Caja Madrid y la bomba atómica
Dicen desde Génova que Mariano Rajoy esta vez no se resigna a que Esperanza Aguirre se suba a sus barbas, que está harto de tanta rebeldía y que hasta aquí hemos llegado: que Ignacio González no presidirá Caja Madrid. Pero las mismas fuentes también recuerdan que, si de verdad Rajoy se atreve a presentar batalla abierta contra Aguirre, sería la primera vez. “El PP no es un partido federal”, recordaba hace unos días Gallardón. Es cierto: en teoría, Rajoy tiene en los estatutos del PP armamento de sobra como para imponer su criterio a cualquier barón autonómico. Está en su mano, en su firma, destituir a Aguirre como presidenta del PP de Madrid: nombrar una gestora que dirija el partido regional y convocar un congreso extraordinario. Pero pocos creen que Rajoy se atreva a pulsar ese botón rojo, un misil al que Aguirre respondería con otro: la creación de un nuevo partido escindido del PP, lo que probablemente mandaría a la derecha a un largo invierno nuclear.
Las bombas atómicas sólo sirven de algo si tu enemigo piensa que estarás lo bastante loco como para usarlas. Por eso a Rajoy le funciona tan mal la diplomacia, el soft power, frente a un rival que, si estuviese en su lugar, no dudaría. De hecho, Aguirre ha lanzado ya 33 misiles: ha creado 33 gestoras en distintas agrupaciones municipales de Madrid durante los últimos años.
Y si Rajoy no recurre a la bomba en la batalla de Caja Madrid, ¿qué otras opciones tiene? En realidad, muy pocas. En Génova confían en que el recurso judicial que presentó Gallardón alargue aún más el proceso electoral y que el candidato González se queme en el camino. Material inflamable parece que no falta.
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