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Situada entre dos cerros, el Pico Frentes y el Cerro de Santa Ana, y bañada por el río Duero, Soria es una pequeña gran ciudad que no llega a los 40.000 habitantes. Pasear por su casco antiguo es como volver atrás en el tiempo, con calles cargadas de historia que albergan buena cantidad de edificios de estilo románico y gótico: algo de lo que solo unas pocas ciudades españolas pueden presumir. A principios del siglo XII el rey de Navarra y Aragón Alfonso I el Batallador le concede fuero de población, si bien esta zona ya estaba habitada en el Paleolítico. La ciudad es conocida con muchos nombres y títulos: Muy noble y Muy Leal Ciudad de Soria”, “Soria pura, cabeza de Extremadura”, “Soria, la bien cantada”, “Soria, fría, ciudad castellana, tan bella bajo la luna”… todos ellos bien fundamentados.

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Y curiosamente, Soria es una de las capitales (también su provincia) menos conocidas de España por su patrimonio cultural y natural. Son muchos los que me preguntan: “¿Pero Soria merece la pena?”. Cuando digo que hace casi 40 años que vengo a estas tierras, mis amigos me dicen: “¿Soria? ¡Pero si ahí no hay nada!”. Pues sí, amigos, Soria es una de las provincias del interior de España que esconden un tesoro tras otro… y cuando crees que ya lo has descubierto todo, te vuelve a sorprender.

La capital soriana es como un pueblo grande en el que, a pesar de sus bajas temperaturas en invierno, puedes sentir el calor de su gente durante todo el año. Como buenos castellanos, siempre presumen de su tierra y la llevan orgullosos en su corazón, aunque muchos hayan tenido que abandonarla en busca de nuevas oportunidades.

Ya cantaba Gabinete Caligari que “Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán”, y si ambos poetas ensalzaron estas tierras, por algo será. ¿No os entra el gusanillo de la curiosidad por 'Andar en bici' visitando sus mágicos rincones? Pues ¡hala!, venid con nosotros.

Vamos a iniciar nuestro recorrido desde el Cerro de Santa Ana, con una panorámica privilegiada de la ciudad, de la llanura que la envuelve y sobre todo del río Duero. Es fantástica la vista sobre  el río ancho, de aguas profundas que se adueña del paisaje de roquedo horadado del que Machado cantaba: “Colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas roquedas/ por donde traza el Duero/ su curva de ballesta. / En torno a Soria, oscuros encinares, / ariscos pedregales, calvas sierras,/ caminos blancos y álamos del río, / tardes de Soria, mística y guerrera… ¡Campos de Soria, / donde parece que las rocas sueñan, / conmigo vais!”. Es en esta privilegiada atalaya adonde no hace muchos años los sorianos subían la madrugada del 24 de junio para ver salir el sol como prolegómeno de las fiestas de San Juan, que hay que vivirlas una vez en la vida… por lo menos.

Tras admirar la espectacular visión nos dejamos caer hacia el Duero y tomamos la senda fluvial que, “flanqueada por los chopos melancólicos, con muchísimas iniciales de enamorados y sus fechas sacras” (Gaya Nuño), nos conduce río abajo desde la ermita templaria de San Polo, hoy de propiedad privada, que sirve de puerta de entrada a todo el entorno mágico del Duero donde cada cual puede dar rienda suelta a su imaginación. Muy cerca del arco se puede ver en una pequeña finca un crucero sobre escalones: es la glorieta que lleva el nombre del relato 'El rayo de luna', pues la fantasía de Bécquer quiso ver reflejado en el Duero, desde ese mismo punto donde está la cruz, un blanquísimo traje de mujer que le enamoró; tras muchas noches de insomnio y búsqueda de la propietaria de tan alba vestimenta, cayó en la cuenta de que solo era un rayo de luna que jugueteaba en las aguas del río.

Muy cerca nos encontramos con la pradera donde los sorianos se dan cita el Lunes de Bailas para apurar las últimas horas de las fiestas de San Juan. Y en corto paseo llegaremos al lugar más representativo de Soria, la ermita de su patrono San Saturio, cimentada sobre la roca viva mirando al río, que es el lugar más visitado de Soria y en cuyo interior se conserva la cueva en la que el santo pasó buena parte de su vida. Es uno de los enclaves paisajísticos más bellos y emblemáticos de la ciudad, inspirador de alguna de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer y de la obra poética de Antonio Machado: un lugar precioso y sobrecogedor desde el que además se pueden contemplar unas maravillosas vistas de la ciudad en la ribera opuesta.

