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Sobre este blog

Me dedico al periodismo, la comunicación y a escribir libros como “Exceso de equipaje” (Debate, 2018), ensayo sobre el turismo que se desborda; “Biciosos” (Debate, 2014), sobre bicis y ciudades; y “La opción B” (Temás de Hoy 2012), novela... Aquí hablo sobre asuntos urbanos.

Sigo sin poder usar BiciMAD, pero al menos he podido hablar con la empresa responsable

Pedro Bravo

Ayer fue el día más feliz de mi vida. Después de semana y pico de intentos en un montón de estaciones, o totems, como parece que hay que llamarlos, conseguí mi tarjeta de abonado a BiciMAD en la Plaza Juan Pujol, Malasaña.

Ayer fue el día más triste de mi vida. Como no quise usar la tarjeta en el mismo momento de su parto, por eso de ir conociéndonos y pasar un rato a solas, esperé hasta llegar a la del Dos de Mayo para mi primera vez. Y mi primera vez fue un horror. El tótem se comió mi tarjeta y no quiso expulsarla. Yo, desesperado, llamé una y otra vez al 900 922 381 pero nadie me contestó.

La tarjeta sólo salió del vientre del tótem, como Jonás del de su ballena, cuando uno que pasaba despistado por allí pulsó la pantalla sin querer y me hizo el favor de su vida. Qué alegría.

Probé otra vez. Probé otra vez el sabor de la frustración. En esta ocasión en forma de un mensaje que decía “RFID incorrecto” y la tarjeta expulsada sin bici que llevarme a cabalgar.

Más llamadas al 900 y un tuit a la cuenta de @bicimad. Y más nada. Como ya era tarde, me tuve que ir a dormir. A dormir poco y mal, preocupado por un servicio público de alquiler de bicicletas que iba a revolucionar la movilidad de mi ciudad pero que, de momento, sólo da disgustos.

Hoy me he levantado con ganas de respuestas. Me he encontrado en la misma estación que me dio mi tarjeta con unos encargados de mantenimiento de los aparcabicis que estaban a lo suyo y les he asaltado a punta de preguntas. Me han explicado que todo esto viene de la caída del sistema de los primeros días, que eso es lo que ha generado el desbarajuste posterior y que eso de RFID no lo habían oído nunca. No sé por qué pero no me he quedado más tranquilo y tampoco me ha servido como versión oficial. Así que he llamado al departamento de prensa del Ayuntamiento, que me ha remitido a las declaraciones del delegado de Medio Ambiente y Movilidad, Diego Sanjuanbenito, de hace un par de días y ya recogidas aquí.

Después he llamado a Bonopark, la empresa concesionaria del servicio, y he podido hablar con Elena Roura, responsable de comunicación. Y me ha contado que todos los problemas vienen de los ataques al servidor que han sufrido desde el primer día: “Eso es lo que ha ralentizado el servicio. Y desde entonces estamos intentando normalizarlo y hacerlo más seguro. Con ese objetivo hemos limitado funcionalidades como las de abonarse desde los totems o el uso esporádico. Pero aún siguen yendo despacio las comunicaciones y por eso hay incidencias como que no se pueda usar la bici en otra estación que en la que se sacó la tarjeta”.

El caso es que, según cuentan desde Bonopark, el porcentaje de tarjetas entregas anda ya por el 50% y subiendo y que están trabajando para solucionar los problemas. Además, dicen, han hecho auditorías de seguridad e informes “y en unos días pondremos la demanda por los ataques o lo que nos aconseje el departamento legal”.

Pregunto si se ha pensado en una compensación a los abonados que no estamos pudiendo usar el servicio con normalidad: “Lo que hicimos desde el primer día, ante los problemas para recibir las tarjetas, es que el año natural cuenta desde que la recoges. Para otro tipo de compensaciones, deberemos consensuarlo con el Ayuntamiento”.

Ya que estoy, comparto con mi interlocutora las críticas que también hay por la gestión de la comunicación de la crisis. “En este tema, estamos trabajando en tres sentidos: dar información a través de redes sociales y atender allí todo tipo de cuestiones; atender a todos los medios de comunicación que nos llaman; y poner gente en las estaciones para atender a los usarios. Y desde el principio hemos admitido nuestros fallos”.

Y aquí es donde yo me pregunto si esto es suficiente y si no habría sido conveniente utilizar todos los tótems para informar, por ejemplo, con carteles. Pero la verdad es que la cosa no es fácil. En Madrid hay tantas ganas de bici —pública y privada— como ganas de hacer leña del árbol que parece que se cae y ahora mismo ningún trabajo de comunicación es capaz de gestionar el guirigay que se crea alrededor de cualquier asunto. Otro reto a sumar al arreglo del entuerto informático.

Como es comprensible, la portavoz de Bonopark no se ha querido mojar en una fecha de normalización de la cosa pero se ha mostrado esperanzada. “La gente no tiene por qué saber cómo funciona todo esto, pero los sistemas públicos de alquiler de bicicletas suelen dar problemas en el inicio, tardan en estabilizarse”. Tiene razón. Lo que está pasando en Madrid pasó parecido en Barcelona y en Sevilla, por poner dos ejemplos de por aquí. Pero, precisamente por eso y por la propia experiencia de Bonopark en el establecimiento del sistema de San Sebastián, también de bicis eléctricas, quizás en Madrid se podía haber evitado con un periodo de prueba o una implantación paulatina. “Nosotros habríamos preferido instaurar el sistema poco a poco”. ¿Queda claro?

A mí, sí. Así que salgo de nuevo a pasear con mi tarjeta y a ver si puedo probar una bicicleta. Lo intento en una estación. Nada. Lo intento en otra. Nada de nada. Se ve que la vida en BiciMAD sigue igual, al menos para mí. Por suerte tengo mi bici. Y mi bici, por fortuna también, no depende de un sistema informático para funcionar. Sólo de mis piernas.

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Me dedico al periodismo, la comunicación y a escribir libros como “Exceso de equipaje” (Debate, 2018), ensayo sobre el turismo que se desborda; “Biciosos” (Debate, 2014), sobre bicis y ciudades; y “La opción B” (Temás de Hoy 2012), novela... Aquí hablo sobre asuntos urbanos.

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