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ENTREVISTA

Máximo Huerta: “Mi paso por la política fue una incursión frustrada y ya está”

El periodista y escritor Máximo Huerta.

Máximo Huerta (Valencia, 1971) comenzó a escribir la novela Con el amor bastaba tras una dimisión impuesta hace justo dos años. No por casualidad, la melancolía impregna cada capítulo del libro y también sus palabras cuando recuerda su paso por la política española. Fue el ministro más breve de la democracia debido a sus desencuentros con Hacienda, desvelados a los seis días de la toma de posesión, y según él por el abandono de sus colegas socialistas y por el hostigamiento de sus colegas periodistas.

Aunque afirma que no le gusta darle vueltas a aquel episodio, reconoce que fue un proyecto emocionante que, “por responsabilidad”, habría afrontado con las mismas ganas durante la crisis del coronavirus. Pero le ha tocado estar al otro lado. Para el sector editorial están siendo unos meses difíciles que él ha sufrido en propias carnes, ya que la novela llevaba todo este tiempo lista “pero metida en un cajón”. Ahora, sin gira promocional ni ferias, solo confía en que “se lea igual de bien que la anterior”.

Durante el confinamiento también le cancelaron su programa en TVE, A partir de hoy, pero relativiza el momento y mira esperanzado a nuevos proyectos televisivos. Presume de ser “un currante” y de que, si el escándalo con Hacienda y sus escarceos con la política no frustraron su carrera, pocas cosas le pueden tumbar: “Ha habido lastres más complicados en mi vida y he tirado para adelante”.

Sus personajes hacen referencia al mito de Dédalo e Ícaro, un padre que por proteger a su hijo le acaba coartando la libertad. ¿En su infancia se sintió en algún momento como Ícaro?

Nuestro paso por el mundo es limitado y el escritor tiene que aprovechar todas sus experiencias. Pero no es un reflejo autobiográfico, aunque el mundo sí está lleno de Ícaros y de gente que es incapaz de volar. El protagonista podría ser yo y cualquiera, porque reivindica el valor de la diferencia frente a lo que llaman normalidad. Todos somos únicos y raros, como le dice el hermano a Elio en la novela. Nos pasamos la vida no siendo nosotros mismos, sino lo que otros esperan de nosotros mismos.

Su protagonista se llama Elio, como el de la película Call me by your name. Una bonita coincidencia porque ambas obras tratan el despertar sexual con otro hombre. ¿Hacen falta más cultura de la exploración?Call me by your name

Bueno, el mío se llama Elío, porque con H es el gas que flota. Como a García Márquez, me gusta mucho que los nombres tengan importancia, que sean parte de la literatura y de la narración. Helio es la personificación del rey Sol en la mitología griega y es también el gas. Lo elegí para que hasta el nombre flotara. Y en la novela trato su despertar sexual, pero también su crecimiento como persona y su valía como un ser diferente.

¿Le molestaría que lo etiquetasen como literatura queer?queer

Para nada. Que coloquen en el libro donde quieran. Mientras que lo lean, me da absolutamente igual. No tengo opinión sobre las etiquetas, solo que no creo en ellas: ni en la de literatura femenina ni en la de literatura queer. Esta no es más que una novela y la literatura no es más que literatura. Punto pelota.

Le dedica el libro a su madre, que también fue quien le acompañó al acto de toma de posesión de la cartera de Cultura hace dos años y al de dimisión. ¿Le quería agradecer todo ese apoyo?

Nunca le había dedicado una novela de una manera tan rotunda a mi madre. Creo que debería haberlo hecho antes. Ella me enseñó a leer, a escribir y a callar. Tengo 50 años y pertenezco una generación en la que los padres estaban casi ausentes. El mío era camionero, así que ella tuvo que enseñarme todo. Se merecía que le dedicase todas las novelas, no solo esta.

En cuanto al acto, la llevé al Ministerio porque era un día feliz e importante, creía en la responsabilidad, tenía mucha ilusión y porque las cosas buenas las comparto con mi madre y con mis amigos. Además, estaba acojonado.