Con la bici al hombro o dando un corto rodeo por pista de tierra descenderemos al puente de San Saturio, donde los enamorados cuelgan centenares de candados como símbolo de amor eterno. Por tanto hoy ya no podemos decir con Gerardo Diego aquellos hermosos versos: Río Duero, río Duero, / nadie a acompañarte baja, / nadie se detiene a oír / tu eterna estrofa de agua”.

Ya en la ribera derecha, el Paseo de San Prudencio nos llevará al Estadio de Los Pajaritos, sede del C. D. Numancia, y a la cercana Universidad en el sur de la ciudad. Y por la Avenida Mariano Vicén nos dirigiremos al centro neurálgico de la urbe, la Plaza de Mariano Granados, donde podremos dar un agradable paseo por La Dehesa, el pulmón verde de Soria en el que nos sorprenderá el Árbol de la Música, que tan buenos ratos ha hecho pasar a todos los sorianos. Allí mismo encontramos el Museo Numantino, el centro cultural más importante de la ciudad, cuyas piezas de arqueología recogen cronológicamente la historia de Soria y su provincia desde el Paleolítico Inferior, en especial las extraídas de los yacimientos de Uxama, Numancia y Tiermes. Igual es el momento de degustar la costrada o la mantequilla soriana en la Mantequería York, pues quien no lo ha hecho no podrá decir que conoce Soria. Luego, ya más calentitos, nos sorprenderemos con la iglesia de San Salvador, el ayer y el hoy de un templo soriano pues, manteniendo el ábside románico, se levantó en 1967 un edificio moderno.

Por la calle Santo Tomé, que separa el casco antiguo de las nuevas barriadas al norte, llegaremos al Convento de la Merced, que tuvo entre sus frailes el inmortal Tirso de Molina. Y allí mismo iniciamos el ascenso a El Mirón, otro de los lugares de solaz y recreo de los sorianos. En ese agradable entorno hay bancos que son usados por los ancianos para jugar a cartas, un parque infantil, un hostal, la iglesia barroca de la Virgen del Mirón, la estatua de San Saturio y la antigua muralla medieval de la ciudad. El precioso paseo que de ahí parte concluye en uno de los parajes privilegiados de la ciudad con una de las mejores vistas del Duero: el Mirador de los Cuatro Vientos. Por este paseo Machado acompañaba a su esposa Leonor cuando ya estaba muy enferma a respirar aire puro: un monumento metálico que se colocó en este tranquilo paraje nos recuerda a ambos con sus siluetas unidas.

Nos dejamos caer de nuevo hacia la zona antigua para detenernos a admirar sin prisas la espléndida iglesia de Santo Domingo, una de las grandes joyas del románico en nuestro país, cuya impresionante fachada es conocida como 'la Biblia de Piedra'. Luego, pasando por el Instituto Antonio Machado, donde el inmortal poeta sevillano dio clases de francés y se enamoró de la tierra soriana, nos adentraremos por las calles que nos llevan a El Collado, la calle más animada de la ciudad. Más tarde volveremos a esa calle, pero antes vamos a acercarnos a visitar la iglesia de San Juan de Rabanera, de finales del siglo XII. La entrada principal cuenta con una portada románica perteneciente a otro templo que quedó en ruinas, por lo que a principios del siglo XX decidieron instalarla en este edificio.

De regreso a El Collado daremos un pequeño rodeo para admirar una nueva fachada, esta renacentista, la del Palacio de los Condes de Gómara, del que dicen que el mismísimo Felipe II vetó su proyecto inicial para impedir que acabara eclipsando al de El Escorial. Y en un centenar de metros ya nos hallaremos en el centro de la Plaza Mayor, donde nos rodean algunos de los edificios más prestigiosos de la urbe: Santa María la Mayor, donde contrajeron matrimonio Machado y Leonor y solo cinco años después se celebró el funeral de la novia; el Palacio de la Audiencia; el Ayuntamiento (antiguo Palacio de los Doce Linajes); la Fuente de los Leones, un regalo de Carlos IV a la ciudad, y a un paso la Torre de Doña Urraca. Por cierto, si se os ha abierto el apetito ¿por qué no dar buena cuenta en alguno de los restaurantes más afamados de la ciudad de algún plato típico como la caldereta, el cordero asado, las migas al pastor, las setas o las trufas?

