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DESALAMBRE

Los refugiados rohingyas, al borde de un desastre de salud pública

Durante la Conferencia Internacional de Donantes, celebrada este lunes, la ONU y sus diferentes agencias han pedido 434 millones de dólares para atender a los más de 600.000 refugiados rohingyas

Familias enteras comparten espacios muy pequeños bajo lonas de plástico instaladas en terrenos fangosos y propensos a las inundaciones

Se dan situaciones que normalmente no son habituales, como adultos que mueren por deshidratación, a pesar de tratarse de casos simples de diarrea

Después de una ola de violencia dirigida contra los rohingya, más de 530,000 personas huyeron a Bangladesh desde el estado de Rakhine en Myanmar desde el 25 de agosto.

Antonio Faccilongo/MSF

Casi 600.000 refugiados rohingyas han huido a Bangladesh en los últimos dos meses
buscando seguridad. Y no parece que las cifras vayan a disminuir: 40.000 personas
cruzaron la frontera desde Myanmar solo en las últimas dos semanas; señal de que la violencia aún continúa en el estado de Rakhine.

Es difícil comprender la magnitud de una crisis hasta que uno la ve con sus propios ojos. Los asentamientos de refugiados son increíblemente precarios: refugios improvisados hechos de barro y láminas de plástico, fijados con bambú y esparcidos a lo largo de todas aquellas pequeñas colinas.

Si uno se detiene en la entrada principal del asentamiento de Kutupalong, que ya era hogar de varios miles de rohingyas antes de este reciente éxodo, las cosas parecen incluso un poco organizadas. Pero todo es muy distinto cuando
exploras las zonas más alejadas de ese asentamiento, cuando te adentras en los bosques y en las áreas que no tienen carreteras.

Casi no hay servicios disponibles y la situación de vulnerabilidad en la que viven todo el mundo allí es impactante. Familias enteras comparten espacios muy pequeños bajo lonas de plástico instaladas en terrenos fangosos y propensos a las inundaciones. Tienen muy pocas pertenencias, están expuestos a sufrir
ataques de elefantes y no tienen acceso al agua potable, letrinas, alimentos o atención médica.

Aún llevan aún poco tiempo allí, pero se encuentran bajo mínimos. La gente vive al día, tratando de cubrir sus necesidades básicas. Actualmente, la respuesta humanitaria está bastante dispersa: se reparten láminas de plástico en un solo lugar, mientras que en otros lugares se distribuyen bolsas de arroz o agua.

En Kutupalong, donde MSF gestiona un centro médico desde 2009, hemos aumentado
nuestra capacidad para hospitalizar pacientes de 50 a 70 camas y ahora atendemos entre 800 y 1.000 pacientes al día. Nuestros equipos están tratando situaciones que normalmente no son habituales, como adultos que colapsan o que mueren por deshidratación, a pesar de tratarse de casos simples de diarrea.

Llegan muy débiles y están viviendo en muy malas condiciones; por eso les ocurren este tipo de cosas. También hemos abierto nuevos proyectos de atención médica y de agua y saneamiento en otras partes de Cox's Bazar, donde tratamos de responder lo mejor que podemos al crecimiento exponencial de las necesidades médicas. Pero es necesario que otras organizaciones den un paso al frente. En lo que respecta a la salud pública, todo aquello es una bomba de relojería que está a punto de estallar.

No debemos olvidar que el origen del actual desplazamiento de los rohingyas es la crisis que se está viviendo en Myanmar. La gente no huye de sus hogares sin razón. Se van porque sus vidas están en peligro y no tienen otra opción.

Cientos de miles de ellos siguen atrapados en Myanmar, viviendo aún ese terror, y ahora se encuentran al margen de la ayuda humanitaria. No hay organizaciones internacionales que tengan acceso a quienes están aún allí dentro.

Bangladesh ha dado la bienvenida a más de medio millón de personas en dos meses, lo cual es un extraordinario acto de generosidad. Pero esta respuesta viene acompañada de grandes desafíos. Ningún país en el mundo puede satisfacer necesidades tan grandes por sí solo. Por eso, instamos al Gobierno de Bangladesh a que mantenga sus fronteras abiertas, pero también a la comunidad internacional para que apoye este valiente gesto.

Es el deber de los donantes ayudar a evitar el desastre de salud pública que podría llegar a ocurrir. Y solo podemos hacerlo si nos aseguramos de que se cubran las necesidades vitales más básicas de una población que ha sufrido violencia, violaciones y tortura.

Necesitamos que más organizaciones en el terreno construyan letrinas, instalen bombas de agua, proporcionen atención médica y distribuyan alimentos. Y para que esto ocurra, el Gobierno de Bangladesh tiene que facilitar la presencia y el trabajo de las organizaciones de ayuda y permitir que se desplieguen otras organizaciones humanitarias que aún no están sobre el terreno.

Esta Conferencia Internacional de Donantes debe ser una llamada de atención. Hay que aprovechar este marco para movilizarnos y evitar una segunda catástrofe, y devolver así la dignidad de una población que a día de hoy tiene enormes necesidades.

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