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Turquía blinda el paso de refugiados por tierra y los aboca a arriesgar sus vidas en el mar

Protesta de cientos de sirios en la  la terminal de bus estambulita de Esenler el pasado 15 de septiembre contra el bloqueo al paso de refugiados por tierra | Lluís Miquel Hurtado

Lluís M. Hurtado

Cientos de refugiados e inmigrantes, la mayoría sirios, llevan dos semanas estrellándose contra un muro de agentes turcos encargados de cubrirle a Europa las vergüenzas. “Sólo rogamos que nos dejéis llegar a Europa por tierra, no queremos tener que cruzar por mar”, piden. La UE, que durante los últimos cuatro años de guerra siria ha sido rácana con sus víctimas, dos millones de ellas en suelo turco, ofrece súbitamente a Turquía una lluvia de dinero a cambio de contenerlas. El país euroasiático, que además acoge a unos 300.000 solicitantes de asilo de Afganistán, Irak y varios países africanos, espera un acuerdo con Europa mientras cumple a medias.

Las autoridades turcas han prohibido a los migrantes pisar Edirne, la ciudad más cercana a la frontera con Europa. Les han vetado la compra de billetes de bus para ir a Edirne. Mientras, los guardacostas turcos disminuyen periódicamente su control marítimo y permiten a las embarcaciones detectadas seguir adelante con su viaje a Grecia, excepto cuando están en peligro.

El bloqueo terrestre desató la rabia de los refugiafos el 15 de septiembre, primer día del veto. La terminal de bus estambulita de Esenler vivió una protesta surrealista. Como acto de desobediencia docenas de personas, convocadas por Internet y acompañadas de su equipaje, se congregaron junto a los andenes para partir a Edirne.

“¡Gracias Erdogan! ¡Gracias Turquía!”, clamaban los migrantes frente al cordón policial que les barraba el paso. Los antidisturbios, acostumbrados a aporrear a izquierdistas y kurdos, estaban perplejos. No osaban atacar a una muchedumbre que protestaba alabando al presidente turco. En un acto para simbolizar que su único deseo era que se les permitiese seguir avanzando hacia Grecia los presentes forzaron la retirada de un puesto de comida gratis ofrecido por el Ayuntamiento.

A lo largo de los siguientes días los policías trataron de bloquear, incluso sobre el asfalto de la autopista que va de Estambul a Edirne, a columnas de decenas de caminantes. El 17 de septiembre cerca de 2.000 personas lograron llegar a Edirne.

En otro giro extravagante el gobernador de Edirne, Dursun Ali Sahin, dio tres días de plazo a los recién llegados para volver a las provincias turcas de donde habían salido muchos, y dispuso autobuses para tal fin. Ordenó a las fuerzas policiales contener a los migrantes en una conocida plaza de la ciudad y bloquear todo intento de desplazarse a las fronteras con Bulgaria —con la que Turquía comparte 212 Kilómetros— y Grecia —269 Km—. Ambos países han colocado tramos discontinuos de vallas y sus fuerzas, especialmente las búlgaras, son conocidas por su trato agresivo con quienes intentan entrar en sus territorios.

En medio de un clima hostil, el gobernador se presentó ante las cámaras a practicar el rezo del viernes con los migrantes. Mientras tanto el primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, les aseguraba en un mensaje televisivo que “el mundo ya ha escuchado vuestra súplica, ahora volved a casa”. Muchos le obedecieron. Alrededor de unos 500 se quedaron. Esta última semana, festividad islámica del Eid al Adha, se designó al imam sirio Ilyas Ahmet para predicar ante varias decenas de compatriotas: “No vayáis a Europa. ¿Cuándo esa gente han sido hermanos y hermanas de los musulmanes? ¿Acaso nos han ayudado? Al contrario, han ocupado nuestro país”.

Esta presión logró expulsar de Edirne, el 24 de septiembre, a los migrantes acampados que quedaban. “Quienes tenían ya residencia en Turquía han sido devueltos a ese lugar, otros han sido enviados a campos de refugiados turcos —hay una veintena, donde caben no más de 300.000 personas en un régimen que ellos tildan de 'carcelario'— y se ha realojado a los que no tenían casa en hoteles de Estambul”, explica Özan Mirkan Balpetek, activista de la Red de Solidaridad con los Migrantes. “Los migrantes están descorazonados. Se sienten decepcionados no con el Estado en sí, sino con las normas migratorias”, prosigue. “Preveo que este sentimiento se volverá enfado y conflicto”, advierte.

