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La desquiciante vida de Pete Doherty

Pete Doherty (The Libertines / Babyshambles) en una visita a Madrid en el año 2013

Nando Cruz

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Circulan no menos de una docena de libros explicando la vida, milagros y descalabros de Pete Doherty. Unos están centrados en la trayectoria de The Libertines y otros en la de Babyshambles. Los hay en inglés, francés e italiano. Existen sus diarios personales, la biografía de su compañero de correrías Carl Barât y hasta un libro firmado por su madre Jacqueline Doherty. Y luego, miles de artículos repartidos al 40/60 entre prensa musical y sensacionalista. El mundo no necesitaba otro libro sobre Pete Doherty, pero la pandemia y la persistencia del periodista Simon Spence (biógrafo de Happy Mondays, Stone Roses y Depeche Mode, entre otros) se encargarían de hacer realidad su primera autobiografía.

Un chaval prometedor (Alianza Editorial, traducido por Ana Pérez Galván) no es un libro escrito por Pete Doherty. Eso ya sería demasiado. Aburrido durante el confinamiento, el cantante accedió a entrevistarse con Spence y tras 60 horas de conversaciones y bastantes más ordenando el material cobraría forma un volumen que literariamente no tiene el más mínimo interés ―solo son transcripciones bien editadas de esas conversaciones―, pero que, por contra, aporta algo que ningún otro libro sobre Pete Doherty ha podido ofrecer: el porqué de todo lo que ha hecho y deshecho. Hasta la fecha sólo conocíamos los hechos. Ahora podemos descubrir qué pasaba por su desquiciada cabeza en los cientos y cientos de ocasiones en que la acabó liando.

La vida de Pete Doherty es algo así como la historia de todos los mártires del ‘club de los 27’ prensadas en un solo texto y multiplicadas por 3,14. Es tal la cantidad de desastres por página que su lectura deja aturdido y reventado. Parece imposible que haya vivido ―y sobrevivido a― todo lo que cuenta. Parece imposible que haya logrado desarrollar una carrera musical ―dos: Babyshambles y The Libertines han coexistido durante años― más o menos razonable entre tantas detenciones, encarcelamientos, juicios y curas de desintoxicación. La espiral de decadencia en que se sumergió alcanzó tal velocidad que, según cuenta en un pasaje, en un solo mes lo detuvieron cuatro veces. Páginas después, añade que una vez lo detuvieron tres veces... ¡en solo 24 horas!

La reacción más recurrente que genera este libro es la de lanzar un ‘¡no puede ser!’ tras otro. Los primeros son de pura incredulidad. Poco a poco llegan los ‘¡no puede ser!’ de empatía, los de tristeza, los de asombro y finalmente los de pura risa. Ejemplo: “Tuve que ir al juzgado para que se me dictara sentencia por el arresto del verano. Me prohibieron conducir durante dieciocho meses, pero lo reseñable es que se me cayó un montón de heroína del bolsillo, trece paquetes, mientras estaba en el tribunal. Me acusaron de otro cargo de posesión de drogas por ello. ¡Dios mío!”, exclama a toro pasado. Cuesta imaginar que haya existido una estrella del rock más torpe y desastrosa que Pete Doherty.

Un Forrest Gump del submundo

Leyendo ‘Un chaval prometedor’ se puede acabar creyendo que Doherty ha sido una suerte de Forrest Gump del submundo rockero londinense. Durante una década estuvo en todos los ajos: persiguiendo a The Strokes en su primera gira, trepando al escenario de un concierto de Yeah Yeah Yeahs, bailando en las fiestas de Jarvis Cocker, deshaciéndose de un admirador imberbe que resultó ser Alex Turner de Arctic Monkeys, trabajando de camarero en un bar que frecuentaba Shane McGowan, vendiendo speed a Dan Treacy (de Television Personalities), noqueando a Bobby Gillespie con un combinado de estupefacientes, vomitando en los zapatos del productor de jungle Goldie... Y estableciendo relaciones sentimentales con Amy Winehouse, Dot Allison y, cómo no, Kate Moss.

Este libro habla de un tipo que ha cenado con la primera dama francesa Carla Bruni rodeado de guardias armados y que ha dormido en narcopisos. Un tipo que se ha escapado de su propio concierto ―y ha sido devuelto al escenario por su guardaespaldas― y que se ha liado a puñetazos con espectadores de un plató de televisión. Un tipo que ha generado invasiones de escenario en el suntuoso Royal Albert Hall y redadas policiales antidrogas ¡con perros! en mitad de un concierto. Un tipo que ha recibido consejos del mismísimo Keith Richards: “Trata de no meterte en vena. Tienes que conseguir material de buena calidad, farmacéutico, y meterte por la piel, así hay menos riesgos”. Un tipo al que Paul McCartney ha tenido presente en sus oraciones. O eso asegura Pete Doherty que le contaba James, el hijo de 'Macca': “Siempre me decía que su padre rezaba por mí, que pedía a un ángel que velara por mí en mis horas más oscuras”.