Hace tiempo que habla con naturalidad de aquello, aunque reconoce que hubo “recochineo” y que se sintió como alguien fácil de ridiculizar. ¿En qué lo notó?

Hubo recochineo, claro. Ya he dicho mil veces que hubo varas de medir diferentes y las manejaron los medios, no los ciudadanos. La gente de a pie tiene muchos menos prejuicios que los periodistas y el trato fue distinto desde el primer día. Seguramente, como dice la película, por ser uno de los nuestros.

De todas formas le han dado muchas más vueltas los demás que yo, porque para mí fue un episodio importante, ilusionante, que empezó y que terminó. No me dedico a la política. Mi paso por ella fue una incursión frustrada y ya está. Igual que alargar los capítulos puede fastidiar una novela, en el libro de mi vida yo no quiero alargar aquel capítulo.

¿Y por qué cree que su nombramiento despertó una reacción de lo que usted llamó 'jauría' que no se ha repetido con José Guirao ni con Rodríguez Uribes?lo que usted llamó 'jauría'

No me gusta dar titulares de política, pero como soy muy hablador, al final siempre digo algo de lo que luego me arrepiento. He sido sacristán antes que fraile y no me apetece juzgar, valorar ni fiscalizar al resto de ministros. Pero hay una obviedad: a ninguno le han mirado el currículum con lupa como a mí.

Se cuestionó el mismo nombramiento como si yo no viniera de la cultura. Nadie valoró mis libros cuando acepté el cargo de ministro, yo solo era “el de la tele”. La política fue un barco al que me subí con responsabilidad y con ilusión y que tuvo poco trayecto, pero no puedo fustigarme eternamente. Sucedió así y ya está.

¿Hay algo que le quede por contar de aquellos seis días?

Hay muchas cosas que aún me callo. Mantendré el silencio durante mucho tiempo, porque generar titulares y nuevos conflictos no ayuda en nada. Ya hay demasiado ruido en este país. Yo prefiero el silencio. Quién sabe si, como Jorge Semprún, que escribió un libro cuando dejó el ministerio y que leí hace dos años, algún día escribo sobre mi dimisión. Desde las alturas, se verá mejor el paisaje.

Al resto de ministros no les han mirado con lupa el currículum como a mí. Se cuestionó y se valoró de una manera muy diferente el mismo nombramiento como si yo no viniera de la cultura.

Usted aceptó sin pensarlo. Pero ¿qué ocurre con la cartera de Cultura para que en dos años hayan pasado tres ministros y a muchos les cueste decir que sí?

No lo sé. Para mí era una cartera ilusionante, maravillosa y que habría disfrutado mucho. Los que deciden no cogerla quizá sea por el nivel de críticas que genera. Se juzga enseguida si eres deportista, si has escrito algo o si vienes de otro lugar. Nadie dice nada de que Illa no sea médico. No pasa nada. Pero a Cultura se la juzga de otra manera. Aún así, creo que la marca España es nuestra cultura (teatro, danza, Lorca, nuestra música o nuestra gastronomía) y que no hay cartera más hermosa.

Este sector se ha sentido abandonado durante la crisis del coronavirus. Desde la parcela que le afecta como escritor, ¿cree que el actual ministro lo ha manejado bien?

Eso ya no lo valoro. Mi lugar es muy complicado y no quiero que parezca que exijo nada. El timón ya lo llevan otros. Pero creo que lo primero que necesita la cultura es empatía. Ella ha sido muy generosa en estos tiempos de confinamiento, aún sabiendo que será la última en volver de esta gran crisis. Para mí, hace falta un Plan España de la Cultura que apoye a todo el sector y que escenifique esa empatía: que se note que es nuestro ADN, que es lo bonito de nuestro país y que es lo que nos define.

Dada la tesitura, ¿le alivia haber abandonado el barco y verlo desde el otro lado?

