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Cuentos de reyes y princesas

Josep L. Barona

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En los últimos tiempos el feminismo ha librado una ardua batalla contra el relato sentimental del amor romántico, porque su retórica puede conducir al sometimiento de la mujer. En cierto modo, el príncipe azul se ha caído del pedestal en el imaginario sentimental femenino. El significado de los iconos se transforma conforme la percepción social los desenmascara y reinterpreta. En cuanto la mujer ha tomado la palabra, el admirado donjuán y el príncipe soñador han transformado su faz: de héroe a monstruo generador de violencia, sometimiento y maltrato. Toda emancipación implica subvertir el orden y, en nuestro caso, eso pasa por desterrar al príncipe de la casa, al señor feudal de la familia, al déspota autoritario de la dirección empresarial o académica, en definitiva, a todo aquel, cuya única legitimación procede de ancestrales tradiciones de dominio.

Si gran parte de la ciudadanía ha sido capaz de rebelarse contra la tiranía del príncipe en el ámbito familiar y contra sus secuelas en forma de violencia doméstica, si lo ha hecho en nombre de los derechos, la igualdad, la libertad y el respeto, ¿por qué no acabar también con la impunidad del príncipe en el ámbito social, ideológico o incluso religioso? A ese respecto también el feminismo puede ser una fuerza emancipadora, capaz de transformar este universo nuestro tan contradictorio, lleno de resistencias y anacronismos.

La inviolabilidad repugna a la razón cívica. Deriva de lo sagrado, legitima tabús y perpetua privilegios. Surge de aceptar la desigualdad radical y forma parte del relato alienador del padre omnipotente, del caudillo heroico. La metáfora de la sangre azul establece la excepción, marca la diferencia entre dos categorías de seres, en un universo jerárquico que resulta incompatible con una sociedad libre y respetuosa con la universalidad de los derechos humanos. Los privilegios del príncipe proceden de la dicotomía entre lo mundano, sujeto a leyes, y lo sagrado o inviolable. Preservar ese privilegio siempre entraña formas explícitas o sutiles de violencia. El héroe es inviolable y su racionalidad es la del mito. Su reverso son las cloacas del estado y los chantajes, complicidades y trampas, secretos de estado y juego sucio. Hay príncipes omnipotentes que, cuando surge un Khashoggi contestatario o una periodista quisquillosa, entonces simplemente los eliminan. Imperturbable entonces, la aristocracia mundial de los príncipes mira hacia otro lado. Es la lógica de la dominación: no hay inviolabilidad sin sometimiento y complicidad.

Si, por el contrario, analizamos este curioso asunto desde el otro lado, desde la perspectiva de los derechos civiles (libertad, igualdad, fraternidad), si invitamos al príncipe a descender de su pedestal y despojarse de su sangre azul y sus ropajes áureos, entonces el ser inviolable se transforman en un delincuente, a veces de esos de tiro en la nuca, en pederasta inconfesable o en delicado canalla de guante blanco. Y todo lo demás - las conductas inapropiadas, las fortunas en Suiza, el tráfico de influencias, las inmunidades, los aforamientos, las inviolabilidades-, todo, todo, se desmorona transformado en un cuento chino, en un cuento de reyes y de princesas, una ficción infantil perpetuada por la pedagogía del sometimiento, el miedo y la hipocresía colectiva. Créeme lector: los reyes y los príncipes son los padres. Y para emanciparnos hay que acabar de una vez con los que viven del cuento.

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