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La Casa Blanca prohíbe la transferencia de tecnología en su ofensiva en la guerra fría con China

El presidente de EE.UU., Joe Biden,  en la Casa Blanca, en Washington.

Gambito de dama. La Administración Biden sigue convencida de jugar con blancas en el ajedrez geoestratégico global y bajo la influencia de una desaforada táctica de apertura. El último de los movimientos decretados por Washington interrumpe los flujos de venta de material tecnológico estadounidense a China, en especial los de manufacturas de chips y semiconductores con altos niveles de innovación. Es un movimiento unilateral, sin consultar a sus aliados, a pesar de que invoca la extraterritorialidad de una norma diseñada para alterar los controles a la exportación dentro de su circunscripción federal, pero que se extralimita y va más allá de su propia jurisdicción nacional, ya que obliga a cualquier otra nación a asegurarse de que cualquier venta —directa o de intermediación— de estos componentes a China no estén fabricados con algún tipo de tecnología estadounidense. “EEUU ha implantado una agresiva táctica para impedir o retrasar la capacidad tecnológica de China”, admite Emily Kilcrease, del Center for a New American Security.  

La invasión de Ucrania alumbra una nueva Guerra Fría económica entre los bloques de China y EEUU

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Ya ha ocurrido en el pasado. La Ley Helms-Burton de los años noventa reforzaba el embargo a Cuba con la prohibición de que otro país pudiera realizar negocios comerciales con el régimen caribeño, so pena de sanción por parte estadounidense.

La nueva prohibición se ha puesto en liza con carácter inmediato. La Casa Blanca ya ha enviado misivas oficiales a empresas como KLA Corp, Lam Research o Applied Materials en las que les requiere interrumpir de forma urgente, incluso si la mercancía está en transporte marítimo en curso, con semiconductores y chips de tecnología avanzada con destino a factorías chinas.

La reacción del equipo económico de Biden se considera la de mayor calado desde las primeras transferencias de tecnología made in USA a China a comienzos de los noventa. El propósito, nada oculto a tenor de las negociaciones que han trascendido, es forzar a las compañías estadounidenses y extranjeras a cortar toda transferencia de know-how e innovación tecnológica dirigida a fabricantes chinos y, muy en especial, a sus firmas de diseño de chips y componentes.

Washington reconoce la dificultad de su táctica de diplomacia económica. “Hemos impuesto controles unilaterales que serían poco efectivos si no se adhieren a ellos nuestros aliados”, dijo una fuente oficial a Reuters. Pero, de igual manera, esas mismas voces admiten que también “se podría poner en riesgo el liderazgo tecnológico americano” en caso de que los socios geoestratégicos y comerciales de EEUU no se sumen a esta prohibición.

Más clavos en el ataúd de la globalización

Esta medida comercial, aunque de indudable calado geopolítico, no es la primera que el líder demócrata toma contra China desde el estallido armado en Ucrania. Apenas diez días después del inicio de la confrontación, abrió un primer frente por los subsidios industriales y tecnológicos de Pekín, al emprender procedimientos oficiales de investigación de las ayudas chinas a empresas con intensa e histórica vocación exportadora, que perjudican seriamente a la economía americana, según la Casa Blanca. Un paso amparado legalmente por la Sección 301 de la Trade Act americana, la misma norma a la que acudió Donald Trump para instaurar la guerra arancelaria contra el gigante asiático en 2018.

Ambas iniciativas activan mecanismos legales, a través del ordenamiento jurídico federal, tanto de sus tribunales como de las leyes antidumping y antitrust, para elevar reclamaciones al ámbito multilateral; sobre todo, a los paneles de arbitraje de la OMC. Pero también buscan reorganizar las fuerzas geopolíticas y empresariales estadounidenses para abordar un potencial y cada vez más factible decoupling [desacoplamiento] de dos bloques comerciales antagónicos, liderados cada uno por las dos superpotencias.

La sucesión de escudos protectores desde la alta diplomacia económica ha sido común en ambas capitales.

Del lado del régimen de Xi Jinping se han reanudado las llamadas emisiones de deuda especial, un mecanismo que le reportó beneficios financieros a Pekín durante la Gran Pandemia o la crisis asiática de finales de los noventa. También la prohibición de cruzar datos a firmas extranjeras en Hong-Kong para tratar de mantener el pulso inversor chino en Wall Street. Desde el punto de vista monetario, desde Pekín se ha procurado el reforzamiento de la alianza BRICS con el doble desafío de elevar el peso exterior del yuan y acabar con la hegemonía del dólar, táctica en la que también cuenta sobremanera la banda de fluctuación que maneja el Banco Popular de China a su antojo para sostener la cotización del rinminbí, su unidad en los mercados cambiarios.

