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“La Transición ha dado de sí todo lo que tenía que dar”

Rafa Aguirre posa durante la entrevista.

Rafa Aguirre (Bilbao, 1941), teólogo y catedrático emérito por la Universidad de Deusto, acaba de ser distinguido con el Premio Mario Onaindia a la Libertad y la Democracia. Recibe a este periódico en su sencillo despacho universitario. La conversación salta de la convivencia en Euskadi tras el final de ETA, a la situación de los refugiados en Europa, el papel de los intelectuales o las novedades que el pontificado del Papa Francisco está suponiendo para la Iglesia católica. Se detiene en la necesidad de regenerar la vida pública tras la corrupción política que ha anegado la política española.

Muy pegado a la actualidad, analiza lo que ha supuesto la irrupción de Podemos y cómo ha ido evolucionando su discurso en el último año. Sostiene que España ha entrado en un “nuevo ciclo político” y defiende cambios en el sistema que consagró la Transición. “Las cosas que no son capaces de cambiar, perecen”.

Está usted recién premiado

Ha sido mi primer premio. Realmente fue una sorpresa agradable y el acto muy emotivo, entre amigos: Víctor Urrutia, Felipe Juaristi, que cantó y todo, la mujer de Mario Onaindia. Algunas canciones, por cierto, que a la gente le llegaron muy dentro, algún tema de Imanol. Allí estaba toda una generación.

Parte de la generación que trajo la libertad.

Los amigos de Mario

El premio lo comparte con gente como Agustín Ibarrola, el realizador Elías Querejeta…

Y la librería Lagun

¿Qué le sugiere estar con ese grupo de personas?

Son gente que se significó en la lucha contra el franquismo, por la libertad y luego también contra ETA, con una trayectoria ininterrumpida a lo largo de toda su vida por la libertad en un ambiente bastante hostil en este país. Te encontrabas incomprendido por unos y por otros con mucha frecuencia.

En su biografía se le presenta también como uno de los intelectuales que nunca se ha callado en este país y que ha escrito mucho sobre el terrorismo de ETA.

Siendo cura… porque parece que el de los curas ha sido el único gremio al que ETA no amenazó; pero bueno hubo alguna excepción.

¿Ha habido mucho silencio cómplice en este país?

Terrible, sí, sí. Silencio cómplice, no querer ver lo que pasaba, mirar para otro lado. No hubo una reacción de la opinión pública tremenda contra ETA; no es verdad. A ETA la vencieron las Fuerzas de Seguridad del Estado. Frente a los que defendían la teoría de que esto era un empate infinito y que había que hacer concesiones políticas, yo siempre estuve en contra.

¿Por qué le cuesta tanto al mundo de la izquierda abertzale reconocer que matar estuvo mal?

Se resiste a deslegitimar el proyecto político por el cual ETA asesinó, esa es la clave. No basta con lamentar todos los sufrimientos que ha habido. Lo que hay que decir es que aquello estuvo mal siempre y que ETA actuó movido por un proyecto político fanático, no democrático y que hay que condenar: legitimó el asesinato a sangre fría del prójimo y la socialización del sufrimiento. Y dar ese paso tiene implicaciones políticas, claro.

Las víctimas son semilla de convivencia en este país al mostrar el camino que toca transitar sin olvidar lo ocurrido.

La sociedad vasca necesita saldar las cuentas con su pasado y saldarlas bien.

¿Cuál debe ser el papel del intelectual en estos momentos en los que se construye la convivencia en el País Vasco?

Quizá ahora no debe ser tan destacado como en épocas anteriores. Ahora cualquiera opina, ves la televisión y te ponen “analista político” y algunos son lamentables, porque de analistas no tienen nada, son gente de baja cualificación y al servicio de la empresa que les contrata. Pero sí sería necesaria una labor de generación de pensamiento crítico, con capacidad de distanciarse de lo inmediato, con libertad respecto de las opciones políticas. Pero esto es un bien escaso. Además, la universidad…

¿No ayuda?

No, la universidad ha dejado de ser un lugar donde se desarrolla pensamiento crítico, está cada vez más al servicio del mercado laboral o de las élites económicas. El pensamiento crítico no es rentable. Y ha desaparecido también el pensamiento humanístico. Todo esto es una pérdida tremenda y un problema muy serio.