No pienso eso para nada. Yo acepté un cargo con toda la responsabilidad y posibles problemas que pudieran surgir. No soy naíf. No lo hice desde la inocencia del niño, lo hice desde la ilusión y la responsabilidad sabiendo que podía pasar cualquier cosa. Y yo creo que la única manera para afrontar esta crisis como ministro habría sido con mucha empatía, como he dicho.

Hace dos años dijo que se unía al Gobierno de la ilusión. ¿Cree que ese espíritu se ha mantenido tras las diversas elecciones?

No creo que se mantenga esa ilusión porque fue momentánea. Fue como un estallido y, más allá de las siglas, tenía que ver con el estado de ánimo del país, que le apetecía y sentía que había que cambiar. Pero enseguida regresó la batalla a los titulares y ese guerracivilismo que nos gusta tanto y en el que estamos instalados ahora también.

¿Vamos a salir más divididos de este confinamiento?

Creo que sí. Pero esta batalla de cacerolas contra aplausos no existiría si los políticos se hubieran hecho una foto conjunta y hubieran dicho que esto no va de bandos, sino de salud. Se les olvida que los muertos no tienen carnet y no lo ha hecho ninguno: ni Sánchez, ni Casado, ni Arrimadas, ni Rufián. Digo nombres, pero la culpa es de todos: de ciudadanos, de prensa y de políticos. De todos.

Uno de los grandes fenómenos del confinamiento ha sido el cruce entre periodismo rosa y política, algo que siempre ha reivindicado con su perfil. ¿Se puede concienciar e informar desde el entretenimiento?

La verdad es que he visto muy poca tele. Me he puesto otro tipo de mascarilla estos días: la informativa. Escuchaba el boletín cinco minutos por la mañana en la radio y, a partir de ahí, todo lo demás me parecía una trituradora de información. Prefiero la evasión. Pero es obvio que el periodismo se ha mezclado. Es un superviviente que no hace más que reinventarse y, si para ello la prensa rosa tiene que mezclarse con la información dura, lo hace. Pero eso ocurría desde antes del coronavirus.

¿Y al contrario? La incursión de tertulianos políticos en programas del corazón, como Merlos o Javier Negre, ¿ha beneficiado al discurso de la extrema derecha?

La extrema derecha tiene su lugar también en los titulares cuando damos altavoz a algunas burradas. Ya no se distingue la televisión de la radio ni de la prensa. No veo diferencia en que un tertuliano diga mentiras en la televisión a que se publique una cita antidemocrática en un titular. Las libertades cuesta mucho conseguirlas, pero se pierden en un solo día. Y ahí los periodistas tenemos que ser responsables.

Respecto a esto, las opiniones de Ana Rosa, su antigua jefa, sobre el estado de alarma han dado mucho que hablar. ¿Qué le parece que una presentadora se signifique tanto políticamente?

Que haga lo que quiera, porque lo han hecho todos. No queda nadie por significarse, si no es en un plató es en Twitter. Que yo coincida o no coincida con lo que dice, eso es otro tema.

Y hablando de platós, en este confinamiento también ha comunicado que TVE cancelaba su programa. ¿Qué opina de que se lo dijeran en esta situación? ¿Le han salido más proyectos televisivos a raíz de esto?

Yo ahí no soy más que un marinero que acata decisiones. Y sí, justo ayer dije que no a uno. Me llamaron varios productores y me preguntaron si estaba libre y dije que sí. Pero, como había que empezar en junio o julio agosto otra vez, y después de estar 65 días metido en casa, preferí disfrutar de la novela y escribir. Ya vendrán otros proyectos literarios, de comunicación o de lo que sea.

Al final, le siguen surgiendo proyectos ilusionantes. ¿Cómo explicaría que un escándalo político así no le frustrase las expectativas laborales?

Yo soy un currante hijo de camionero, que digo yo, y todo lo que tengo me lo he ganado pasito a pasito, desde mi primer puesto en un periódico local. Sé lo que cuesta ir consiguiendo trabajos y ha habido lastres mucho más importantes y complicados en mi vida. Hay que tirar para adelante: el éxito está en empezar.

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