino que abraza. Abraza sus allegados y a sus autores —impecables sus piezas sobre Ralph Waldo Emerson y Nathaniel Hawthorne en Vita longa, como las dedicadas a Walt Whitman y Edna St. Vincent Millay, a la que conoció y de quien fue albacea, en La escritura indómita—; a los animales, a los árboles y al viento; y al lector que entre en sus parajes, a él lo abraza también, si así lo quiere.
Para la edición de Devociones, optó por una cronología inversa: de su último poemario (Alegría, 2015) al primero (Ningún viaje, 1963). Todos, en cualquier caso, han recibido su aprobación, de modo que no sorprende observar en ellos unas constantes, como una primorosa atención a la naturaleza en toda su vastedad y riqueza, en su belleza silvestre e indomesticable: “… el mundo / crece denso, crece salvaje, y tú también / creces densa, dulcemente salvaje, tal y como tú / también naciste para ser”. Hay una comunión entre ella y el entorno; no es una espectadora, sino que se integra en el medio natural.
Su mirada no es, por lo tanto, la que romantiza el paisaje desde la admiración; tampoco la de quien huye del bullicio urbano para pergeñar un locus amoenus. Mary Oliver, que creció en un entorno rural, lo concibe de una forma más natural, nunca mejor dicho, sin forzar. Siguiendo la escuela de Emerson y Thoreau, encuentra el sentido en la unión con la naturaleza, en fundir la identidad individual en algo más grande e imperecedero, algo en constante renovación, digno de celebrar. Ahí, en esa espiritualidad que no tiene nada de religión dogmática, está lo que la salva del ruido y de los horrores de la humanidad.
Una guía para cuidar mejor las relaciones
Aunque carecía de formación científica, su familiaridad con el mundo natural, junto con su capacidad de atención, perfilan unas descripciones precisas y primorosas de todo tipo de plantas y animales, sin importar su tamaño o su fama. En un original poema en prosa, escribe sobre las alubias: “Ya sé lo que pensáis: es una / estupidez. Son solo verduras. […] / Nuestras manos, nuestras mentes / nuestros pies implican mayor inteligencia. / Pero ¿qué decís de la virtud?”. O, sobre el cisne: “¿Lo viste, a la deriva, toda la noche en el negro río? […] / ¿Y no sentiste en tu corazón cómo pertenecía a todo? / ¿Y ya has entendido finalmente por qué hay belleza? / ¿Y has cambiado de vida?”.
Sus poemas, sobre todo en la madurez, contienen una invitación a la alegría, al deleite de todo lo que el universo ofrece sin pedir nada a cambio, tan solo un poco de silencio, una pausa, una devoción sostenida: “A veces tan solo / necesito quedarme / dondequiera que esté / para sentirme bendecida”. Y, al contrario de lo que podría parecer, con su actitud no se esconde del mundo, no rehúye los conflictos contemporáneos; de lo que se trata es de resistir, no seguir la corriente, inspirarse en el medio ambiente para proponer otra manera de estar en el mundo, que permita recuperar este planeta maltrecho por los excesos humanos y cuidar mejor las relaciones, con los semejantes y con todo ser vivo.
Darse cuenta de que es posible, de que la naturaleza puede ofrecer consuelo y plenitud, que puede aliviar las heridas más profundas —ella sufrió abusos sexuales en su infancia, que tardó muchos años superar—, transforma la mirada, transforma al individuo. De ahí que, para muchos, la poesía de Mary Oliver sea algo más que un deleite o una forma de engrandecer el mundo interior; es una verdadera guía para la vida, si uno está dispuesto a escucharla. En una sociedad en la que los credos religiosos se han ido arrinconando, la trascendencia puede estar en esa comprensión amorosa del entorno, en reforzar lazos, en fundirse con algo más grande que uno mismo, que nos libera de nuestros autosabotajes.

Mary Oliver mantuvo una relación durante más de cuarenta años con la fotógrafa Molly Malone Cook (San Francisco, 1925-Provincetown, Massachusetts, 2005), que le hizo de agente. Era celosa de su intimidad, pero conocer este aspecto de su vida privada también dice mucho de ella, de la coherencia que asumió al vivir su identidad en una época en la que ser lesbiana y convivir con otra mujer era poco menos que un anatema. También dice mucho de su capacidad de amar, comprometerse y amoldarse a la rutina estable de una pareja, cualidades que se extienden a cuanto escribe. Hay un libro bellísimo, editado por Comisura, que retrata su relación conjugando los poemas de una y las fotografías de la otra, Nuestro mundo; un acceso privilegiado a una intimidad en plenitud.
La composición de los poemas de Devociones es tan libre como ella: hay piezas breves y largas, ciclos temáticos y estrofas sueltas, fragmentos verbosos y nubes ligeras, prosa poética y versos rimados, columnas convencionales y saltos por una escalera. El verso impone su forma; la poeta se pliega ante ella. Andreu Jaume la califica, con acierto, de “poesía de la atención en un sentido radical”, por cuanto abre su percepción “a un sentido más alto y como sobrevenido de la naturaleza, apartando el discurso humano”. Tiene una ética que difumina la subjetividad para integrarla en el ecosistema de lo vivo; solo desde ese entendimiento puede uno apartar los ojos de sus propios abismos.
Entonces alza la vista hacia lo que la rodea, un ganso, un estanque, un roble o la primera nieve. Ha educado la mirada para detectar la maravilla en lo minúsculo, lo diario: “Solo si hay ángeles en tu mente / podrás ver alguno algún día”. Leer a Mary Oliver es llenar los pulmones de aire limpio, respirar la naturaleza, olvidar por un rato las tempestades interiores para reconciliarse con el mundo y con la humanidad. Es recuperar el asombro de aquellos niños que contemplaban ensimismados los movimientos de una mosca o el diligente tránsito de las hormigas, y hallaban sentido en todo ello. Porque aún lo tiene, y no ha dejado de tenerlo nunca: “aunque ya no tengo veinte años, / y no los tendré nunca más, pues cuento, ay, setenta. Y aún / enamorada de la vida. Y aún / llena de fuerza”.
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