Pues el partido Podemos nace en una universidad muy concreta, la Complutense

Y en una facultad muy concreta, la de Ciencias Políticas y Sociología. Lo de Podemos lo que ha generado es un movimiento de tipo activismo político.

¿Necesario?

Sí, aunque habría que ver si en este caso se ha instrumentalizado a la universidad, con un activismo político demasiado inmediato. Debe haber un pensamiento crítico más distanciado de la política inmediata. Con Podemos hemos visto que han copado una facultad y la han convertido en un centro de agitación política. Y yo todo eso lo pongo en cuarentena.

¿Cree, como ha defendido Podemos, que ha llegado el momento de recoger las cartas, barajar y volver a dar otra mano a nivel político en España?

Estamos en un cambio de ciclo político. Yo no creo en la ruptura, quizás por mi edad y trayectoria personal, pero sí veo necesario abrir un nuevo ciclo político porque la Transición ha dado de sí todo lo que tenía que dar, y yo creo que ha sido positivo. Y ahora sin ruptura, precisamente para que pueda continuar, tiene que modificarse. Las cosas que no son capaces de cambiar, perecen. De lo que se trata es de acertar. Pero hemos visto también que han modificado la terminología: antes hablaban de un cambio de régimen y ahora Podemos ha abandonado esa terminología, no hablan tampoco de casta. Han cambiado a mejor, acentuando los rasgos de continuidad, apelando a la transformación de un sistema sin romperlo.

¿Y a su juicio qué sería acertar?

Acertar exige que haya capacidad de acuerdo entre diferentes, que ya fue un valor positivo de la Transición. No creo que los acuerdos sellados en aquella época lo fueran por las presiones de unos poderes fácticos que les obligaban. No fue solo eso. Creo que hubo también una cierta grandeza de espíritu de mucha gente con una visión a largo plazo. Y generosidad, de unos y otros. Además de gente con una experiencia política muy grande.

Capacidad de acordar

Capacidad de acordarAhora los estadistas parece que brillan por su ausencia.

Ahora hay otro tipo de gente en primera línea, pero lo que hace falta es que sean capaces de acercar posturas. Porque entonces también había personas enfrentadísimas, con posturas muy alejadas y con heridas muy recientes.

Eran las dos Españas de Machado, la que moría y la que comenzaba a bostezar

Claro, pero fueron capaces de acordar. Y no como renuncia. Vale más llegar a acuerdos flexibilizando posturas, que no intentar imponer al 100% tus propios postulados partidistas.

¿A eso puede ayudar que al abrir las urnas ningún partido haya obtenido mayoría absoluta o cree que entramos en un periodo de inestabilidad?

Puede haber situaciones muy fragmentadas. He vivido mucho tiempo en Italia y he visto esas situaciones caóticas y muy corruptas. Allí había un pentapartito y cada uno tenía sus cuotas de poder.

Corrupción aquí no nos falta tampoco.

Existe un tipo de corrupción de aquel que tiene el monopolio del poder, pero hay otro tipo de corrupción vinculada a los que reparten el poder, y cada uno tiene su parcela y nadie se mete en ella. Eso en Italia ha sido el pan nuestro de cada día durante muchísimo tiempo. Espero que aquí en España no se incurra en eso. Hay que saber gestionar las diferencias y el pluralismo.

Y reivindicar la decencia en la política

Hay palabras como honestidad, que parece que han caído en desuso y son propias de diccionarios anticuados. Y son el abc, si no hay honestidad, todo lo demás no es posible. Hay que recuperarla sobre todo en la vida pública.

Hablábamos antes del sufrimiento en Euskadi, pero en Europa hay mucho dolor: ahí están las imágenes de los refugiados en Calais, en Hungría o en el Mediterráneo.

La Unión Europea no está ni de lejos a la altura de un reto que se le ha presentado: la avalancha de refugiados. Ante una situación de emergencia como esta, la respuesta ha sido vergonzosa: ha concedido poquísimos permisos de asilo, de una manera cicatera. Y la actitud de algunos países como Hungría, con la xenofobia en el corazón de la misma Europa con Le pen en Francia o en otros países.

¿Es esta la respuesta de aquel legado que dejaron los padres de Europa como Adenauer, De Gasperi o Schuman?

