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El FMI abre el debate sobre las subidas de los tipos de interés e incluye repensar el objetivo de inflación del 2%

Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo (BCE), tras anunciar la decisión de subir los tipos de interés 0,5 puntos, hasta el 3%, el 2 de febrero. El ciclo de aumentos arrancó en julio de 2022 desde el 0%, y continuará en marzo con otro incremento de 0,5 puntos.

Daniel Yebra

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El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha decidido abrir el debate sobre las subidas de los tipos de interés. Destacan las peticiones de más agresividad, aunque se incluye la necesidad de repensar el objetivo de inflación del 2% respecto al que toman las decisiones la mayoría de los bancos centrales actualmente.

El organismo ha reunido distintas publicaciones sobre el rumbo de la política monetaria, y reconoce que la actual crisis de precios exige nuevas recetas. Los artículos y comentarios, publicados este miércoles, están firmados por dirigentes en activo, como la segunda del propio FMI, Gita Gopinath, o el economista jefe del Banco Central Europeo (BCE), Philip Lane. Y por otros mandatarios retirados, como el ex gobernador del Banco de Japón, Masaaki Shirakawa, o economistas de primer nivel, como el catedrático de la Universidad de Priceton (EEUU), Markus K. Brunnermeier, o Raghuram Rajan, de la Universidad de Chicago.

El FMI enfrenta así la agresividad de las subidas de los tipos de interés oficiales que están aplicando los bancos centrales para luchar contra la inflación. Un incremento del 'precio' del dinero que busca ahogar la demanda de las familias, la capacidad de inversión de las empresas y de financiación de los estados. Y que asume el riesgo de provocar una recesión económica y un aumento del desempleo, pese a que esta estrategia no interviene en los mercados intercionales de energía, ni en las cadena de suministro del globales, distorsinados por pandemia y la invasión rusa de Ucrania y que son el origen de la crisis de precios.

“A la mayoría de los economistas se les escapó el repunte de la inflación, y tenemos que entender por qué, y cómo la política monetaria puede tener que cambiar en el futuro”, arranca Gita Gopinath. “Deberíamos reconsiderar las prescripciones políticas ampliamente extendidas antes de la pandemia, que se basaban en una curva de Phillips plana [según la que la inflación solo aumentaba ligeramente cuando disminuía el desempleo]”, continúa la economista, quien incide en que “algunos errores muestran nuestra incomprensión de la curva de Phillips y del lado de la oferta de la economía”.

“Otro punto de vista anterior a la pandemia era que los principales bancos centrales podían utilizar su credibilidad para pasar por alto las perturbaciones temporales de la oferta, como los elevados precios del petróleo, y suponer que la inflación sería transitoria”, explica.

“Los bancos centrales deben mantener el rumbo y los tipos de la política monetaria restrictivos hasta vean signos duraderos de que la inflación vuelve a su objetivo”, concluye, porque, en su opinión, “no podemos tener un crecimiento económico sostenido sin restablecer la estabilidad de precios”. Y matiza que “la política fiscal debe desempeñar un papel, con ayudas específicas para los más vulnerables que no estimulen la economía”.

Con restrictivo se refiere a que el encarecimiento de hipotecas y préstamos acabe dañando críticamente la capacidad de consumir de las familias y de invertir de las empresas.

Philip Lane se mantiene totalmente alineado con la subdirectora gerente del FMI. “Todos los hogares se benefician de la estabilidad de precios a medio plazo”, argumenta. “Los pobres son los más afectados por una inflación persistente. En consecuencia, redunda en nuestro interés colectivo que el BCE se centro principalmente en el retorno oportuno de la inflación a nuestro objetivo del 2%”, se extiende el economista jefe de la institución europea.

E insiste en que “las medidas fiscales que compensan directamente el impacto de los movimientos de los tipos de interés pueden ser problemáticas en términos de eficiencia de la política monetaria”. Las medidas de apoyo fiscal para proteger a la economía del impacto de los altos precios de la energía “deben ser temporales, específicas y adaptadas para preservar los incentivos para consumir menos energía”, finaliza.

Cambiar el objetivo de inflación

Entre las propuestas más novedosas resaltan las del japonés Masaaki Shirakawa, quien sostiene que “los objetivos de inflación fueron una innovación surgida como respuesta a la estanflación de los años setenta y principios de los ochenta. No hay ninguna razón para creer que son inamovibles”.

“Ahora que conocemos sus limitaciones, ha llegado el momento de reconsiderar la base intelectual en la que nos hemos apoyado durante los últimos 30 años y renovar nuestro marco de política monetaria”, lanza el que fuera gobernado del Banco de Japón entre 2008 y 2013.

¿Por qué un 2%?

Sobre el objetivo de inflación del 2% hay que entender que es “una cifra de consenso, relativamente reciente y que no procede de ningún estudio empírico”, según explicó María Jesús Fernández, economista senior del centro de análisis Funcas, a elDiario.es hace unos meses. Es una cifra “baja, estable, y predecible para la inflación general, incluyendo todos los precios, también los salarios, con la que nadie sale perjudicado”, detalló la experta.

“Es un objetivo arbitrario, pero justificado”, coincidió entonces Javier Ferri, investigador de Fedea. Ahora, 2% es mejor que 0% porque “una pequeña inflación ofrece margen de seguridad respecto a la deflación, que tiene efectos [incluso] más perniciosos”, explicó María Jesús Fernández. Además, “ofrece margen de actuación [a los bancos centrales] en caso de una recesión”, añade. Margen para, al contrario que ocurre ahora, bajar los tipos de interés, facilitar la financiación y estimular la demanda y la actividad.

Hay más. Un 2% “permite sortear la inflexibilidad de los salarios a la baja”, señaló la experta de Funcas. Con un crecimiento de los precios moderados, se pueden estancar los salarios sin dañar en exceso a los trabajadores en caso de que “una economía sufra desequilibrios y tenga que ganar competitividad”, aclaró María Jesús Fernández.

Y, por último, hay argumentos más populares, como que “la inflación general reduce las deudas”, o que “una pequeña inflación obliga a los ahorradores a invertir, para que sus ahorros no pierdan valor, y así busquen destinos más rentables, o productivos...”, consideró.

¿Se podría modificar este objetivo? Recientemente, el BCE lo mantuvo incluyendo “flexibilidad”. El gran impedimento para elevarlo en plena crisis de precios es la credibilidad de la banca central. Según la teoría, si se pierde la confianza en que puede contener la inflación en un plazo razonable, las expectativas de los agentes económicos se descontrolarían, provocando una espiral de búsqueda de más rentabilidad, más salarios, y de más tipos de interés.

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