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La biblioteca de Acebo: seis meses de vida para un corazón que late todo el año

Una de las actividades organizadas con máxima afluencia de público
9 de octubre de 2025 11:26 h

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En Acebo, en plena Sierra de Gata cacereña, hay una biblioteca que no solo guarda libros, sino memoria, encuentros y comunidad. Durante seis meses al año, el edificio se llena de vida, pero al llegar diciembre se apagan las luces y el silencio vuelve a ocupar las estanterías. La razón es que el contrato de su responsable, financiado por el Plan Activa Cultura de la Diputación de Cáceres, tiene una duración limitada. Cuando termina, la biblioteca se cierra hasta la siguiente convocatoria.

“Es una pena que se cierre, porque la biblioteca ha quedado preciosa y está llena de iniciativas”, lamenta Aroa Bizarro Román, actual responsable del espacio. “Hay más de 5.000 libros catalogados y ordenados. Hemos creado zonas infantiles diferenciadas por edades, puesto en marcha un pasaporte lector para los niños, abierto la biblioteca a la calle y lanzado proyectos preciosos que crean comunidad”.

Ese Pasaporte de Lectura se ha convertido en una de las actividades favoritas del público infantil. Cada niño o niña recibe una tarjeta con seis espacios para sellos: uno por cada libro leído. Al completarla, consiguen un premio que refuerza la motivación por la lectura.

Otra de las iniciativas recientes es La biblioteca en la calle, nacida de una necesidad práctica: la actual sede se encuentra a las afueras del pueblo, lo que dificulta el acceso a muchas personas mayores. “Una vez al mes seleccionamos libros, los colocamos en cajas y montamos una mesa en una plaza o rincón del centro del pueblo”, explica Aroa. “Así la gente puede reservar sus lecturas sin necesidad de desplazarse. Es una forma sencilla, pero muy útil, de mantener viva la relación con el vecindario”.

La biblioteca también se adapta a los nuevos tiempos. Ofrece préstamos de e-books y portátiles —ocho de cada tipo— por un mes, como si fueran libros físicos. “Queremos facilitar que la gente pueda estudiar, trabajar o leer desde casa”, cuenta la bibliotecaria. A ello se suma la zona de teletrabajo que se ha habilitado junto a la sala principal, equipada con wifi gratuito, pensada para quienes necesitan un lugar tranquilo donde concentrarse.

Entre los proyectos más emotivos destaca La historia no escrita, un libro mágico que “apareció” este verano en la biblioteca durante la visita de los niños y niñas de la ludoteca. “Era un libro en blanco que, según la carta que lo acompañaba, obligaba a quien lo tocase a dejar algo escrito. A los niños y niñas les encantó la idea, y ya tenemos cómics, poesías, frases inspiradoras y cartas preciosas. También participan adultos. Solo se necesita tocar el libro y tener un poco de imaginación para plasmarlo en el papel, negro sobre blanco”.

Aroa no está sola. Su trabajo se complementa con el entusiasmo de personas como Montse Corrales Estévez, una mujer que, tras vivir muchos años en Madrid, se jubiló y regresó a Acebo. Desde entonces colabora de forma voluntaria cada día en la biblioteca, especialmente en las tareas de catalogación. “Entre todas hemos hecho un grandísimo trabajo de gestión, planificación y registro. Hemos creado un espacio cultural y social imprescindible. Pero lo más importante ahora es asegurar su continuidad. Aunque fuese con un horario reducido, necesitamos que no se cierre durante la mitad del año”, defiende.

La biblioteca también es el punto de partida de actividades que reúnen a toda la comunidad. Una de las más queridas son las Lecturas al fresco, coordinadas por la responsable de cada temporada. Se basan en la costumbre de antaño, que aún contnúa, de sacar las sillas a la calle en las noches de verano para conversar. “Recordando esa tradición, organizamos lecturas abiertas a todo el mundo. Cualquiera puede participar: la infancia, jóvenes o mayores, vecinos y vecinas del pueblo o de otros municipios de la sierra. Es una actividad intergeneracional y abierta, donde se comparten relatos, poesías, canciones o recuerdos”, explica Ana Nebreda Domínguez, una de sus impulsoras y otra voluntaria muy activa y con formación suficiente para poner en pie todo lo que se proponga. Y es que Montse y Ana son dos piezas más de una red de voluntarias y voluntarios que ponen su tiempo y trabajo al servicio de la comunidad en el funcionamiento diario de la biblioteca y de las actividades que desde allí se programan.

Cada sesión se celebra en un rincón diferente del pueblo: una plazoleta, una calle, un cruce. Espacios cotidianos que se transforman en escenarios efímeros decorados con alfombras, cojines, luces y telas. “Se ven las paredes de piedra iluminadas y la gente se queda con ganas de más”, dice Ana. “Es una actividad sencilla pero profunda, un acto de convivencia y memoria”.

El Ayuntamiento ya ha adquirido 50 sillas para estas lecturas, que siempre se llenan. “Es un evento que reúne a mucha gente, que refuerza los lazos vecinales y rescata el espíritu de comunidad que aún persiste en Acebo”, añade.

Reinauguración

Este viernes, la biblioteca de Acebo vivirá su reinauguración oficial. A las 12:30 horas será el acto general y a las 18:00 horas la peque-inauguración, con actividades para los más pequeños, picoteo, sorpresas y muchas ganas de leer.

Sin embargo, junto a la celebración, late una preocupación compartida: que la biblioteca no vuelva a cerrar. “Desde este medio queremos hacer un llamamiento a las administraciones, tanto local como autonómica”, pide Aroa. “Necesitamos programas y ayudas para que la biblioteca siga siendo un punto de encuentro. En los pueblos pequeños, estos espacios son esenciales: no solo fomentan la lectura, también fortalecen la convivencia y la diversión”.

Porque al final, más allá de los libros, lo que se construye en Acebo es comunidad y aunque el contrato expire en diciembre, la necesidad de cultura no entiende de calendarios. ¿Cómo sostener ese impulso el resto del año? Difícil, muy difícil.

Por eso estas mujeres, que han convertido una biblioteca en refugio, reclaman al Ayuntamiento y a la Junta de Extremadura que no dejen morir lo que da vida. Porque mantener abierta una biblioteca en un pueblo pequeño no es un gasto: es una forma de disfrutar un mejor presente y un futuro más prometedor.

Las acebanas insisten en que la cultura en los pueblos no es un lujo, es una necesidad. En lugares donde los servicios se reducen y las oportunidades escasean, espacios como una biblioteca rural se convierten en auténticos pulmones comunitarios. Allí no solo se leen libros: se crean vínculos, se despierta la curiosidad y se mantiene viva la identidad colectiva. “Que una biblioteca solo abra seis meses al año es como si a un corazón se le permitiera latir solo la mitad del tiempo; por eso, sostener la actividad cultural todo el año no debería ser una opción, sino un compromiso con el derecho de quienes viven en el medio rural a imaginar, aprender y compartir sin interrupciones”.

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