Ellos lo que pretendieron fue superar las heridas profundísimas que había dejado la guerra, no se plantearon un problema como este. Pero sí tenían ya un talante humanista muy profundo, aquella Europa era algo más que la unión del mercado del carbón y del acero [CECA], eran políticos con una fundamentación moral muy honda, con fuertes raíces cristianas. Lo cual tal vez no les hacía muy progresistas en materia social, pero les dio una sensibilidad humana profunda, impulsando un capitalismo con un rostro humano. Y estaba también el desafío de los países comunistas del Este.

Lo cierto es que la UE se cuestiona el tratado de Schengen, levanta muros y alambradas ante esa avalancha humana que usted menciona, pero también por el miedo que existe al terrorismo islámico.

Lo que se pretende hacer es defender el bienestar de Europa. Claro que hay que tomar medidas contra el ISIS, y un cierto control de los que vienen es elemental. Pero lo que está en juego es que el sistema social europeo se encuentra cuestionado porque tienes que compartir, tiene que ser más solidario. Quieren hacer de Europa una fortaleza de bienestar…

Pero solo para nosotros

Solo para nosotros, sí. Un balneario donde estamos muy cómodos: esto es para una élite y aquí no viene nadie o vienen los menos posibles. Y eso que Europa tiene una carencia grave de personas, un proceso demográfico en el que necesita la inmigración para rejuvenecer la oferta laboral. Sin embargo, la respuesta de Europa es defender el bienestar que ve amenazado y no se quiere compartir.

La apertura del Papa

Ese poso humanista del que hablaba al referirse a los fundadores de Europa, usted que es un estudioso del cristianismo, me gustaría que explicara cómo ve la situación de los cristianos en Oriente Medio con el ISIS o en África con movimientos terroristas como Boko Haram.

Conozco mejor lo de Oriente Medio porque he estado allí. Y me parece una tragedia muy grande. La persecución, que les está obligando a emigrar de Irak, de Palestina, de Siria, supone un empobrecimiento enorme de esos países. Esas minorías cristianas no son unas advenedizas, sino que eran antiquísimas, mucho antes de que llegara el Islám. Minorías de cierta cultura, con iniciativa. El Islám, durante mucho tiempo, fue capaz de acoger a minorías cristianas o judías. Este fundamentalismo islámico que aboga por sociedades monocolores que expulsan al diferente me parece que va contra el propio Islám.

Y defendiéndolo además con el kalashnikov y los cinturones de explosivos.

Bueno, bueno. El Islám no ha sido siempre así, ni mucho menos.

Si le digo Bergoglio… ¿En qué ha cambiado la Iglesia católica con el Papa Francisco?

Ha supuesto abrir las ventanas a un aire fresco, ese ambiente que había de endurecimiento ideológico, siempre a la defensiva, una actitud negativa ante la sociedad, una preocupación obsesiva por la defensa de las estructuras eclesiásticas. Ahora estamos en un momento de apertura al mundo, de una Iglesia más abierta a los pobres, como dice él un hospital de campaña ágil dispuesta a ir donde haga falta. Empalmar con el Concilio Vaticano II, después de un pontificado tan retrógrado como el de Juan Pablo II.

Parece un líder casi político.

Y desde la sencillez; su palabra es fresca, llega a la gente, se le entiende. Lo que dice Bergoglio es una auténtica revolución: denuncia la corrupción en las estructuras curiales y vaticanas con toda claridad y libertad. La reforma de la curia es prioritario y central, se encontró con un problema sobrevenido: el de las finanzas, y lo atajó. Y convertir a los obispos en personas cercanas al pueblo. El Papa Bergoglio ha acabado además con el eurocentrismo. Pero la tarea que tiene por delante es hercúlea. Ha suscitado muchas ilusiones en la Iglesia.

¿Y esa ilusión está llegando a la Iglesia española?

A muchos sectores, sí. Pero hay que recordar que la Iglesia española era de las más conservadoras del mundo. Y con Juan Pablo II se dio la vuelta a lo que había supuesto la Transición, la etapa de Tarancón, etc. Pensaban que con aquello se había echado por la borda de una manera irreflexiva la tradición católica de España. Era una iglesia nostálgica y anquilosada con un episcopado que no se cambia de la noche a la mañana. Diría que con Bergoglio se ha quitado un peso de encima enorme, se siente aliviada y con una sintonía enorme con él.

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