Abandonaremos la plaza en que nos hallamos por la calle Pósito, que nos lleva directamente a la iglesia de Nuestra Señora del Espino, patrona de Soria: así evitaremos rodeos tontos, con solo ascender una docena de escaleras de piedra hasta la entrada al recinto del templo. Pero será mejor que nos desviemos a la puerta principal para admirar el edificio plateresco y quedarnos conmovidos, como Machado, ante el árbol más conocido de la ciudad: “Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas nuevas le han salido…”. En el cementerio anejo reposan los restos de su amada Leonor.

Emocionados, vamos en busca del río Duero y en el camino contemplaremos las ruinas románicas de la iglesia de San Nicolás,  antes de detenernos de nuevo para visitar la Concatedral de San Pedro, gótica en su interior y barroca por fuera, y en especial su espléndido claustro, otra joya más del románico soriano. No olvidemos que esta diócesis se llama de Osma-Soria, con lo que en la provincia hay dos catedrales.

Atravesaremos a continuación el Puente Mayor, situado en un bello entorno natural y realizado en piedra con ocho arcos de medio punto sobre el río soriano por excelencia. Y a un paso nos está esperando otras de las estampas típicas de la capital castellana: los Arcos de San Juan de Duero, un claustro muy evocador, con un verde césped que contrasta con la piedra y el cielo azul. Existen pocos lugares tan bellos y melancólicos como estas ruinas de un monasterio levantado por los caballeros hospitalarios en el siglo XII. Este entorno inspiró la leyenda del Monte de las Ánimas de Bécquer, por cuanto dicho paraje se sitúa justo a su espalda, en esas laderas de la montaña que cuentan la historia de caballeros y espíritus malévolos que se dejan ver cada noche de difuntos y que envuelven de sangre y misterio las muertes de Alonso y Beatriz.

Y para finalizar este recorrido turístico por la 'ciudad de los poetas' os proponemos un plan que no podréis rechazar: pedalear tranquilos por el Paseo de San Prudencio hasta llegar a Soto Playa y tomaros un torrezno y una cerveza que nos sabrán a gloria tras este entretenido deambular por las calles de la hermosa urbe soriana. Y si a alguno le parece que no se ha cansado lo suficiente como para ingerir tantas calorías, siempre podrá enfrentarse a la meta habitual de las carreras ciclistas de los aficionados de la provincia: la ascensión al Castillo: el aperitivo le sentará a las mil maravillas en el Parador Antonio Machado, tras un buen baño en la piscina municipal.

La capital soriana es como un pueblo grande en el que, a pesar de sus bajas temperaturas en invierno, puedes sentir el calor de su gente durante todo el año. Como buenos castellanos, siempre presumen de su tierra y la llevan orgullosos en su corazón

Han sido en total 18 kilómetros de una ruta más que entretenida pero rompepiernas, porque si algo tiene Soria son cuestas. Aunque quien no se haya atrevido con el Cerro de Santa Ana inicial apenas habrá tenido que recorrer una decena de kilómetros. O, simplemente, cada uno puede elegir su recorrido en función de los sitios que quiera visitar o de su preparación física. En cualquier caso de lo que sí estamos seguros es de que, como decían los de Gabinete Caligari, nos iremos de este entorno maravilloso subyugados y entonando a pleno pulmón: “Todo el mundo sabe que es difícil encontrar / en la vida un lugar / donde el tiempo pasa cadencioso sin pensar… / A la ribera del Duero / existe una ciudad / si no sabes el sendero… / Cuando divises el Monte de las Ánimas / no lo mires, sobreponte / sigue el caminar. /… Voy camino Soria, / ¿Tú hacia dónde vas? / Allí me encuentro en la gloria / que no sentí jamás”. Y es que, amigos, Soria… ni te la imaginas.

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