“La situación en Edirne ha llegado a un punto tal que podemos definirlo como crisis”, asegura Dilsah Saylan, que coordina la sede en Estambul de la Asociación de Solidaridad con Solicitantes de Asilo y Migrantes (ASAM en siglas inglesas). Salyan reconoce dificultades para asentar a los solicitantes de asilo en Turquía, país que, aunque firmó la Convención de Ginebra de 1951, limita la concesión de estatus de refugiado a los solicitantes procedentes de Europa.

Eso desampara de muchos derechos, entre ellos el de trabajo, a los que vienen de Oriente Medio, Asia o África, que son mayoría. “Hay traficantes, hay mafias de órganos que se están aprovechando de la situación y engañan a la gente, asegurándoles que las puertas de Europa están abiertas. Han llegado a acudir a nuestra sede personas que nos pedían apuntarse para subir en el barco que, habían leído por Internet, les llevaría a Alemania”, ejemplifica. “Eso ahora mismo, sin un mecanismo diplomático, no es bueno para nadie porque lleva al caos”.

Algunos políticos europeos se han preguntado en voz alta por qué todos quieren llegar a Europa y no se asientan en Turquía, un país considerado democrático y estable por la comunidad internacional. Ankara ha invertido ya seis mil millones de euros en asistir a los refugiados y la cantidad, aunque sea superior a la aportada por Europa, no ha bastado. “El gobierno ha canalizado ese dinero según sus preferencias sectarias y ha favorecido a ONG de corte islamista, que a su vez han usado el dinero para hacer proselitismo religioso”, lamenta Nese Özgen, una académica que lleva años estudiando los flujos migratorios regionales.

“La AFAD —la agencia ministerial turca para la asistencia en crisis— organizó un campo de refugiados yasidíes en el sureste turco. Ninguno de ellos quería estar allí porque se impartía a los niños enseñanza islámica”. El yasidismo es una fe que muchos musulmanes tildan de “infiel”.

¿Por qué no quieren quedarse en Turquía?

La lista de motivos para no quedarse en Turquía es diversa. “La vida aquí es muy difícil. Los salarios son muy bajos y los precios altísimos. El alquiler de mi piso vale 850 liras turcas —246 euros— y mi sueldo es de 800 liras. ¿Cómo se supone que voy a vivir así?”, critica Ahmed Malek, un joven sirio en la veintena.

“Quiero estudiar en la universidad y aquí no se nos permite. ¿Porque soy sirio? Quiero ser abogado, aquí lo tengo muy difícil”. “Por lo general, a pesar de algunos problemas para acceder a sanidad y educación los refugiados están agradecidos a Turquía por haberles abierto las puertas para ponerse a salvo de la guerra”, indica Dilsah Saylan, que resalta un problema con que se están encontrando los trabajadores sociales turcos.

“Turquía ofrece varios servicios básicos gratuitos, entre ellos la sanidad, con la condición de que para acceder a ellos los sirios se registren. Pero hay que mejorarlos, especialmente la educación. Además, algunos de quienes escapan no se registran porque temen que, en caso de ser luego detenidos en Europa, se les deporte a Turquía al ver los datos de ese registro”. Saylan se refiere a un procedimiento, pactado a finales de 2013 entre Turquía y Europa, según el cual la Unión se reserva el derecho a deportar a Turquía a todo migrante detenido que se sospeche que llegó por suelo turco. Ankara tuvo que firmar esta norma como contrapartida para abrir el proceso de liberalización de visados Schengen para los turcos.

“Les preocupan los nuevos miembros de Turquía”

“La mayoría de solicitantes de asilo que se han ido vivía en Turquía intentando ganarse el pan. Pero les ha espantado el discurso racista de ciertos sectores políticos, incluidos algunos ataques por parte de turbas nacionalistas, y el deterioro de sus condiciones de vida. Han acabado concluyendo que no hay vida posible en Turquía”, detalla Nese Özgen.

“A los migrantes les preocupan los nuevos tiempos en Turquía, ya que se está experimentando una inflación en los productos básicos y un empeoramiento de la economía”. Tras trece años de desarrollo a la lumbre de las políticas liberales del islamista Partido Justicia y Desarrollo (AKP) la desaceleración económica, a la que se ha sumado un ciclo de turbulencias políticas, están depreciando la divisa local y preocupando a la población.

“Con más de dos millones de refugiados reales en Turquía es muy difícil corregir ciertos problemas, como encontrar trabajo para cada uno de ellos”, lamenta la coordinadora de ASAM, quien pide también más políticas para luchar contra la discriminación de los solicitantes de asilo.

“Turquía necesita apoyo, un gran esfuerzo diplomático para modificar la situación actual. Los refugiados no están contentos con su vida aquí, aunque otro motivo que detecto para querer saltar de Turquía a Europa va más allá de ese descontento, pues también ven las noticias y concluyen que allí tendrán una vida mejor. Últimamente hablamos con muchos refugiados que están dispuestos a irse a cualquier precio”, destaca Saylan.

