Biden celebra un aniversario despeñándose en las encuestas

El presidente Biden, durante una comparecencia sobre Afganistán

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Joe Biden debería estar de celebración. Se cumple un año de las elecciones que le llevaron a la Casa Blanca y además acaba de apuntarse el mayor logro de su presidencia hasta ahora: una megaley para gastar 865.000 millones de euros en infraestructuras. Y, sin embargo, el presidente no parece muy festivo. Biden sufre en las encuestas, los demócratas están divididos y el fantasma del regreso de Trump está más que presente.

Tal vez lo que más desorienta a los demócratas es que no tienen claro qué es lo que va mal. Desde que Biden es presidente, hay casi tres millones de parados menos, la bolsa anda disparada y la distribución de las vacunas ha sido rápida y eficiente. ¿Por qué entonces los estadounidenses le dan un suspenso? Desde que tomó posesión, su popularidad ha caído 10 puntos y ya son muchos más los ciudadanos que desaprueban su gestión que los que la aprueban. Puede haber varios factores diferentes.

La cara amarga de la normalidad

Es cierto que Biden es también víctima de las extrañas condiciones en las que ha llegado al poder. Lo normal antes de Trump era que cualquier presidente llegara al cargo con una aprobación del 70% y no que el país siguiera igual de dividido antes y después de las elecciones. Biden entró a la Casa Blanca dos semanas después del asalto al Capitolio y un tercio del país todavía considera que lo hizo mediante un fraude. Es decir, Biden tenía un techo mucho más bajo desde el que empezar la caída que sufren todos los presidentes.

Con la excepción de George W. Bush, que recibió un apoyo masivo tras el 11-S, lo normal es que los presidentes vayan cayendo desde que son elegidos hasta estrellarse en las elecciones de mitad de mandato, la clave es si después levantan el vuelo lo suficiente para asegurarse la reelección en los siguientes dos años. La amarga derrota de los demócratas en Virginia hace sólo unos días pica especialmente porque Biden arrasó allí hace un año, pero es difícil negar que forma parte del guion habitual: el partido que gana la Casa Blanca ha perdido en Virginia al año siguiente desde hace más de 40 años.

Biden llegó prometiendo un regreso a la normalidad y esto es, en parte, la normalidad. Lo mismo se puede decir de las luchas internas dentro de su partido que impiden al presidente avanzar y aprovechar los primeros dos años de su mandato, aquellos en los que normalmente tiene más posibilidades de aprobar reformas antes de que los republicanos puedan recuperar la mayoría en alguna de las dos cámaras del Congreso y puedan bloquear fácilmente todas sus iniciativas. Trump unió a fuego a todas las corrientes de la oposición, pero la normalidad es que es difícil poner de acuerdo a iconos de la izquierda como la congresista Alexandra Ocasio-Cortez y demócratas conservadores como el senador Joe Manchin.

Para anotarse una victoria y que le aprobaran su programa de infraestructuras, Biden ha tenido que recurrir al apoyo de un puñado de republicanos moderados y dejarse por el camino a algunos de los elementos más a la izquierda de su partido, que creen que la ley no es lo bastante ambiciosa. Y así todo, es probable que si ha salido adelante haya sido porque la derrota en Virginia ha metido miedo a muchos legisladores demócratas, que llevaban meses atascados en negociaciones internas al respecto aunque tienen la mayoría.

La economía y la buena gestión

La sombra del expresidente Trump es alargada y, si se presenta de nuevo en 2024, es probable que resurja con fuerza la unidad demócrata en torno a Biden. Sin embargo, conforme el recuerdo del expresidente se desdibuja y los sobresaltos de su mandato quedan más lejos, a Biden le resulta más complicado recordarle a los estadounidenses su principal mensaje electoral: la normalidad, la eficiencia, la fiabilidad... un relato que la desastrosa retirada de Afganistán puso a prueba y que no se ha recuperado.

Si ponemos por ejemplo la gestión del coronavirus, el argumento que Biden usó sin parar contra Trump, vemos que los estadounidenses claramente esperaban de él algo más que una distribución eficiente de las vacunas. En sus primeros días en la Casa Blanca casi el 70% aprobaba su gestión de la pandemia, pero esa cifra se ha desplomado más de veinte puntos. Es un círculo vicioso: las bajas tasas de vacunación en algunos estados lastran la recuperación, pero muchas veces son los discursos de los propios republicanos los que alientan a no vacunarse.

Sin embargo, con mucha diferencia, el aspecto más preocupante para Biden es la economía. A pesar de la buena evolución del paro y otros indicadores, la confianza de los estadounidenses está hundida y nada menos que el 60% de los ciudadanos cree que el presidente no le está prestando suficiente atención. La gestión económica es casi siempre el factor electoral más importante y lo es sobre todo para los votantes independientes (ni demócratas ni republicanos), el grupo que hizo ganar a Biden las pasadas elecciones. Los estadounidenses solían suspender a Trump en todas las materias de su gestión salvo esa, así que si Biden no logra cambiar la opinión de los votantes en este asunto, le estará abriendo la puerta a su antecesor.

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