Pero también por parte de EEUU. Como por ejemplo la puesta en marcha del denominado Tratado Indo-Pacífico, que involucra a Japón e India junto a otra decena de naciones asiáticas en la promoción del comercio y las inversiones, dentro de un espacio que acapara el 40% del PIB mundial (Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Singapur Indonesia, Filipinas, Malasia, Tailandia, Vietnam o Brunéi). Este tratado ha desatado las reticencias de Pekín por considerarlo el espejo económico-comercial estadounidense del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad AUKUS, la denominada OTAN del Hemisferio Sur oriental: una alianza militar forjada por Australia, Reino Unido y EEUU —de ahí su acrónimo— a la que Japón, el cuarto integrante del diálogo Cuadrangular, ha dado la bienvenida, y con la que coquetea Corea del Sur.

Estos pactos están “encaminados a establecer corazas anti-chinas”, avisa la diplomacia de Pekín. Pero al mismo tiempo, como admiten en UBS, preparan a China en el terreno monetario, económico y geopolítico ante “el riesgo de un des-ensamblaje financiero forzado”; de ahí que el renminbí “continúe elevando su estatus en las reservas de divisas”. Durante el XX Congreso del Partido Comunista, su máximo cónclave que se convoca cada cinco años y ha iniciado su andadura este fin de semana, Xi ha avanzado que china “se mantendrá fuerte” en toda colisión con EEUU en el mundo y en Asia, a pesar de los “intentos de la Casa Blanca de aislar o de minimizar el poderío económico” del país. 

Señales desde EEUU a favor de la fragmentación

“Es de esperar mayores confrontaciones en el futuro entre EEUU y China” explica Bonnie Glaser, director del Programa Asia en la Fundación Alemana Marshall. En su opinión, “esta subida de las retóricas y advertencias diplomáticas causará un shock y alteraciones significativas que elevarán el tono y el riego de crisis, pero que también deberían acabar irremisiblemente en un diálogo de índole bilateral donde se establezca algún tipo de coexistencia pacífica” entre ellos. En donde el decoupling jugará un papel esencial como fórmula de resolución, aunque signifique el final del proceso de globalización.

La China de Xi y los EEUU de Biden parecen dos trenes a gran velocidad avanzando en sentidos opuestos, sin que se sepa a ciencia cierta si están a punto de colisionar. Pero con la toma de temperatura en el affaire de Taiwán que, a veces, en los últimos tiempos, ha situado el mercurio del termómetro al borde del desbordamiento.

Biden alertó en marzo de la escalada de obstáculos inversores y comerciales a China al inicio de las hostilidades en Ucrania, con mensajes de que la amenaza rusa y la del gigante asiático eran asuntos concatenados, aunque de resoluciones divergentes. Y avanzó que la protección de la tecnología americana tenía varios puntos de mira enfocados a sectores estratégicos de Pekín como los semiconductores, la Inteligencia Artificial (IA), el espectro 5G o los vehículos eléctricos, a los que Xi identifica como áreas de liderazgo global para China.

En Just Security, un think-tank sobre seguridad nacional y política exterior estadounidense, han hecho inventario de la lista silenciosa de instrumentos que Biden ha implantado contra Pekín. Ya en marzo de 2021, en sus primeros cien días de gestión, mandó aplicar a la Comisión Federal de Comunicaciones, al Pentágono y al Departamento de Comercio una lista negra de compañías chinas que pudieran atentar contra la seguridad nacional americana, que incluyó a Huawei, ZTE, Hytera, Hikvision o Dahua -todas con alto perfil tecnológico- y que al mes añadió a firmas de computación y de la industria militar.

En paralelo, la Casa Blanca impuso sanciones a oficiales chinos por la represión de 2020 y 2021 en Hong-Kong y a compañías, en otra orden ejecutiva presidencial, que, como China Telecom en EEUU dejaron de tener licencia para proveer sus servicios en suelo americano por razones de seguridad nacional. Una extensión de la que posibilitó a Donald Trump prohibir operar a TikTok o WeChat. Y en diciembre pasado, Biden levantó un muro importador a la región de Xinjiang por abusos de derechos humanos contra la población uigur, entre los que se citaba la esclavitud laboral.

Los expertos de este foro de análisis mencionan también la promoción de programas de inversión de capital y comerciales a Taiwán en el ámbito de las energías limpias y la digitalización, dejando entrever la elección de EEUU de la isla como enclave para sus empresas de semiconductores y alta tecnología con intereses en Asia. Este hub estadounidense a las puertas del Mainland China se completa con el aviso sobre una posible intervención militar estadounidense en favor de la independencia de Taiwán; el reforzamiento del concepto estratégico de la OTAN desde la cumbre de Madrid, la expansión del estatus militar y económico norteamericano en la región Indo-Pacífico.

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