Empujados al mar

Los solicitantes de asilo quieren ir a Europa, y Europa les cierra la puerta por tierra y eso los fuerza a hacerse a la mar. Las principales rutas marítimas actuales cruzan el mar Egeo. Una sale desde Bodrum, en el extremo suroeste del país, hasta la isla griega de Kos, y en la otra se zarpa de Esmirna con ánimo de llegar a las islas de Lesvos o Chios. Aunque son tramos relativamente cortos, de no más de diez kilómetros de agua, las fuertes corrientes marinas egeas, las extremadamente precarias condiciones de algunas de las barcas y del material de seguridad y la poca pericia de los pasajeros —los contrabandistas siempre encargan a uno de ellos capitanear el viaje— derivan en tragedias.

Según el viceprimer ministro turco Numan Kurtulmus los guardacostas turcos han rescatado, en lo que va de año, a más de 53.000 personas. Al menos 280 han muerto intentando alcanzar en barca el sueño europeo. La cifra amaga con subir con la llegada del invierno y la pauperización de las condiciones del trayecto.

Mientras tanto numerosas redes de contrabando, cada vez más amateur, hacen su agosto. Los hostales de las ciudades costeras como Bodrum suben sus precios. En esos mismos lugares florecen negocios de chalecos salvavidas, aunque en la mayoría de caso se trata de imitaciones de mala calidad. Se llegan a vender incluso chalecos rellenos de trapo, lo que en caso de hundimiento contribuyen a ahogar a quien lo porta.

En el patio del cuartel de los guardacostas del pueblo de Turgut Reis, cerca de donde suelen partir embarcaciones hacia Kos, hay una pila de barcas hinchables hechas un guiñapo. Parecen sacadas del todo a cien. “Son las de los últimos que hemos rescatado”, comenta el máximo mando del cuartel, que habla en condición de anonimato porque no se permite hablar con la prensa a los funcionarios turcos. “Hemos llegado a rescatar personas que iban en lanchas del BIM”, añade, refiriéndose a una popular cadena de supermercados turca de bajo coste.

En el flanco derecho del cuartel, en un pequeño pasillo que se forma entre el edificio y el rompeolas, permanecen desde hace dos días 33 sirios. “Deben quedarse aquí porque no hay más sitio en las dependencias de la Gendarmería”, explica el guardacostas, “aunque no los encerramos. Se les permite salir a comprar”. eldiario.es recibe permiso para hablar con ellos.

No destacan haber sido maltratados, pero lamentan tener que dormir al raso y sobre un suelo duro. “Esperamos a que se proceda con nuestro expediente, nos liberen y podamos volver a intentar llegar a Grecia”, explica un joven de Alepo que acaba de finalizar sus estudios de medicina y teme revelar su nombre.

Este chico critica a Turquía y a la UE porque “bloqueándonos un pasaje seguro nos están forzando a depender de las mafias de contrabando”. No les sirve de consuelo que, ante la gran cantidad de embarques diarios, los guardacostas turcos hacen periódicamente la vista gorda y permiten a las embarcaciones detectadas seguir adelante con su viaje a Grecia, como ha podido saber este medio.

“Con la crisis en casa, la UE quiere más recursos a Turquía”

Solo intervienen en caso de peligro, momento en que se emplean a fondo en rescatar a los migrantes. También quedó atrás el mes de abril pasado en que, según denunciaba el delegado del gobierno de Esmirna, guardacostas griegos pinchaban las embarcaciones que llegaban a sus costas para hundir a sus tripulantes. El muro menos infranqueable para los migrantes sigue siendo también el más peligroso.

“Ayudadnos, no queremos morir en el mar”, aparecía escrito en las pancartas que portaban los manifestantes de la estación de bus de Esenler. Los coordinadores de la protesta llevaban camisetas con la cruenta fotografía del niño Aylan Kurdi, que apareció ahogado en una playa del Egeo turco el dos de septiembre pasado.

Desde entonces, han muerto más de una veintena de personas más, y algunos niños han vuelto a aparecer —ya lejos de los focos— muertos en las playas turcas. “Ahora Europa, con la crisis en la puerta, trata de dar más recursos a Turquía”, dice la coordinadora de ASAM Dilsah Saylan. “Esta solución solo será temporal. Ambos deben compartir el problema. Se debe arreglar un procedimiento para que los refugiados lleguen con seguridad y regularidad a Europa. Esta será la mejor solución a largo plazo. ”Cruzar por mar es peligroso y muy caro“, insiste Ahmed Malek. ”Por tierra es más barato y seguro. Dejadnos ir a Grecia por tierra. Sólo queremos eso“.

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