El rosario de anécdotas es tan trepidante como las canciones que grabaron The Libertines, con la única salvedad de que aquí Carl Barât no tiene voz ni voto. De hecho, Un chaval prometedor es la mejor forma que ha encontrado Doherty para desmentir todo lo que su compañero de fatigas y otras personas cercanas hayan dicho de él en libros o entrevistas; porque Pete lo ha leído todo. Nada de ello implica que no exista arrepentimiento en muchas de sus explicaciones y que la mayoría de sus actos estén atravesados por dos realidades inapelables: 1) Doherty no soportaba el cariz ordenado y profesional que estaba tomando la carrera de los Libertines; y 2) Doherty iba drogadísimo la mayor parte del tiempo.

A veces parece que la inconsciencia que guió sus pasos durante décadas sigue presente en el libro. Ya en el prólogo, califica su autobiografía de “desquiciante” y “a menudo insoportable”. Se reconoce preocupado por si el tono descarnado y sin filtro de sus confesiones puede incomodar a otras personas. Y no es para menos: atribuye relaciones sexuales, adicciones salvajes, delitos e intentos de suicidio a unos cuantos compañeros de correrías. En su descargo hay que reconocerle que tampoco disimula sus deslices. Es tan preciso cuando desvela el origen de sus apasionantes canciones como cuando detalla sus enajenados arrebatos. Y es que el autor de Fuck forever se las ha apañado para seguir drogándose en cárceles y centros de desintoxicación. Y cuando lo han sometido a controles rutinarios se ha presentado con muestras de orina ajenas. O eso dice.

Solo la verdad y casi toda la verdad

A lo largo de más de 300 páginas, Doherty asegura haber trabajado como ayudante de albañil, barrendero, sepulturero y vendedor de palomitas. Reconoce que la primera crítica que publicó el New Musical Express la firmó su mánager ―cómo no, elogiosa―, que la primera inyección de dinero para lanzar al grupo fue un préstamo de sus padres y que la estrategia de su discográfica era crear unos Strokes ingleses. Pero tras aquellas primeras maniobras para posicionar a The Libertines, su siguiente objetivo fue generar el máximo caos interno: explorar cuán silvestre y desordenada podía ser la dinámica del grupo sin que eso conllevase su autodestrucción. Un desafío no compartido por el resto de la banda que, como es sabido, se resolvió expulsando a Pete. Hubo noches en las que el personal de seguridad tenía la orden de no dejar entrar a Doherty en la sala donde The Libertines estaban interpretando sus canciones. Y eso lo enloqueció.

La autobiografía está trufada de detalles escabrosos, sangrientos y escalofriantes sobre su adicción a las drogas. También, de su turbia relación con la prensa. Doherty explica ahora que ofreció varias exclusivas a los tabloides solo para obtener dinero con el que seguir pinchándose. La prensa, por lo tanto, costeó parte de su vertiginosa adicción. No solo eso. Según Doherty, llegó un momento en que le pincharon el teléfono a él y a varios familiares y amigos para obtener informaciones y fotografías. Algunas de las historias que contó en aquellas exclusivas eran pura invención, asegura en el libro. Y, claro, nada hace pensar que dentro de unos años se desmarque con nuevas declaraciones en las que desmienta algunas de las confesiones impresas hoy en Un chaval prometedor.

En un pasaje del libro, cuando intenta sin éxito explicar en quién se inspiró para la letra de Last of the English Roses, dice: “Uno de los escritores que me influyeron fue un autor portugués llamado Fernando Pessoa, que solía inventarse un montón de personajes, y en su correspondencia era muy difícil averiguar quién era inventado y quién era real”. Algunas páginas antes, y en referencia a The 32th of December y su intención de escribir canciones sobre sí mismo, ofrece otra confesión reveladora: “En cierto modo, me estaba automitificando. Eso es lo que siempre he hecho y seguramente siempre haré, intentar encontrarle el sentido o describir todo lo que me pasa en la vida”. No está de más tener presentes estas reflexiones mientras se disfruta Un chaval prometedor.

Una infinita maratón de obstáculos

Aun así, pocos artistas han transitado de forma tan suicida entre la jet set y los bajos fondos. De la mansión de Kate Moss a la okupa sin calefacción. De lanzar 3.500 libras al público de un concierto a huir de camellos a los que debía tanta o más pasta. De navegar en yates de lujo a comprar droga en el barrio barcelonés de La Mina. Glamour y sordidez se entremezclan constantemente en un relato donde el olimpo y el cementerio están a idéntica distancia. Un chaval prometedor avanza a la velocidad de una carrera de 100 metros obstáculos, pero la carrera es larga como una maratón. Su vida es una infinita maratón de obstáculos.

Las conversaciones entre Doherty y Spence finalizaron en 2021. Para entonces, Pete ya vivía felizmente instalado con su esposa, la realizadora de documentales Katia deVidas, en Etretat, un pequeño pueblo de la costa normanda francesa. Allí se ha sacado el título de patrón de barco y sueña con montar una librería para sus vecinos. Sale de vez en cuando para actuar con The Libertines, pero el alcohol y las drogas están totalmente prohibidos en el camerino. Peter Doherty: Stranger in my Own Skin, enésimo documental sobre su vida, dirigido esta vez por DeVidas, obtuvo el premio a la mejor cinta extranjera en la última edición del festival In-Edit. El certamen incluso anunció un breve concierto de Pete Doherty tras la proyección. Y… ¡cumplió!

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